EN PARÍS, CASI 10 MILLONES VIVEN EN SUBURBIOS

El “otro” idioma que exhibe la fractura social que sufre Francia

Para entender la fractura social de Francia, hay que mirar para arriba, a la mole de edificios de hormigón que dominan el extrarradio de las grandes ciudades

Imagine que alguien le dice: “Espérame en la lleca que hay una jerma en el ñoba”. Realmente lo que le quiere decir es: “Espérame en la calle que hay una mujer en el baño”, pero se lo dice al revés. Esta forma de argot que se construye mediante la inversión de las sílabas de algunas palabras, que en inglés se conoce como el “back slang” y que, en un principio, se limitaba a un lenguaje cifrado entre delincuentes y presidiarios, se ha convertido en una forma de argot muy popular en toda Francia, donde ha llegado hasta al diccionario. Es el denominado “verlan”.

El propio término “verlan” significa “al revés” (“à l'envers”) dicho al revés. En un momento en el que los extremos se tocan en Francia –el 16% de los franceses tienen una opinión favorable sobe el Estado Islámico, según una encuesta de IMC Research, a la vez que la extrema derecha arrasa– y la crisis de Charlie Hebdo reabre el debate sobre la identidad francesa, varios lingüistas explican a este diario las implicaciones sociológicas en el propio uso del francés.

El motivo por el que algunas personas empezaron a hablar el francés al revés parece obvio: ‘Cifraban el lenguaje para que no les entendiesen’Cuando el profesor Du Bois empezó a dar clase, a principios de los 90, en un suburbio de París, la dirección del centro le entregó una hoja con vocabulario para que entendiese a sus alumnos, aunque tanto docente como estudiantes eran franceses. Algunos vocablos de la lista le eran familiares, como “meuf”; pero tuvo que aprenderse otros, como “chelou”. Todas eran palabras al revés en francés. “Meuf” procede de la inversión de las sílabas de “femme” (mujer) y “chelou” de “louche” (raro). La mayoría de sus alumnos hablaban “verlan”.

Como Laura y Quentin, dos estudiantes de veintipocos de Lyon, que a la salida de clase, en la Universidad de Lyon 3, explican que usan “algunas palabras en ‘verlan’, para hablar con los amigos, pero no muchas, como “duper” en vez de “perdu” (estar perdido)”, observa Quentin. “O “relou” (pesado) y “chelou” (raro)”, añade Laura. Y “chépere” en vez de “perché” (estar colocado), interrumpe un amigo de gorro y sudadera, que se acerca por las escaleras frente al río, en el barrio de la Guillotière. “Eso es cosa de gente más joven, de 18 o 19 años”, apostillan dos estudiantes de 23 y 24 años. Laura añade el factor sociológico: “Se habla más en las afueras”.

El lenguaje cifrado

El motivo por el que algunas personas empezaron a hablar el francés al revés parece obvio: “Cifraban el lenguaje para que no les entendiesen”, explica a El Confidencial Abdelkarim Tengour, autor de la web “Diccionario de la zona”, con 2.600 definiciones del argot francés, muchas de ellas en “verlan”, que ha recopilado en su diccionario. Por ejemplo, “en la cárcel, en un principio, los presos utilizaban argot para que los vigilantes no supiesen lo que decían, pero llegó un momento en que este no era suficiente porque era demasiado común, así que empezaron a hablarlo al revés”, afirma Guillaume Lanier, director del centro lingüístico Kotopo, en Lyon. Y si en la calle primero se decía “que viene la police (policía)” y después “que viene le flic (la pasma)”, se acabó utilizando el término al revés: “que viene le keuf”. Cuando la palabra se volvía demasiado conocida, se le deba otra vez la vuelta y punto.

Para un extranjero, “es casi inimaginable que un proceso lúdico de un lenguaje en clave, que consiste, a primera vista, en una simple inversión de las sílabas, pueda convertirse en un fenómeno más allá de un juego de niños”, reconoce la doctora Alena Podhroná-Polická en el artículo “Los aspectos estilísticos de la verlanización”. Y añade que, “sin embargo, el verlan continúa impresionando a los lingüistas y especialmente a los sociolingüistas franceses por su funcionalidad y complejidad”.

Chehrazad, de 36 años, camina por una calle de Mantes-la-Jolie, un suburbio de París (Reuters).
Chehrazad, de 36 años, camina por una calle de Mantes-la-Jolie, un suburbio de París (Reuters).

“Los hijos de inmigrantes se aferraron a crear su propio argot”

Los intentos de poner una fecha al origen del “verlan”, “como en todo fenómeno lingüístico” explica Natalie Lefkowitz en el libro Hablar al revés, mirar hacia delante (Gunter Narr, 1991), se topan con dificultades de precisión y exactitud, debido especialmente a su tradición oral. En la literatura histórica, las referencias al “verlan”, como tal, no son frecuentes, pero sí, desde muy temprano, en francés se utilizan juegos como palíndromos –palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda– o anagramas –palabras que se crean al mover las letras de la palabra original–. La autora cita el caso del poeta Béroul, del siglo XII, que transforma el nombre “Tristan” en “Tantris” en uno de sus versos.

El uso de algunas palabras al revés en francés se remonta varios siglos, como la palabra “Bourbon” (“bonbour”), de 1585, según recoge el Diccionario del argot del lingüista Pierre Guiraud; o el topónimo "Lontou" (referente a la cárcel de Toulon), que supone el primer caso registrado de verlan en el argot tradicional, en 1842, según ese diccionario. Sin embargo, “los investigadores coinciden en la idea de que es en la década de 1970 cuando se produce un renacimiento del verlan en los grandes suburbios parisinos, donde los jóvenes descendientes de la inmigración se aferraron a crear su propio argot”.

Para entender la fractura social de Francia hay que mirar a la mole de edificios de hormigón que dominan el extrarradio de las grandes ciudades como París, Marsella o Lyon, donde hay poco más que viviendas. Casi 10 millones de personas viven en los suburbios de la capital“El ‘verlan’, en el argot francés, viene de antiguo, pero su uso se limitaba a los delincuentes comunes”, puntualiza, por email, el lingüista Louis-Jean Calvet, colaborador de la Organización Internacional de la Francofonía, que explica que fue un cantante francés muy conocido, Renaud, el que lo popularizó en 1978 con una canción, “Laisse béton” (el “verlan” de “laisse tomber”, que significa ‘déjalo caer’)”. Y en los 80, la película francesa Les Ripoux (1984) de Claude Zidi, le dio el gran empujón. “Como secuela de aquella película, el término en verlan 'ripou' de 'pourri' (podrido), se utiliza actualmente en el ámbito periodístico para referirse a los policías corruptos”, explica Abdelkarim Tengour.

“La técnica se extendió poco a poco por los suburbios de París, entre los jóvenes, en su mayoría inmigrantes que querían ser diferentes, que lo eran social y culturalmente, y que estaban marcando su identidad de diferentes formas (la música, el rap, la forma de vestir, etcétera ..) y con una manera propia de hablar, un acento especial, el ‘verlan’ y palabras árabes y africanas”, continúa Louis-Jean Calvet, que afirma que el “verlan”, “por tanto, tiene esencialmente una función de identidad y social, lo que no impide a los miembros de la burguesía utilizar ciertas palabras como una forma de esnobismo. Esta es la ambigüedad de estos marcadores sociales”, puntualiza.

¿Creatividad o exclusión?

El “verlan” irradia creatividad e imaginación pero también tiene un componente social. En las distintas entrevistas realizadas por este periódico, sus usuarios lo corroboran. Algunos términos están tan asentados que incluso hay quienes deben hacer un esfuerzo para darse cuenta de que los usan. “Ah bueno, “taspe” (puta) es ‘verlan’”, dice entre risas un joven que pasa el rato en la plaza Hôtel de Ville de Lyon; “Algunas palabras al revés como ‘meuf” (‘verlan’ de mujer) las conoce hasta mi madre”, asegura una amiga.

El lingüista Alan Rey, en su diccionario Le Robert, también incluyó algunos vocablos ‘verlanizados’ en las 1.500 entradas nuevas de 2013. Y el libro de Lefkowitz, en los 90, cifraba el uso del “verlan” en un 72,9% de los varones de entre 35 y 48 años y un 57,4% de las mujeres de entre 27 y 47 años. Pero su utilización, muchas veces, es una opción consciente: y hay quien reniega de hablarlo por creerse de una clase superior o el que lo utiliza a propósito para sentirse más cercano a un colectivo en concreto, explica este estudio. Por ejemplo, Lefkowitz destaca que, de los 33 jóvenes que afirmaron que no hablaban “verlan”, solo ocho no conocían el vocabulario.

Es lo que la profesora Natalie Lefkowitz define como una “una manipulación deliberada de la lengua (…) que expresa significado, estatus o situación”. Y que se explica en “ciertos factores que contribuyen al sentimiento de aislamiento en los suburbios, que propician la formación de grupos y el desarrollo de lenguajes entre ellos” como la segregación social, la crisis económica y el desempleo, pero también el auge del fenómeno punk en los 80, en el que muchos inmigrante o hijos de inmigrantes no se sintieron partícipes.

Abdelkarim Tengoure, más que una deformación, lo considera un enriquecimiento de la lengua y no cree que “pretenda sustituir el lenguaje convencional”, sino que “se añade a la misma, en el registro de la lengua hablada”. “En este sentido, enriquece el francés”, matiza. Y observa que, “lo que preocupa es que los jóvenes solo conozcan el argot sin saber su traducción al francés clásico, eso sí me parecería mal, pero solo los individuos marginales que utilizan exclusivamente esta forma de hablar ya no pueden hablar el francés convencional y creo que es una minoría muy pequeña”, aclara.

Un grupo de jóvenes durante un jornada de violencia en Villiers le Bel, un suburbio de París (Reuters).
Un grupo de jóvenes durante un jornada de violencia en Villiers le Bel, un suburbio de París (Reuters).

“Profesor, ese niño ha hablado turco y está prohibido”

A las afueras de Lyon, dos adolescentes hacen planes para el fin de semana: “Al final, voy a quedar con ese tío”. Lo dicen en “verlan” (usan “keum”, en vez de “mec”). Para entender la fractura social de Francia, hay que mirar para arriba, a la mole de edificios de hormigón que dominan el extrarradio de las grandes ciudades francesas como París, Marsella o Lyon, donde hay poco más que viviendas. Sólo en París, casi 10 millones de personas viven en los suburbios –frente a los poco más de 2.300.000 que residen en la ciudad–, la mayoría de ellos inmigrantes. Aunque en el censo francés no se permite preguntar la religión o la etnia, sí el país de origen. El 43% de los inmigrantes procede de África, en su mayoría de Argelia (13,1%) y Marruecos (12,1%), según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos francés, de 2012. La traducción literal de ‘banlieu’ (suburbio) es “lugar al margen”.

La técnica se extendió poco a poco por los suburbios de París, entre los jóvenes, en su mayoría inmigrantes que querían ser diferentes, que lo eran social y culturalmenteEn un colegio de un suburbio de Lyon, el curso pasado todos los alumnos de una clase excepto uno eran hijos de inmigrantes. Dice un profesor –que prefiere no dar su nombre– que entre ellos existe una gran confusión en cuanto a su identidad porque “en parte se ha perseguido lo que típicamente no era lo tradicional francés”. “En los colegios se les dice que no hablen árabe –insiste–, y, claro, acaban sintiendo que lo suyo es algo malo”. Comenta que un día le llegó un alumno chivándose y le dijo: “Profesor, tal niño ha hablado en turco y está prohibido” y asegura que muchas veces ha escuchado a los chavales de su clase decir que no son franceses: “Una vez, cuando le pregunté a una niña ‘por qué’ me dijo: ‘porque los franceses comen cerdo y yo no'”.

El uso deliberado del “francés al revés” a partir de los 70, especialmente en los barrios periféricos, refleja el sentimiento de “exclusión que sufren sus hablantes”, asevera Louis-Jean Calvet, en el artículo Las fracturas lingüísticas, donde advierte que “si la fractura entre la mayoría de los francófonos de Francia y los jóvenes de las ‘banlieues’ se interpretan en la lengua, esta no se produce por la lengua, sino que es el ámbito social el que lo exige”. Calvet pone el ejemplo de testimonios de profesores que dicen que algunos estudiantes llaman “vuestro idioma” a hablar francés, “lo que implica que ellos no hablan el mismo, hablan otro”. Y cuestiona que ya sea “la lengua de los jóvenes”, “de las banlieus”, “de los barrios”, “no importa cómo lo llamen, ha sido ampliamente descrita como ‘esa otra cosa’ y continúa siéndolo para los lingüistas”.

Louis-Jean Calvet insiste en que, “como en la mayoría de los países europeos, Francia es el producto de una idea que se remonta al siglo XIX, la del Estado-nación, que se asocia a un país, una nación y una lengua” y, por tanto, en Francia, “ser francés es hablar francés, y es difícil avanzar en la idea del multilingüismo”, agrega. “En un país obsesionado con la pureza lingüística (el ‘verlan’) convierte un estigma en un emblema positivo”, concluye Lefkowitz, en una entrevista en New York Times. “Una forma de prestigio encubierto”.

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