EN EL MAYOR VERTEDERO DE BASURA ELECTRÓNICA

"Vuestra mierda es mi riqueza": vida y muerte en el cementerio tecnológico global

"Los ordenadores son el lujo de este trabajo. Por sus piezas puedo conseguir hasta cuatro cedis (menos de un euro)", reconoce el padre de tres criaturas.

Foto: Un recolector de basura carga con un saco lleno de restos de equipos electrónicos (Reuters).
Un recolector de basura carga con un saco lleno de restos de equipos electrónicos (Reuters).

A cada nuevo centelleo, la hoguera de Kenneth Afriyie deja atrás el pasado. “Los ordenadores son el lujo de este trabajo. Por sus piezas puedo conseguir hasta cuatro cedis (algo menos de un euro)”, reconoce a El Confidencial este padre de tres criaturas que roza la cuarentena.

Afriyie es sólo uno más de los 40.000 residentes de Agbogbloshie, situado en la capital de Ghana, Accra, y considerado el mayor vertedero de basura electrónica del mundo. En él, miles de familias sobreviven despedazando todo aquello que consideramos atrasado o poco “actualizado”. “Revender tecnología es mi vida. Vuestra mierda pasada es mi riqueza presente”, añade Afriyie, quien ríe rodeado de un portentoso ejército improvisado de chatarreros.

El asentamiento de Agbogbloshie (denominado también Old Fadama) se encuentra ciertamente alejado del glamour de los templos del futuro como Palo Alto, Tel Aviv o Seattle. Sin embargo, la abundancia material (que no económica) de estos hijos de la miseria camina de forma paralela a los grandes imperios del diseño electrónico. En una sociedad de total dependencia tecnológica, nuestro consumismo desmesurado de teléfonos móviles, televisores o lavadoras inunda este barrio chabolista. Un renovarse o morir con camino de ida y vuelta. Y a costa de la vida de millares de personas.

Afriyie es sólo uno más de los 40.000 residentes de Agbogbloshie, en Accra, considerado el mayor vertedero de basura electrónica del mundo. Miles de familias sobreviven despedazando todo aquello que consideramos poco ‘actualizado’De acuerdo a Step, una iniciativa lanzada por Naciones Unidas para acabar con esta crisis, el volumen total de basura electrónica se espera que crezca en un 33% en los próximos cuatro años. Sólo en 2012, por ejemplo, cerca de 50 millones de toneladas de productos electrónicos fueron generadas en todo el planeta –unos siete kilogramos por persona–. De ellas, 215.000 toneladas fueron exportados a Ghana por parte de la Unión Europea (desde lavadoras a ordenadores). El 70% eran de segunda mano. Y de todos ellos, el 15% eran totalmente inservibles (sin embargo, Naciones Unidas asegura que tan sólo 50 toneladas de basura electrónica son vertidas cada año en el mundo).

El primer Estado libre de plásticos

A Jean Pierre Banamwana todo este problema le da igual. Y no es que se trate de un caso de flagrante egoísmo. Como a usted, lector, este desequilibrio le es ajeno. No obstante, Banamwana y el ghanés Afriyie son parte de un mismo continente, aunque de una diferente realidad. En 2008, Ruanda prohibía el uso de bolsas de plástico en el país como método para proteger el medioambiente. La medida se enmarcaba en el plan “Visión 2020”, que quiere convertir al país africano en una región sostenible. Y los sueños del Gobierno de Kigali no se quedan ahí: en los últimos tiempos, el Ejecutivo de Kagame aspira a convertirse en el primer Estado libre de plásticos.

Ahora, dos décadas después del genocidio que sacudió las entrañas de Ruanda, la estética busca disfrazar algunas de las miserias políticas del régimen de Kagame. “Cada ciudadano tiene el derecho a un medio saludable y satisfactorio”, reza su constitución. “Se trata de dejar un presente a nuestros hijos. Ya no es sólo cosa del futuro”, añade Banamwana.

‘Los ordenadores son el lujo de este trabajo. Por sus piezas puedo conseguir hasta cuatro cedis (algo menos de un euro)’, reconoce a 'El Confidencial' un padre de tres criaturas que roza la cuarentenaVistos ambos casos, lo cierto es que la capital ruandesa, Kigali, y el asentamiento chabolista de Agbogbloshie configuran un evidente contraste continental. No son, eso sí, ejemplos únicos. El pasado año, Mauritania ya censuraba el uso de bolsas de plástico en defensa de su fauna. Las cifras eran evidentes. Según números del Ministerio de Medio Ambiente local, hasta 2013, el 70% de las muertes del ganado que se producían cada año en la capital, Nouakchott, eran debidas a la ingesta de estos materiales.

De igual modo, las bolsas de plástico representan el 25% de las 56.000 toneladas de basura producidas anualmente en la ciudad. En virtud de la nueva norma, los fabricantes de este producto se enfrentan a penas de hasta un año de prisión. Huelga decir que Mauritania es uno de los países más pobres del mundo, con una renta per cápita cercana a los 3.000 dólares anuales (no es una errata, anuales).

Mientras, en Agbogbloshie, su población también pelea por la regeneración de la barriada. Y no se trata de hacer borrón y cuenta nueva. “Las autoridades nos quieren expulsar del asentamiento”, asevera Philip Kumah, presidente de la Slum Union of Ghana, “pero estamos luchando para que esto no ocurra”.

Un empleado en una planta de reciclaje de Nairobi, Kenya (Reuters).
Un empleado en una planta de reciclaje de Nairobi, Kenya (Reuters).

El destino de nuestra basura

Pero ¿por qué permanecer en este lugar? “Este es el sitio en el que hemos vivido toda nuestra existencia. Y las autoridades no están listas para realizar un proceso de reubicación o de mejora de las actuales condiciones”, asegura el líder comunitario. “¿Cómo expulsar a cientos de miles de personas a la calle? ¿Hacerlos vivir como refugiados en su propio país?”, se pregunta Kumah, quien denuncia que el Ejecutivo no está siendo claro sobre sus intenciones reales con respecto al futuro del enclave. La mayoría de residentes del barrio son inmigrantes del norte del país, quienes huían de los enfrentamientos entre las comunidades Kokomba y Nanumba; por ello, la pobreza es su seña de identidad. Como la de tantos otros asentamientos chabolistas.

Según un reciente informe del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos, el 62% de la población del África Subsahariana vive en poblados chabolistas o slums. En el documento (State of the World's Cities), se acredita cómo esta situación es especialmente significativa en país como la República Centroafricana (95,9%), Chad (89,3%) o Níger (81,7%).

Bajo esta situación, no resulta extraño que sean los lugares destinados a ahogar nuestras miserias galvánicas. ¿Los culpables? Eso sí, con nombres y apellidos. De acuerdo a la organización Step, la basura electrónica (en la que se unen una amalgama de objetos, desde juguetes a microondas) son ya los despejos humanos que crecen de forma más rápida y global. En este sentido, China generó 11,1 millones de toneladas el pasado año, seguido por Estados Unidos con 10 millones de toneladas. Pese a las cifras similares, aquí, valga un elemento poblacional. Por ejemplo, la media generada por habitante estadounidense es de 29,5 kilogramos, frente a los 5 kilos en el país asiático.

Unas cifras que, en la hoguera del bueno de Kenneth Afriyie, se pierden entre llamaradas electrónicas. Siempre, eso sí, con un número de serie diferente. Son, simplemente, las víctimas del progreso. Del suyo y del nuestro.

Mundo
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios