Toribío, el pueblo de la selva colombiana que lleva medio siglo en guerra
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Toribío, el pueblo de la selva colombiana que lleva medio siglo en guerra

Juan Manuel Santos renueva hoy como presidente de Colombia con la promesa de pacificar el país. ‘El Confidencial' viaja al centro del conflicto con las FARC

Foto: Dos niños en una escuela de Toribio (Efe)
Dos niños en una escuela de Toribio (Efe)

Juan Manuel Santos renueva hoy como presidente de Colombia con la promesa de pacificar el país. ‘El Confidencial’ viaja al epicentro del conflicto con las FARC, el más enquistado de América.

El camino hacia Toribío desde Popayán es accidentado. La carretera principal se encuentra bloqueada por un desprendimiento y no hay más remedio que tomar la secundaria, sin asfaltar. Son dos horas de viaje entre montañas, selva y plantaciones de marihuana.

Este pueblo es uno los más castigados por el conflicto armado que en medio siglo le ha costado la vida a 200.000 personas. Hace tan solo una década realizar este mismo camino en automóvil era impensable, con grandes posibilidades de acabar secuestrado en alguno de los retenes. Hoy las cosas han cambiado, aunque la tensión y los ataques continúan.

Los farolillos, que iluminan durante 24 horas las plantaciones de marihuana, se multiplican. “Son todo un problema” dice David, el chófer, “porque no hay demasiada energía en esta parte del país, y a veces tienen que cortar la luz por culpa de estos cultivos. Es entonces cuando empiezan a rugir los generadores”.

David asegura que unos kilómetros adentro es fácil encontrar grandes extensiones de hoja de coca. “Todo el mundo sabe dónde están y quién trabaja en ellas. Esto es muy chico y todos nos conocemos” afirma.

En la entrada a Toribío, varios barriles colocados estratégicamente nos obligan a aminorar la marcha. Losataques sorpresivos con coche bombahan convertido el puesto de policía en un verdadero búnker. En las paredes pueden verse cientos de disparos. En el frente, sacos de arena, entre los que asoma un fusil de asalto.

Desde que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) surgieron en 1964 con el objetivo de “acabar con las desigualdades sociales, políticas y económicas”, el poblado siempre estuvo en el punto de mira. Pero no fue hasta la década de los 80, cuando la guerrilla se hizo fuerte gracias al narcotráfico, que el pueblo cayó.

Hoy día es un trofeo de guerra disputado por ambos lados. El propio presidente, Juan Manuel Santos, definió a las FARC como una serpiente descabezada que da sus últimos coletazos. Pero como todo animal herido y acorralado es peligroso, y parece haber encontrado su guarida en este pueblo castigado por la violencia.

Toribío, también conocido como “Toribistán” es un pueblo en guerra permanente, que nunca descansa. Desde 1983, cuando ocurrió la primera incursión guerrillera, este municipio ha sido objeto de más de 600 hostigamientos por parte de las FARC. Los subversivos tomaron el pueblo en 16 ocasiones, y la estación de policía ha sido destruida cuatro veces.

Es por ello que las casas de alrededor del cuartel se encuentran derruidas. Nadie quiere vivir cerca de la policía para no sufrir los daños colaterales de los atentados.

La tienda de ropa de Rolando Rodríguez es un buen ejemplo. Aunque la fachada da a la plaza, la parte de atrás conecta con la calle del cuartel, todo un martirio para su familia. Mientras nos enseña las diferentes grietas, nos aclara que ha tenido que reconstruir su negocio en dos ocasiones.

La última vez que empezó de cero fue en julio del 2011, cuando una chiva bomba –coche bomba– bajó por la calle hasta estrellarse con la estación policial. Como resultado: cuatro policías muertos, decenas de pobladores heridos y un centenar de casas destruidas.

Cuando los actores armados irrumpen, los policías y el ejército utilizan nuestras casas para protegerse, y es entonces cuando nos caen granadas e incluso morteros. Ni los narcoterroristas ni la fuerza pública nos respetan” asegura.

María perdió a su padre en el mismo atentado. En su pequeño restaurante prepara una tabla de chicarrones, sopa de ajiaco, changua –sopa de huevo y leche–, y tamales, todo bien regado por guaro (aguardiente).

Entre plato y plato nos explica: “Cómo no voy a tener rabia contenida, perder así a una persona querida. Pues si yo tengo que culpar a alguien culparía a la guerrilla, que fueron quienes pusieron la bomba”

Los indígenas Nasa, entre dos frentes

La maldición de Toribío obedece a su ubicación estratégica en el Cauca. Un verdadero corredor de drogas que conecta el centro del país con la Costa del Pacífico, convertido además en refugio de terroristas.

Pero estas montañas son también tierras sagradas de los indígenas Nasa, atrapados entre dos frentes. Cansados de no ser respetados y de quedar en medio de la línea de fuego, las autoridades de los Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN) y otros organismos como el Proyecto Nasa y el Cric –Consejo Regional de los Indígenas del Cauca–, marcharon en julio del 2012 para hablar con los actores en conflicto, guerrilla y militares, y exigirles el cese al fuego.

Tras vencer el ultimátum, los aborígenes llegaron al cerro que acoge unas torres de telecomunicaciones civiles y destruyeron trincheras y barricadas del Ejército. Allí mismo sacaron a empujones a los soldados acantonados en el cerro Berlín. Unas imágenes que dieron la vuelta al mundo y que avergonzaron a las Fuerzas Armadas Colombianas.

“Antes, cuando no había tanta presencia militar, la guerrilla ya estaba en la zona pero no había enfrentamientos” confirma Nelson Lemus, una de las autoridades de la guardia Indígena de Toribío.

Si continuamos carretera abajo, a tan solo unos kilómetros de distancia, llegamos a San Julián. En la entrada, un muro pintado con los rostros de los líderes guerrilleros Timochenko y el abatido Mono Jojoy, donde puede leerse en letras verdes: “Frente sexto de las FARC”.

Allí, en una casa de lata y madera de unos diez metros cuadrados vive Víctor, que con su prótesis de hierro de dos ganchos arregla un viejo motor. A él le gusta definir su historia como una tragicomedia. Perdió la mano en un atentado de las FARC y horas después todavía adormecido por la anestesia, el doctor le preguntó por su profesión. Dijo que era mecánico. Como respuesta, amaneció con una garra metálica incrustada en su muñón.

“Cuando la vi me pareció un horror, pero ahora he aprendido a utilizarla e incluso la uso de martillo” nos comenta con un humor encomiable.

Cuando le preguntamos por el proceso de paz que promueve el presidente Juan Manuel Santos nos dice: “Nunca habrá paz hasta que tengamos una vivienda digna, pero mire como vivo: qué paz puede haber en un país donde la riqueza se la llevan los de siempre”.

Y mientras, a cientos de kilómetros, en Bogotá, la cuenta atrás ha comenzado. El presidente Juan Manuel Santos se juega todas las cartas de su segundo mandato al proceso de paz, lo que coloca a la guerrilla en una posición privilegiada frente a las negociaciones.

En cualquier caso, los habitantes de Toribío nunca fueron invitados a la mesa. Es como si el destino de sus vidas no les perteneciera, con un horizonte incierto donde distintos grupos paramilitares podrían retomar el negocio del narcotráfico, en el caso de un hipotético desarme de las FARC. Ellos saben que pese a las promesas de Santos, todavía tardarán en dormir en paz.

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