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Ser esclavo en el siglo XXI
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S. DENG, VENDIDO A LOS 9 AÑOS Y AHORA EN EEUU

Ser esclavo en el siglo XXI

De costa a costa, las huellas del pasado recorren la frente de Deng. Con sólo nueve años fue vendido como esclavo. Pero tuvo suerte. Ahora vive en EEUU

Foto: Una mujer de Sudán del Sur desplazada por las luchas internas recoge grano en Lul, en lo alto del Nilo. (Reuters)
Una mujer de Sudán del Sur desplazada por las luchas internas recoge grano en Lul, en lo alto del Nilo. (Reuters)

De costa a costa, las huellas del pasado recorren la frente de Simon Aban Deng. Durante décadas, su rostro escarificado, plagado de carreteras de dolor, le ha servido de carnet de identidad. Deng es de etnia shilluk, una de las mayoritarias de Sudán del Sur, país independiente desde julio de 2011. Sin embargo, las cicatrices no sólo se muestran en su rostro. Con sólo nueve años, Deng fue vendido como esclavo. Piense en su hijo, su nieto o sobrino. Piense en un rostro que ponga dolor personal a la historia de este hombre. “La comunidad internacional no está haciendo suficiente para acabar con la esclavitud”, dice a El Confidencial Deng, que ahora reside en Estados Unidos.

Como él, decenas de miles de sursudaneses han sido secuestrados y empleados por su vecino norteño como esclavos en las últimas tres décadas. Sin números oficiales, este apunte: sólo en el periodo comprendido entre 1983 y 2002 y en la región concreta de Bahr el Ghazal y el Estado de Warrab, más de 10.000 personas fueron raptadas por milicianos murahaliin al servicio de Jartum, según cifras del Sudán Database Abductee.

Con doce años, cuando realizaba un recado para la familia que lo mantenía retenido, se encontró con tres miembros de su misma etnia, a quienes reconoció por sus cicatrices faciales. Con la ayuda de éstos fue liberado. Ahora reside en EEUU, donde es uno de los principales activistas contra la esclavitud

“La esclavitud se ha dado durante siglos en el norte de Sudán”, asevera Deng. Este miembro de la etnia shilluk tuvo “suerte”, fue esclavizado tan sólo durante tres años y medio en la ciudad de Kosti, al sur de la capital de Sudán, Jartum. Un tiempo en el que fue apaleado, trabajó de sol a sol y durmió con las bestias. Sin embargo, con doce años, por pura casualidad, cuando realizaba un recado para la familia que lo mantenía retenido, se encontró con tres miembros de su misma etnia, a quienes reconoció por sus cicatrices faciales (en aquel momento, el rostro de Deng aún no contaba con estas huellas). Finalmente, con la ayuda de estos fue liberado. Ahora reside en Estados Unidos, donde es uno de los principales activistas en contra de la esclavitud.

Su caso no es único. “Cada noche y antes de dormir, mi amo me ataba a las patas de su ganado para asegurarse de que no me escapara. Su castigo, brutales palizas”, denuncia Ker Aleu, a quien las prácticas sádicas de su propietario (llegó incluso a introducir chiles en las cuencas de sus ojos) le provocaron una ceguera perpetua. Y estas prácticas no sólo suceden en Sudán del Sur. Por ejemplo, en Mauritania, último país del continente africano en abolir la esclavitud (la más reciente ley data de 2007), se estima que en la actualidad entre el 10 y el 20% de la sociedad todavía sobrevive bajo el yugo de la servidumbre.

Alejado a miles de kilómetros de su cruel pasado, el activista Deng no olvida. Precisamente, para este sursudanés, la actual crisis que atraviesa su país de origen puede ser caldo de cultivo para la aparición de nuevos esclavos. Desde finales del pasado año, un conflicto entre simpatizantes del exvicepresidente de Sudán del Sur, Riek Machar (depuesto de su cargo en julio), y el presidente del país africano, Salva Kiir, amenaza con reabrir las heridas tribales en la nación más joven del mundo.

El enfrentamiento tiene su origen en las acusaciones de Kiir (dinka) sobre su histórico rival político Machar (nuer) de planear la toma del poder por la fuerza, lo que degeneró en un conflicto interétnico en ciertas regiones del país. Más de 500.000 personas han sido desplazadas de sus hogares desde entonces.

“Lanzaderas” de inmigrantes

Las matanzas también se prolongan: por ejemplo, recientemente, Human Rights Watch documentaba cómo, en la noche del 15 de diciembre, las fuerzas del orden de la capital, Juba, detuvieron a cientos de hombres nuer y los condujeron a una dependencia policial del barrio de Gudele. Al día siguiente, y según testigos presenciales, hombres armados comenzaron a disparar de manera sistemática a través de las ventanas del edificio, matando a entre 200 y 300 personas.

“Hay sursudaneses volviendo ahora mismo al norte (Sudán). Aquí te tienes que preguntar: ¿dónde van a acabar? Porque ya no son bienvenidos en su país de origen”, denuncia Deng. “(Debido a la actual crisis), la esclavitud se ha convertido en un asunto secundario”, añade. No obstante, la falta de cifras oficiales y la ausencia de una definición clara sobre el concepto de esclavitud (el Gobierno de Jartum lamenta los secuestros o retenciones ilegales, no el oficialismo que durante siglos ha legitimado esta práctica) tampoco ayudan a verter luz sobre las tinieblas de la explotación y el abuso.

“El problema es que se sitúa a la esclavitud dentro de un mismo saco con otros crímenes como son el trabajo infantil, los niños soldados, el tráfico de seres humanos... No se pueden comparar. Son cuestiones totalmente diferentes y como tal deben de ser reconducidas y tratadas”, destaca Deng.

De forma conjunta, eso sí, las cifras son aún más espectaculares. Según la Organización Mundial del Trabajo, a día de hoy, en el África subsahariana al menos 3 millones y medio de personas son víctimas de explotación con fines laborales o sexuales. Todas ellas atrapadas mediante la coacción en una realidad de la que es imposible escapar. En este sentido, un reciente estudio presentado al Parlamento Europeo alertaba, por ejemplo, del secuestro de al menos 30.000 refugiados eritreos desde 2006 por mafias dedicadas al tráfico de personas. Kassala, en Sudán, es uno de los principales puntos operativos de estos delincuentes.

Similares penurias experimentadas en localidades que sirven de “lanzaderas” de inmigrantes. Como Tessalit, en Malí, o Tamanrasset, en Argelia. Para muestra de la amoral situación, un simple caso. En octubre, al menos un centenar de personas perdían la vida en el desierto del Sahara cuando intentaban alcanzar Argelia desde Níger. Finalmente, perecieron deshidratados. Los traficantes sin escrúpulos se habían cobrado sus emolumentos. Como Deng con nueve años, ya eran simple carne esclava.

De costa a costa, las huellas del pasado recorren la frente de Simon Aban Deng. Durante décadas, su rostro escarificado, plagado de carreteras de dolor, le ha servido de carnet de identidad. Deng es de etnia shilluk, una de las mayoritarias de Sudán del Sur, país independiente desde julio de 2011. Sin embargo, las cicatrices no sólo se muestran en su rostro. Con sólo nueve años, Deng fue vendido como esclavo. Piense en su hijo, su nieto o sobrino. Piense en un rostro que ponga dolor personal a la historia de este hombre. “La comunidad internacional no está haciendo suficiente para acabar con la esclavitud”, dice a El Confidencial Deng, que ahora reside en Estados Unidos.

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