EL CANTO DE SU PROTECCIÓN, UNA VIEJA ESTRATEGIA

Putin y las minorías rusas como arma desestabilizadora en la frontera europea

Los acontecimientos en Ucrania se observan desde otros territorios fronterizos con inquietud. ¿Están fundados estos temores? ¿Son reales las amenazas?

Foto: Milicianos prorrusos armados a las puertas del ayuntamiento de la ciudad de Mariupol, en el este de Ucrania. (Reuters)
Milicianos prorrusos armados a las puertas del ayuntamiento de la ciudad de Mariupol, en el este de Ucrania. (Reuters)

Los acontecimientos que se desarrollan desde hace meses en la convulsa Ucrania se han venido observando desde otros territorios fronterizos con inquietud. Quizás los que más han hecho notar este temor hayan sido los países Bálticos y Moldavia, pero no son los únicos. ¿Están fundados estos temores?; ¿son reales las potenciales amenazas procedentes desde su poderoso vecino eslavo?; ¿cuáles son las verdaderas causas y objetivos del conflicto?

Quizás lo mejor sea ser cautelosos dada la rapidez con la que se suceden los acontecimientos. Una de las hipótesis que se están planteando es que la intención de Moscú sea la creación de un cinturón de seguridad que le separe de la UE, algo que algunos especialistas han calificado como el movimiento natural ruso ante la creciente pérdida de peso específico en su área de influencia tradicional. Este cinturón incluiría a Estonia, Letonia, Bielorrusia, Moldavia, Ucrania, Crimea y Georgia.

Los acontecimientos en la convulsa Ucrania se observan desde otros territorios fronterizos con inquietud. ¿Están fundados estos temores? ¿Son reales las potenciales amenazas procedentes desde su poderoso vecino eslavo?Crimea ya forma parte de la Federación Rusa, Bielorrusia es un incondicional del Kremlim, Ucrania continua con su proceso de desestabilización territorial de final incierto y Moldavia se encuentra en una situación de tensa espera que durará todo 2014 y en pleno proceso de firma de liberalización de visados y de acuerdo de asociación previsto para el próximo mes de junio, al igual que sucede con Georgia. En ambos territorios encontramos conflictos congelados en regiones controladas por Moscú y con capacidad suficiente de provocar desestabilización en ambos territorios. A Rusia le faltaría para completar esta línea divisoria, si efectivamente sigue esta estrategia, el control de los países del norte, los Bálticos más Finlandia (según algunas fuentes un tanto alarmistas). Estos países tienen una característica que los hace sustancialmente diferentes al resto: son miembros de la Unión Europea y, con la excepción finlandesa, miembros de la OTAN, lo que a priori les brinda una suerte de seguro extra ante una potencial intervención rusa.

Sin embargo, durante las últimas semanas se han sucedido las llamadas de ayuda a sus socios atlánticos ante una potencial maniobra desestabilizadora procedente de Moscú en estos territorios, llamadas que se han visto respondidas con un desplazamiento de 600 tropas, frente a las 10.000 que había solicitado Polonia, y pese a los esfuerzos por agradar a sus socios por parte de Lituania, que ha doblado su presupuesto militar de cara al año 2020 hasta alcanzar los 800 millones de dólares.

Denis Kuzmenko, 'comandante' de las fuerzas prorrusas en Mariupol (Reuters).
Denis Kuzmenko, 'comandante' de las fuerzas prorrusas en Mariupol (Reuters).

La excepcionalidad báltica

Pero ¿cuáles serían las razones para una intervención rusa en estos países? En primer lugar, al igual que otros estados fronterizos con Rusia, poseen importantes minorías rusas dentro de sus territorios. De hecho, son los estados surgidos de la desintegración soviética que, junto con Ucrania y Kazajstán, más población rusa tenían en 1991: 40% en Estonia, 38% en Letonia, 37% en Kazajstán, 20% en Ucrania y Kirguistán, y 10% en Lituania. Sin embargo, hay un hecho que los hace, de nuevo, distintos a estos compañeros de viaje. Tanto en Ucrania como en Kazajstán las minorías rusas se encontraban ya en estos territorios antes del comienzo del siglo XX, por lo que siempre han sido consideradas en estas repúblicas, o lo han sido hasta ahora, como parte de la población originaria del territorio.

Rusia quiere jugar el efecto desestabilizador para ganar influencia y va a utilizar todos los medios a su alcance para conseguirloEn el caso de los Países Bálticos este no ha sido el caso. Si bien históricamente siempre ha habido población rusa asentada en estos territorios, fue desde 1940 cuando dicha población incrementó de manera sustantiva su presencia. Y esta es una de las causas principales por las que autoridades de Estonia y Letonia no aceptan a estas personas como ciudadanos de las repúblicas independizadas a principios de los años 90. Este hecho, junto con la similitud entre ciudadanía y etnicidad, hace que las poblaciones rusas de estos países sean vistas como colonizadores/ocupantes y, como tales, no tengan un derecho automático a la ciudadanía. Lo anterior es la consecuencia inmediata del proceso de consolidación de independencia sostenido sobre potentes identidades nacionales excluyentes, que interpretaban la presencia de población rusa como desestabilizadora del proceso natural de construcción nacional de estos estados, por lo que optaron por excluir y discriminar a las minorías rusas de la vida política y cultural del país.

Esta filosofía aplicada a la leyes de ciudadanía vigentes han hecho que 270.000 letones no tengan una ciudadanía asignada, el 35% de la población, al igual que sucede con un cuarto de la población de Estonia. Debemos recordar en este punto que se cumplen en estos días los diez años de incorporación a la UE de estos países, países que tienen en su seno una proporción importante de su población catalogada como no-ciudadanos, una nueva tipología que ha tenido que ser digerida por las instituciones comunitarias haciendo uso de argucias e interpretaciones legales sui generis.

Sin embargo, y a pesar de esta situación anómala, es imprescindible remarcar que las minorías rusas de los Bálticos no reclaman su incorporación a Rusia, sino su reconocimiento como ciudadanos de pleno de derecho en sus países de residencia. En cualquier caso, ya hay quien plantea si Narva, ciudad fronteriza mayoritariamente poblada por rusos en Estonia, no sería la nueva Crimea.

Prorrusos toman posiciones cerca de la ciudad de Slaviansk, al este de Ucrania (Reuters).
Prorrusos toman posiciones cerca de la ciudad de Slaviansk, al este de Ucrania (Reuters).

¿Cuál  ha sido la estrategia rusa en relación con sus minorías?

La estrategia rusa de desestabilización a través de la instrumentalización de las minorías en sus territorios fronterizos no es novedosa. Ejemplos recientes los encontramos durante la crisis georgiana de 2008 y en la actual crisis ucraniana. En ambos casos, el guion fue similar. En primer lugar, se concede la ciudadanía/pasaporte ruso a las minorías residentes en estos países para, a continuación, esgrimir la defensa de sus ciudadanos en otro territorio como la excusa perfecta para la intervención y el acceso al control del mismo, y de su población. Pero, para ello, ha sido necesaria la construcción de un entramado legal que diera solidez a esta estrategia.

La estrategia rusa no es novedosa. En primer lugar, se concede la ciudadanía a las minorías residentes en estos países, para, a continuación, esgrimir la defensa de sus ciudadanos en otro territorio como la excusa perfecta para la intervenciónSin ir más lejos, este año 2014 fue proclamado “Año de la Cultura Rusa”, “el año de la atención a nuestras raíces culturales, patriotismo, valores y ética”, la receta perfecta para el nuevo excepcionalismo ruso. El advenimiento del Maidán y las aproximaciones erráticas de Occidente, con la Unión Europea a la cabeza, hicieron que la intervención rusa fuese más sencilla de justificar.

Este canto a la protección de las minorías rusas en el exterior, como ya hemos mencionado, no es nuevo. Más bien al contrario. Tras la implosión del imperio soviético, una de las principales preocupaciones procedentes del Kremlin ha sido la protección de sus minorías y esto ha quedado reflejado en diversas leyes y normas específicas, pero también en acciones de política exterior. En relación con las primeras, podemos mencionar la propia Constitución de la Federación Rusa en su artículo 80(2), donde se plantea la “obligación de proteger” a los rusos siendo el presidente el garante de los derechos humanos y civiles y de sus libertades.

Es menester añadir la Ley de 1999 sobre compatriotas en el exterior, por la que se establecía la protección oficial de estos compatriotas, si bien no queda definida cuál es la acción oficial a adoptar sino que se deja abierta a interpretaciones. En 2008, en el contexto de la crisis con Georgia, se adoptó un documento estratégico sobre Política Exterior donde se expone de manera explícita que “Rusia proveerá de protección comprensiva a los derechos y los intereses legítimos de los ciudadanos rusos y compatriotas residentes en el exterior”. Pero ¿qué entendemos por protección comprensiva? ¿Y por obligación de proteger?

Es imprescindible remarcar que las minorías rusas de los Países Bálticos no reclaman su incorporación a Rusia, sino su reconocimiento como ciudadanos de pleno de derecho en sus países de residenciaA pesar de lo anterior, sería inocente pensar que la intervención rusa en Ucrania responda a la protección de las minorías en dicho territorio. Es evidente que las apelaciones a la reconstrucción de Novorossia (Nueva Rusia), término rescatado por Putin de la época zarista que se refiere a los territorios que hoy conforman las provincias del sur y del este de Ucrania, van más allá de la defensa de los derechos fundamentales de las minorías rusas. Sin embargo, no es menos inocente pensar que la utilización que tradicionalmente ha hecho la Federación Rusa de su soft power (poder blando), tradicionalmente asignado a la UE, no está siendo bien aprovechado para sus fines. Y aquí es donde Occidente, con la UE y Estados Unidos a la cabeza, ha pecado de ingenuo. Moscú está utilizando sus cartas del mismo modo en que lo han hecho sus principales rivales regionales, y hay que tener por seguro que lo seguirá haciendo.

Así, no debemos extrañarnos cuando las autoridades de Estonia y Letonia alertan de que el embajador ruso reparte pasaportes y pensiones por doquier a alguno de los cientos de miles de no ciudadanos presentes en sus territorios. Obviamente, Rusia quiere jugar el efecto desestabilizador para ganar influencia y va a utilizar todos los medios a su alcance para conseguirlo. En el caso de los Países Bálticos, el Kremlin está jugando bien su carta: erigirse como el nuevo defensor de los derechos de las minorías y de ciudadanía, porque es evidente que le dará mayor legitimidad frente a, una vez más, una Unión Europea poco ágil y operativa en este tipo de cuestiones.

Quizás, sea en el caso de los Países Bálticos, más que en el resto, dadas sus especiales circunstancias, donde podamos ver con mayor nitidez cómo Putin está utilizando los mecanismos y normas diseñados por Occidente (Consejo de Europa, OSCE o Naciones Unidas) para denunciar, visibilizar y ganar presencia y, por tanto, influencia en toda la región. Es decir, manejar algo que se ha considerado patrimonio de la UE: el poder blando. Y lo hace de forma eficaz.  

*Ruth Ferrero-Turrión, Instituto Complutense de Estudios Internacionales, ICEI-UCM  y coeditora de www.eurasianet.es

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