814 MILLONES DE INDIOS ACUDEN A LAS URNAS

Así vota la mayor democracia del mundo

Unos 814 millones de indios están llamados a las urnas en estos comicios generales, el equivalente a la población combinada de EEUU y Europa.

Foto: Una mujer muestra su dedo tras haber votado en un colegio electoral del distrito de Rangareddy, al sur del país (Reuters).
Una mujer muestra su dedo tras haber votado en un colegio electoral del distrito de Rangareddy, al sur del país (Reuters).

La India es caos. Por sus anárquicas calles circulan vehículos que sólo cumplen una norma de circulación: no hay normas. Los profesores de los colegios públicos asisten a clase uno de cada tres días. Los trenes llegan con retraso. Los cortes de luz son comunes hasta en la capital. La novedosa terminal del aeropuerto internacional de Nueva Delhi se inunda con cada monzón. Y, sin embargo, el gigante asiático celebra con éxito las mayores elecciones de la historia cada cinco años. Unos 814 millones de votantes indios están llamados a las urnas en estos comicios generales, el equivalente a la población combinada de Estados Unidos y Europa. Las elecciones son también las más largas del mundo: comenzaron el pasado 7 de abril y finalizan el 12 de mayo tras diez días de votaciones. Pura contradicción.

Tan contradictorio como que la India sea una democracia. “Los indios son quizás el pueblo más antidemocrático del mundo viviendo en la mayor y la más plural de las democracias”, escribió el reconocido psicoanalista Sudhir Kakar en referencia al sistema de castas, que aún perdura. Una tolerancia política que implantó una élite india que se había formado en Inglaterra. “La democracia en la India se impone desde arriba, lo que es esencialmente antidemocrático”, afirmó B. R. Ambedkar, padre de la Constitución del país asiático. La carta magna india es la más larga del mundo, como no podía ser de otra forma.

Los indios son quizás el pueblo más antidemocrático del mundo viviendo en la mayor y la más plural de las democraciasPero los indios abrazaron con vehemencia la democracia. “Como el té, el cine o el cricket, hay algo acerca de las elecciones que las hace parecer una antigua pasión india, aunque son una importación reciente”, concluyó el politólogo Yogendra Yadav.

Así, un país caótico, con unas infraestructuras y una organización disfuncionales y una sociedad con tendencias poco democráticas que, sin embargo, ha abrazado la democracia con entusiasmo elige estas semanas a su decimosexto Parlamento nacional entre miles de candidatos de 315 partidos políticos en 543 distritos electorales (el sistema electoral es similar al inglés).

Esta labor mastodóntica implica que los millones de votantes puedan ejercer su derecho en 1,4 millones de urnas situadas en 930.000 colegios electorales repartidos por un territorio mayor que la Unión Europea, que abarca desde altos picos en el Himalaya a remotas islas en el Índico.

El mayor acontecimiento organizado de la humanidad

Tras el éxito del mayor acontecimiento organizado de la humanidad se encuentra la Comisión Electoral de la India (CEI), una de las instituciones más respetadas del país y que goza de una independencia absoluta. “Los políticos no interfieren, tenemos unas reglas y las seguimos a rajatabla”,  dice a El Confidencial S.Y. Quraishi, expresidente de la CEI.

Miembros de la Comisión Electoral se dirigen a un colegio en Assar, norte de Jammu (Reuters).
Miembros de la Comisión Electoral se dirigen a un colegio en Assar, norte de Jammu (Reuters).

Quraishi explica que los mayores retos son la seguridad y la logística. El proceso electoral se alarga durante cinco semanas para poder movilizar a las fuerzas de seguridad por todo el país. Cerca de un millón de paramilitares y policías tratan de garantizar que no se produzcan atentados o se intimide a los votantes. En 2009 se usaron 119 trenes con 3.060 vagones para transportar a los agentes de la ley por todo el país. “Cualquiera asumiría que la India está en guerra”, afirma  Quraishi.

En las elecciones de hace cinco años, 12 funcionarios caminaron durante días por la nieve para entregar el material electoral en una zona de la región de Ladakh, en el Himalaya, que contaba con 37 votantesLa otra gran dificultad es la logística. “Nuestra misión es que todos los ciudadanos puedan votar. Es inadmisible que una sola persona no pueda ejercer su derecho porque no hemos podido llegar a ella”, asegura Quraishi. Una misión faraónica en un país con grandes diferencias geográficas y zonas muy remotas. Se recurre a todo tipo de medios de transporte para distribuir el material electoral. En las densas junglas las urnas se transportan en elefante; en camello, en el desierto del Rajastán; en mulas y yaks, en las regiones del Himalaya; en helicópteros y barcos, en las Andaman y Nicobar, archipiélago del Índico con 572 islas.

La CEI establece que cada votante debe disponer de un colegio electoral a una distancia máxima de dos kilómetros, un trabajo que los 11 millones de trabajadores electorales se toman muy en serio.

Caminar días en la nieve para entregar las urnas

En las elecciones generales de hace cinco años, 12 funcionarios caminaron durante cuatro días por la nieve para entregar el material electoral en una zona de la región de Ladakh, en el Himalaya, que contaba con 37 votantes. “Había dos colegios electorales a 4.800 metros de altura. Helicópteros de las Fuerzas Armadas intentaron aterrizar en cuatro ocasiones en vano. Así que tuvimos que enviar a dos equipos a pie”, explica Quraishi, autor del reciente libro An Undocumented Wonder: The Making of the Great Indian Election.

Una mujer hace cola para votar en un colegio de Uttar Pradesh (Reuters).
Una mujer hace cola para votar en un colegio de Uttar Pradesh (Reuters).

En Arunachal Pradesh, remoto estado en el noreste de la India y fronterizo con China, la CEI no contaba con suficiente personal para vigilar la votación. La solución fue colocar cámaras de vídeo conectadas por internet con las oficinas centrales de la comisión. De esta forma se supervisó el proceso. 

Hay un colegio electoral con un votante. El Parque Nacional de Gir, en el estado de Gujarat y guarida del león asiático, cuenta con un solo inquilino humano: el sacerdote Mahant Bharatdas Darshandas, quien cuida un templo de Shiva. Él también votará, como lo hizo en elecciones pasadas.

En las densas junglas las urnas se transportan en elefante; en camello, en el desierto del Rajastán; en mulas y yaks, en las regiones del Himalaya; en helicópteros y barcos, en las Andaman y Nicobar, archipiélago del Índico con 572 islas Las urnas se distribuyen con los métodos más variados y en ocasiones arcaicos, pero el modo de votación es lo último en tecnología. En la India ya no hay papeletas. Las urnas son electrónicas, una modernidad que no ha llegado aún a España ni Estados Unidos. Los votantes pulsan un botón al lado del nombre de cada candidato, acompañado por el símbolo de su partido. Este método elimina el recuento a mano de los votos y evita el fraude con la introducción de papeletas falsas. Las máquinas funcionan con baterías intercambiables, una necesidad en un país donde un tercio de sus habitantes no tiene electricidad.

Tan importante como que cada elector pueda depositar su voto es que no haya fraude. Para evitar la tentación de que una persona vote más de una vez a cada votante se le pinta el dedo con tinta indeleble, práctica común en el sur de Asia y Afganistán. En la votación en Nueva Delhi, el 10 de abril, los dedos pintados se convirtieron en tendencia en Twitter. Los usuarios subieron en masa fotografías de su marca electoral.

Un voto, un televisor

Si la cercanía de colegios electorales o el deseo de ejercer el derecho al voto no estimulan a los votantes, los partidos políticos se encargan de que los indios encuentren la motivación necesaria. Para votar a su favor, se entiende. Las elecciones indias son limpias en su mayor parte, pero existen irregularidades.

Un hombre vota en un colegio electoral del distrito de Ajmer (Reuters).
Un hombre vota en un colegio electoral del distrito de Ajmer (Reuters).

“En mi barrio ofrecían 100 rupias (1,2 euros) por cada voto”, dice a este periódico una asistenta del hogar en la capital en referencia a las últimas elecciones de su estado, Tamil Nadu. En el barrio vecino, de clase un poco más alta, la oferta era de un televisor, una práctica que ejercen todos los partidos políticos.

'En mi barrio ofrecían 1,2 euros por cada voto', dice a este diario una asistenta del hogar. En el barrio vecino, de clase un poco más alta, la oferta era de un televisor, una práctica que ejercen todos los partidos políticosEntre los estratos sociales más bajos, como conductores de rickshaws a pedales, una cena y una botella de licor pueden bastar para conseguir un voto. Por ello la CEI vigila la producción, el almacenamiento y la distribución de alcohol durante los comicios. La policía se ha incautado de 2,7 millones de litros de licor en redadas desde el anuncio de las elecciones el 5 de marzo. Con la cantidad de licor confiscado se podría emborrachar a 80 millones de votantes indios.

Para evitar jolgorios innecesarios y posibles trifulcas, el paternal Gobierno decreta “días secos” –sin alcohol– en las jornadas de votación, algo que se hace también en fiestas nacionales y religiosas. En las sagradas elecciones hay que mantener la sobriedad.

Campañas dirigidas desde una celda

No es difícil la compra de votos en un país donde el 70% de los 1.210 millones de habitantes viven con menos de dos dólares al día. Las tendencias criminales de los políticos tampoco ayudan. Un quinto de los candidatos tienen cargos judiciales contra ellos, de acuerdo con un informe del centro de estudios Asociación de Reformas Democráticas. Las imputaciones incluyen asesinato, violación y extorsión. El informe solo cubrió a los candidatos de 120 de los 543 distritos electorales. El Parlamento saliente cuenta con un tercio de políticos con casos criminales. En 2004, la proporción fue del 24%.

El Tribunal Supremo dictaminó el año pasado que los políticos con cargos pendientes no podían presentarse a elecciones. Poco después, el Gobierno central revocó la decisión del máximo órgano judicial. Hay candidatos que dirigen su campaña desde una celda.

La criminalización de la política llevó a grupos de activistas a pedir la posibilidad de un voto en blanco. En estos comicios por primera vez se podrá marcar la casilla “ninguno de los de arriba” para indicar que no se elige a ningún candidato. También se ha incluido en esta ocasión una nueva categoría de género en el censo. Los transexuales pueden marcar “Otro” en lugar de “Hombre” o “Mujer”. Unas 28.300 personas han elegido esta opción.

Un militar indio ante un cuadro de Gandhi protege un colegio en Merhama (Reuters).
Un militar indio ante un cuadro de Gandhi protege un colegio en Merhama (Reuters).
La India es una república democrática… hereditaria. Un 28,6% de los diputados del Parlamento saliente es descendiente de otro. Una tendencia al alza. Si entre los políticos sexagenarios un 16,4% es “hijo de” o “familiar de”, el número asciende al 65% entre los que se encuentran en la cuarentena. Por debajo de los 30 años todos son familia de alguien que ya ocupó un escaño. Un descubrimiento del escritor Patrick French en su libro “India”.

Una cuestión que no parece molestar a los indios. Un 45% de los participantes en una reciente encuesta del Carnegie Endowment respondió que los políticos que pertenecen a dinastías son mejores porque es la ocupación de su familia. La política india tiene un carácter gremial.

Los “hijos del capitalismo”

Si los “hijos de” pueblan el Parlamento, los “hijos del capitalismo” se antojan fundamentales en estos comicios. Unos 100 millones de indios votan por primera vez. Una generación nacida tras las reformas liberalizadoras de 1991. Se han criado en centros comerciales, chatean con sus teléfonos inteligentes y sus aspiraciones son diferentes a la de sus padres. Les preocupan los puestos de trabajo y el futuro en una India que crece por debajo del 5% tras una década por encima del 8%.

Esa es la mayor preocupación de los votantes: “la economía, estúpido.” A la ralentización del crecimiento se suman los altos precios de los alimentos, la inflación y los grandes escándalos de corrupción de los últimos años. Los indios quieren prosperar.

El Supremo dictaminó en 2013 que los políticos con cargos pendientes no podían presentarse a elecciones. Poco después, el Gobierno central revocó la decisión. Hay candidatos que dirigen su campaña desde una celdaUna prosperidad que asegura ofrecer el derechista Narendra Modi, del opositor Partido Bharatiya Janata (BJP). El nacionalista hindú atrae al electorado con un discurso de crecimiento económico y una imagen de eficiencia. Se ha labrado una buena reputación de gestor en los últimos 12 años al frente del estado de Gujarat, uno de los más ricos del país. Hombre hecho a sí mismo que ayudó a su padre en un puesto de té, todos los pronósticos le señalan como el próximo primer ministro de la India.

Sin embargo, su supuesta implicación en un pogromo en el que murieron unas 1.000 personas, la mayoría musulmanes, en 2002 en Gujarat, despierta el temor de las minorías religiosas y los indios más liberales. Diversas investigaciones judiciales absolvieron al político. Modi nunca ha pedido perdón por su gestión de la matanza.

Su principal rival es el dinástico Rahul Gandhi, paradigma de la democracia hereditaria india. Bisnieto, nieto e hijo de primeros ministros, el delfín de la dinastía Nehru-Gandhi es poco carismático y no convence a los votantes. Todo indica que no ocupará el puesto que la cuna le ha reservado. Una anomalía. Su familia ha gobernado la India 54 de los 67 años de independencia con el Partido del Congreso, incluidos los 10 últimos.

El 16 de mayo el mayor ejercicio electoral de la historia llegará a su fin con el anuncio de los resultados. Entonces los indios quizás deberán esperar otros cinco años para experimentar la democracia de nuevo.

¿Es la India una democracia? La respuesta es, bueno, al 50%. Lo es cuando se celebran elecciones y con la garantía del libre movimiento y la libertad de expresión. No lo es cuando hablamos del funcionamiento de los políticos y las instituciones”, escribió Ramachandra Guha en su libro India después de Gandhi.

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