AMERICANOS EN UN VIAJE CON PODERES CURATIVOS

Vietnam y el perdón: “No hay rencor. Por eso los veteranos rompemos a llorar”

Una anciana que había sobrevivido a la matanza de My Lai se acercó a Chuck y dijo algo que no olvidará: "Es hora de que os perdonéis a vosotros mismos"

Foto: El veterano de guerra estadounidense Jeffrey Nielsen, posa junto a un niño discapacitado en el hospital de Tu Du en Ciudad Ho Chi Minh. (Eric San Juan)
El veterano de guerra estadounidense Jeffrey Nielsen, posa junto a un niño discapacitado en el hospital de Tu Du en Ciudad Ho Chi Minh. (Eric San Juan)

David Waters había leído sobre las atrocidades que el Ejército estadounidense cometió en Vietnam. Sabía que cerca de tres millones de vietnamitas -según estudios independientes- han sufrido malformaciones y parálisis por culpa de la dioxina contenida en defoliantes como el Agente Naranja. También había oído hablar de los miles de muertos y amputados por las bombas y minas que quedaron sin detonar tras el fin de la guerra. No le hacía falta ningún dato más para reforzar su convencimiento de que la intervención de su país en Vietnam fue un terrible error.

Sin embargo, tras una breve visita al Museo de la Guerra de Ciudad Ho Chi Minh, Waters se siente abrumado. Allí, en la antigua Saigón, se avergüenza de haber servido al Ejército estadounidense en el sur de Vietnam entre 1968 y 1969. Allí, a sus 67 años, Waters se avergüenza de su nacionalidad.

Al verle muy afectado, una anciana que había sobrevivido a la matanza de My Lai se acercó a Chuck y pronunció una frase que nunca olvidará: Nosotros ya os hemos perdonado. Es hora de que os perdonéis a vosotros mismosLas fotografías de niños con malformaciones, el relato pormenorizado de las masacres de inocentes, los aterradores testimonios de campesinos, la frialdad implacable de las cifras, las imágenes de las manifestaciones por todo el mundo en contra de la guerra... son demasiado para este veterano.

“Cuando ves las cosas que hicimos es imposible no sentirse culpable. No es que seamos responsables, teníamos 20 años y cumplíamos órdenes, no sabíamos nada de la vida, pero es terrible. Cuando visitaba ese museo, pensaba que algún vietnamita iba a señalarme y decir, ‘Mirad, es uno de los que hizo todo esto’, relata a El Confidencial. Pero nadie le recriminó nada; sólo se encontró sonrisas.

“No hay rencor. Por eso algunos lloran de gratitud”

Waters es uno de los 17 veteranos de guerra y activistas estadounidenses que acaban de concluir un viaje de dos semanas por Vietnam organizado por la asociación Veteranos por la Paz. Hace un año, en su primer retorno al país junto a su hijo, no salió de los circuitos turísticos más trillados; por eso se quedó con ganas de regresar y conocer de primera mano la situación de las víctimas de la guerra, por muy duro que le resultara.

Michael Dempsey abraza a un niño discapacitado en el hospital de Tu Du (E.S.J.)
Michael Dempsey abraza a un niño discapacitado en el hospital de Tu Du (E.S.J.)


“Los veteranos que regresan casi siempre se sorprenden al comprobar la simpatía de la gente”, explica Chuck Searcy, un analista de inteligencia durante el conflicto que lleva dos décadas viviendo en Hanói y que participa en la organización del recorrido. “Pero algunos -agrega- rompen a llorar de gratitud porque esa falta de rencor de los vietnamitas les libera del lastre de remordimientos y confusión que llevan arrastrando hace cuatro décadas. Cuando los vietnamitas nos dicen que ahora somos hermanos, lo dicen de corazón”.

Muchos de los que pasaron por aquel infierno bélico regresaron a Estados Unidos traumatizados. Algunos, como Chuck Palazzo, un neoyorquino que retornó a Vietnam para quedarse hace más de seis años, fueron diagnosticados con síndrome de estrés postraumático.

A sus 61 años, Palazzo se ha acostumbrado a vivir con ello, al insomnio y a las pesadillas que le atormentan recreando escenas de la guerra. Desde que se trasladó a Danang, anestesia su sentimiento de culpa ayudando a las víctimas del agente naranja en el centro del país. Volver a Vietnam, estrechar lazos con quienes fueron sus enemigos, ayudar a las víctimas, fue su mejor medicina. “Ahora esta es mi casa. Viajo a Nueva York de vez en cuando para ver a mi familia, pero mi verdadero hogar es Vietnam”, declara a este diario.

Algunos rompen a llorar de gratitud porque esa falta de rencor de los vietnamitas les libera del lastre de remordimientos, explica SearcyConvencidos del poder terapéutico del viaje y siempre dispuestos a reparar el daño causado, en 2011 Palazzo y Searcy pusieron en marcha, con otro miembro de Veteranos por la Paz, el primer tour organizado a Vietnam de antiguos combatientes. En esta tercera edición, cada participante se comprometió a donar al menos 1.000 dólares para víctimas de los explosivos y del Agente Naranja. “Este año hemos recaudado 17.000 dólares, es más bien simbólico, una muestra de buena voluntad, pero ayuda a unas cuantas familias durante unos meses. Es bueno para los veteranos y bueno para las víctimas”, dice.

La difícil visita a los niños con malformaciones

Durante su periplo, esta tropa de sexagenarios y septuagenarios achacosos ha compaginado las visitas a víctimas con actividades culturales y encuentros de hermanamiento con sus antiguos enemigos. En la sede de la asociación de veteranos de guerra vietnamitas de Ciudad Ho Chi Minh, los excombatientes de ambos bandos se intercambian elogios y buenas palabras antes de posar juntos para la foto.

Menos protocolaria resulta la mañana pasada en el hospital de Tu Du, donde están internados cerca de un centenar de niños con malformaciones y disminuciones psíquicas vinculadas supuestamente a las armas químicas de la guerra. En cuanto ven aparecer por el pasillo al grupo de occidentales, los pequeños se abalanzan sobre ellos en busca de abrazos. Aquellos cuyos músculos han quedado completamente paralizados por la enfermedad apenas esbozan una sonrisa de agradecimiento cuando alguno les sostiene la mano.

El Vietnam Veterans Memorial, en Washington, con los nombres de los 58.000 caídos (Reuters).
El Vietnam Veterans Memorial, en Washington, con los nombres de los 58.000 caídos (Reuters).

Sin embargo, las visitas a los niños en peores condiciones resulta menos reconfortante. Algunos veteranos prefieren no pasar a las habitaciones donde yacen postrados en la cama los pequeños con hidrocefalia, una enfermedad que provoca deformaciones en la cabeza. “Llega un momento en que es demasiado, más de lo que podemos soportar y no sé si es bueno para los niños que entremos todos allí”, dice Tom Searcy, hermano de Chuck e integrante del tour de excombatientes.

Las torturas del ‘Hanoi Hilton’

Los antiguos soldados también han tenido ocasión de visitar lugares de infausto recuerdo para el Ejército de EEUU, como la prisión hanoiense de Hoa Lo, conocida sarcásticamente como Hanoi Hilton por las decenas de soldados norteamericanos que fueron torturados y confinados en sus celdas. “Tuve compañeros que estuvieron encerrados en el Hanoi Hilton, pero nunca había estado, ha sido una experiencia muy enriquecedora”, comenta a este diario Ron Staff, un trabajador social jubilado de Minnesota que no había regresado a Vietnam desde que luchó en Danangen en 1968.

A sus 61 años, Palazzo se ha acostumbrado al insomnio y a las pesadillas que le atormentan. Desde que se trasladó a Danang, anestesia su sentimiento de culpa ayudando a las víctimas del agente naranja“Estoy muy contento de haber visto cómo es el país ahora, todo lo que han construido y lo que ha cambiado. Los vietnamitas parecen gente con mucha energía y ganas de mirar al futuro. Este viaje me ha permitido conocer realmente Vietnam. Había oído hablar de la ciudad de Hue, donde murió un compañero mío, pero nunca había ido”, cuenta. Pese a la dureza de algunas experiencias, Chuck Searcy no alberga dudas de que “en todos los casos, sin ninguna excepción, la vida los veteranos que regresan a Vietnam cambia para bien”.

Ataques de pánico antes de reparar el daño

Él fue uno de los primeros que se atrevieron a dar el paso junto a un compañero de armas en 1992, aunque casi sufrió un ataque de pánico antes de aterrizar en la antigua Saigón por primera vez desde la guerra, durante la cual presenció la sangrienta ofensiva del Tet de 1968, con cadáveres amontonados en las calles.

“Mientras el avión iba bajando, miré a mi amigo y vi que estaba tan aterrorizado como yo. Nos daba miedo la reacción de los vietnamitas cuando supieran que éramos veteranos de guerra americanos. Temíamos que nos odiaran y por unos minutos nos arrepentimos de haber vuelto a Vietnam. Pero desde el primer día conocimos a gente amable y curiosa que quería hablar con nosotros. Tanto en el norte como en el sur nos encontramos a antiguos soldados vietnamitas o a sus hijos, que no nos guardaban ningún rencor. Fue asombroso”, rememora.

Algunos veteranos prefieren no pasar a las habitaciones donde están los niños con hidrocefalia, una enfermedad que provoca deformaciones en la cabeza. Llega un momento en que es demasiado, más de lo que podemos soportar, dicenImpactado por la experiencia, decidió que quería volver a Vietnam por más tiempo para contribuir a reparar el daño causado por su país. En 1994 regresó de la mano de una asociación de excombatientes para asistir a niños discapacitados y, después, colaboró en algún otro proyecto de reconstrucción, hasta que en 2001 puso en marcha Renew (Renovación), un exitoso programa destinado a ayudar a los habitantes de la provincia central de Quang Tri, una de las zonas más afectadas por los explosivos que quedaron después de la guerra.

“Es muy satisfactorio. Gracias a las donaciones asistimos a unos 1.000 afectados en total. A los ciegos les ayudamos a generar ingresos, proporcionamos prótesis para los amputados, intentamos que ellos sean capaces de ganarse la vida y de que las autoridades vietnamitas aprendan de nosotros para que, en el futuro, ellas puedan tomar el relevo y ya no seamos necesarios. También limpiamos las bombas y minas en las zonas de riesgo. Sólo en los últimos dos años nuestra organización ha retirado cerca de 20.000. Quién sabe las vidas que hemos salvado gracias a eso”, se pregunta Searcy. 

Searcy, un veterano que vive en Vietnam desde 1994, a la entrada del Museo de la Guerra (E.S.J.)
Searcy, un veterano que vive en Vietnam desde 1994, a la entrada del Museo de la Guerra (E.S.J.)

“Es hora de que os perdonéis a vosotros mismos”

Salvar vidas, aliviar el daño y hacer que la Casa Blanca se responsabilice por el dolor causado se ha convertido en casi una obsesión tanto para los veteranos que hicieron de Vietnam su nuevo hogar como para algunos de los que sólo han vuelto para unas cortas vacaciones solidarias. Chuck Palazzo, uno de los más activos, no siempre puede acallar el sentimiento de culpa, pero trata de acordarse del consejo que le dio una mujer vietnamita durante el tour del año pasado.

La delegación visitó My Lai, la aldea en la que en 1968 una compañía militar estadounidense asesinó a al menos 347 civiles (incluidos niños, mujeres y ancianos) y violó a mujeres y niñas. Palazzo no participó en aquella masacre ni conoció a nadie que lo hiciera, pero cuando se reunió con algunos supervivientes vietnamitas le asaltó un gran malestar, se sintió culpable. “Es uno de esos sitios en los que se respira el mal, una sensación muy desagradable”, describe. Al verle muy afectado, una anciana vietnamita que había sobrevivido a la matanza haciéndose pasar por muerta se acercó a él y pronunció una frase que nunca olvidará: “Nosotros ya os hemos perdonado. Es hora de que os perdonéis a vosotros mismos”.

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