LOS KOCH, LA MANO NEGRA ULTRALIBERAL

Los hermanos que financian (en silencio) la batalla mundial contra 'Papá Estado'

Sus argumentos ultra-liberales, durante décadas confinados a círculos reducidos, hoy se extienden por amplios sectores, especialmente entre la clase media

Foto: Los hermanos David y Charles Koch, los multimillonarios mecenas de la causa libertaria. (Reuters)
Los hermanos David y Charles Koch, los multimillonarios mecenas de la causa libertaria. (Reuters)

A simple vista, las movilizaciones de Americans for Prosperity no tienen nada de especial. Decenas de miles de voces protestando simultáneamente en varias ciudades de Estados Unidos, en manifestaciones que siguen las clásicas tácticas de los movimientos de masas: grupos organizados que corean proclamas, megáfono en mano, frente a los centros de poder político. Es su contenido, sus reclamaciones, lo que resulta radicalmente distinto.

Sus pancartas exigen cosas como “triturar el gasto público”, “acabar con la tiranía de las escuelas (públicas)”, “liberarse de las pensiones y los subsidios” y dejar de “regalar comida con nuestros impuestos”. Una enorme sábana de papel asegura que “Los subsidios son pecado. Jesucristo dijo: cada hombre sólo depende de sí mismo”. Y en el ambiente se corean eslóganes como “Fuera las manos de Obama de la sanidad americana”, “De mis impuestos que no vivan los holgazanes”, “Recaudar es robar” o “Destapemos la mentira del cambio climático”.

Aunque su mensaje se presente a menudo edulcorado, o fusionado, con el conservadurismo religioso, la apuesta es libertaria. Argumentos ultra-liberales que durante décadas permanecieron confinados a círculos reducidos y que hoy se extienden por amplios sectores de la sociedad, especialmente entre una clase media que busca alternativas al declive y a la crisis de identidad del sistema.

Sus argumentos ultra-liberales, que durante décadas permanecieron confinados a círculos reducidos, hoy se extienden por amplios sectores de la sociedad, especialmente entre una clase media que busca alternativas al declive y a la crisis de identidad del sistemaEl rechazo a cualquier intervención estatal en la vida pública, una idea que hasta hace no tanto se quedaba en “country clubs” y cátedras universitarias arrinconadas, ha pasado a las barbacoas de jardín y las asambleas de vecinos. Tienen incluso musas propias, como la actriz Janine Turner, a quien muchos recuerdan como la atractiva e indomable piloto de la serie ‘Doctor en Alaska’

La causa libertaria, recuerdan sus seguidores, se ha servido de las posibilidades que ofrece Internet y de figuras del carisma y la inteligencia del excongresista Ron Paul o el periodista John Stossel. Pero también ha contado con el apoyo incondicional de dos multimillonarios que, desde la sombra, sin hacer ruido ni reclamar protagonismo, han invertido más dinero que nadie en promover sus ideas: los hermanos Koch, cuyas fundaciones derraman cientos de millones de dólares, un mecenazgo que en Washington se describe como “sin precedentes”, una siembra encaminada a transformar el pensamiento político de los años por venir.

“Son la Standard Oil de nuestros tiempos"

Es cierto que las donaciones y contribuciones de familias acaudaladas son la savia de la vida política e institucional estadounidense (ahí está, por ejemplo, el “izquierdista” George Soros), pero muchos analistas colocan a los Koch en una dimensión distinta. Por el volumen de lo invertido, por su secretismo y por el alcance de su cruzada, que va más allá de intereses concretos. “Están en otro nivel radicalmente distinto. La naturaleza y la dimensión de su gasto los hace especiales. He estado en Washington desde el Watergate y nunca he visto nada como esto. Son la Standard Oil de nuestros tiempos”, dice Charles Lewis, fundador del Center for Public Integrity (CPI).

El maná fluye hacia lobbies y donaciones a candidatos políticos (la mayoría republicanos del Tea Party). Pero alimenta también una base intelectual y social. Financia un corpus ideológico formado por asociaciones, fondos, premios y becas, inyectando dinero en universidades y fundaciones de prestigio. Por ejemplo, y según datos del CPI, la George Mason University ha recibido más de 8,5 millones de dólares de este generoso bolsillo.

Un simpatizante del Tea Party protesta en Washington contra la reforma sanitaria de Obama (Reuters).
Un simpatizante del Tea Party protesta en Washington contra la reforma sanitaria de Obama (Reuters).

Los Koch también andan detrás de los grandes think tanks libertarios, como el Cato Institute, cuyo nacimiento propiciaron en 1977 y que hoy emplea a más de 100 personas a tiempo completo, muchos de ellos analistas de élite. Y su dinero sostiene la poderosa Heritage Foundation, el American Enterprise Institute, la George C. Marshall y un largo etcétera de organizaciones que promueven estudios y planteamientos con un denominador común de fondo: defender las ideas ultra-liberales. En este estudio, por ejemplo, se intentó demostrar que la situación económica en Somalia mejoró cuando el Gobierno colapsó y reinó la anarquía. El Estado es tan perverso en sí mismo, dice la moraleja, que resulta incluso peor que la ley de la selva y sus señores de la guerra.

El dinero de los Koch alimenta una amplia variedad de investigaciones con valor político, no sólo dentro de las ciencias sociales. Por ejemplo, sus organizaciones se oponen con ferocidad a las regulaciones medioambientales (sus industrias están entre las 10 más contaminantes de EEUU) y Greenpeace acusa a los millonarios de haber gastado más de 67 millones de dólares en estudios elaborados con la finalidad de negar el cambio climático.

Los Koch están en otro nivel radicalmente distinto. La naturaleza y la dimensión de su gasto los hace especiales. He estado en Washington desde el Watergate y nunca he visto nada como esto. Son la Standard Oil de nuestros tiemposLa tercera y última pata de este “proselitismo libertario” son los movimientos ciudadanos. Entre 1986 y 1993 donaron más de ocho millones de dólares a “Citizens for a Sound Economy”, con quienes rompieron después. Años más tarde, en 2004, cimentaron la bases de Americans for Prosperity, organización de la que hablábamos al principio y a través de la cual pagan costosas campañas y anuncios atacando al Partido Demócrata y a sus congresistas.

Es difícil saber exactamente cuál es la suma total, ya que la red de fundaciones y organizaciones de los Koch dificulta el rastreo. El Center for Responsive Politics calcula que, por ejemplo, invirtieron más de 400 millones de dólares durante el ciclo electoral 2011-2012. Al menos 34 organizaciones de índole política o de gestión gubernamental han recibido dinero de la familia desde 2008, hasta el extremo de que hoy resulta difícil encontrar un estudio ultra-liberal en Estados Unidos cuyo rastro no conduzca a los Koch. Todo ello sin contar el dinero destinado a pagar lobistas para defender sus intereses industriales o a las donaciones políticas tradicionales, reflejadas de manera transparente en los registros oficiales.

¿Pero quiénes son los hermanos Koch?

Curiosamente, su fortuna se originó en la Unión Soviética. David y Charles Koch son hijos de Fred Koch, un ingeniero químico que en 1927 desarrolló un nuevo método para transformar el crudo en gasolina, un sistema que abría camino a nuevos competidores. Con su patente acorralada en los tribunales por los magnates petroleros del momento, Fred se lanzó al extranjero y acabó encontrando la horma de su zapato en las necesidades de Josif Stalin, quien buscaba explotar los recursos energéticos del Imperio comunista e industrializar el país a marchas forzadas.

Fred Koch utilizó el dinero conseguido en la URSS para armar Koch Industries, un gigante que hoy es la segunda compañía con más ingresos de Estados Unidos, sólo por detrás de Cargill, y que abarca todo tipo de negocios, sobre todo en el sector energético, químico, financiero e industrial. Tras cerrar sus últimos negocios con la URSS, en los años 60 el patriarca de los Koch inició una intensa actividad política. Le preocupaba el auge de los movimientos civiles y las protestas izquierdistas, que él interpretaba como un tentáculo más de los horrores que había visto en Moscú. Su mecenazgo anti-comunista se desarrolló alrededor de la John Birch Society, organización ultraconservadora que, por ejemplo, tildaba de “totalitaria” la idea de redistribuir la riqueza a través de impuestos y gasto público.

Dos de sus hijos, David y Charles, heredaron el imperio y las aversiones del padre. Charles se encarga de administrar la empresa desde el cuartel general en Wichita (Kansas), mientras que David, instalado en el 740 de Park Avenue (Manhattan), dedica más tiempo a cultivar relaciones sociales y manejar las fundaciones, los proyectos políticos, las donaciones, etcétera. Su fortuna conjunta se sitúa en torno a los 70.000 millones de dólares.

Según Forbes, sólo Bill Gates y Warren Buffett pueden competir con la riqueza que acumulan entre los dos. Además, no son ni de lejos tan conocidos. Gracias a sus esfuerzos por volar bajo radar, no sólo son prácticamente anónimos en el extranjero, sino también en Estados Unidos. Sucesivas encuestas de opinión demuestran que, aún hoy, menos de un 30 por ciento de los ciudadanos reconoce su apellido.

Para los Koch, mantenerse en el anonimato es una lección aprendida. En 1979, David entró en política a pecho descubierto. Tenía 39 años y se dejó dos millones de dólares en costear las presidenciales del Partido Libertario, presentándose como candidato a la vicepresidencia junto al cabeza de cartel, Ed Clark. Durante una vibrante campaña vendieron al público la idea de un “gran partido del té” (un “Tea Party") para combatir “la tiranía de los impuestos”, estableciendo una analogía entre sus ideas y las del Motín del Té en Boston contra el Imperio Británico. Pero no corría el año 1773,  sino el 1980, y quedaron muy por detrás de Ronald Reagan, de Jimmy Carter, e incluso del candidato independiente John B. Anderson.

Consiguieron cerca de un millón de votos y el mejor porcentaje logrado hasta la fecha Partido Libertario, algo más del uno por ciento. Ni de lejos suficiente para las aspiraciones de los hermanos Koch, que entendieron que nunca desbancarían el bipartidismo en su terreno. Optaron entonces por orientar sus baterías al mundo de las ideas. “(La política) tiende a ser un sucia, un negocio corrompido. Estoy más interesado en desarrollar las ideas libertarias”, comentó Charles en una de sus rarísimas entrevistas, poco después de las elecciones. “Lo que nosotros visionamos es un movimiento de masas con cientos de miles de ciudadanos americanos de toda condición, plantándose y luchando por la libertad económica que hizo nuestra nación la más próspera de la historia”, dijo después en una conferencia su hermano David.

¿Leyenda negra?

Días antes de las últimas elecciones presidenciales, Charles Koch envió a sus 70.000 empleados una carta comparando a la Administración Obama con la Venezuela de Hugo Chávez. El “cariño” que le profesan los Koch a su presidente es notorio, pero también mutuo.

Multimillonarios desde la cuna, negacionistas del cambio climático, condenados por haber extraído 31 millones de dólares de petróleo de reservas indias, propietarios de una de las diez empresas más contaminantes del país y siempre sospechosos de apoyar la segregación racial… “Si los hermanos Koch no existiesen, la izquierda tendría que inventarlos”, reconocen en círculos progresistas cercanos a la Casa Blanca, donde agitan sus retratos como “villanos perfectos”, el “poster de la codicia del uno por ciento”.

La causa libertaria ha contado con el apoyo incondicional de dos multimillonarios: los hermanos Koch, cuyas fundaciones derraman cientos de millones de dólares, un mecenazgo encaminado a transformar el pensamiento político de los años por venirEn los últimos años se les ha acusado prácticamente de todo, espesando una grumosa leyenda negra en la que se mezclan hechos demostrables e interpretaciones discutibles. Este documental a lo Michael Moore es un buen ejemplo. En el listado que hacen sus enemigos más acérrimos hay joyas de la propaganda, como un árbol genealógico que los emparentaría nada menos que con la “bruja de Buchenwald”, Ilse Koch, uno de esos “retratos del mal” que alimentó el nazismo, una señora que llegó a fabricar objetos de uso cotidiano con piel humana.

En la narrativa de la izquierda americana los hermanos Koch son archirrivales a la altura de Súper Obama: ancianos codiciosos, defensores del darwinismo extremo, despiadados frente a los pobres.... No por casualidad han vuelto a los discursos políticos demócratas en las últimas semanas, un calentamiento para las elecciones de medio término (noviembre) en las que Obama podría perder el Senado. “Están influenciando la política como no se había visto en generaciones. Los senadores republicanos han venido al pleno a defender sus intentos de comprar nuestra democracia (...) Están simplemente defendiendo a sus amigos millonarios”, acusó a principios de mes Harry Reid, líder de la mayoría demócrata.

Ellos se defienden a golpe de demanda y exhibiendo sus abundantes y generosas donaciones alejadas de la política: los 20 millones de dólares entregados al Museo de Historia Natural de Nueva York (el ala dedicada a los dinosaurios, de hecho, se llama “Galería David Koch”), los diez millones que desembolsaron para reconstruir las fuentes del Metropolitan Museum of Art o los cerca de 100 millones comprometidos con el Lincoln Center para renovar el teatro que hospeda el Ballet y la Ópera de Nueva York.

Pero algunos de estos actos de noble filantropía también están envueltos en polémica. Los Koch, verbigracia, se encuentran entre los mayores donantes del planeta en investigación y tratamiento del cáncer, al parecer una obsesión personal de David, que sobrevivió a un cáncer de próstata cuando era joven y que forma parte del influyente Consejo de Administración del National Cancer Institute (nombrado por Bush en 2004). Sucede que Koch Industries comercializa productos potencialmente cancerígenos, como el formaldehido, y contrata lobistas para que eviten una regulación más estricta al respecto. “Es como si la investigación sobre el cáncer de pulmón la pagase Phillip Morris”, resumen sus críticos.

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