RAFAEL RAMÍREZ, el salvador del chavismo

El futuro de la revolución, en manos del zar del petróleo y tercer hombre de Chávez

En medio de este pandemónium de piedras y tiros, el zar del petróleo venezolano acaba de lanzar la mayor reforma económica en los 15 años de chavismo

Foto: Rafael Ramírez, durante una manifestación en apoyo del presidente Nicolás Maduro celebrada en Caracas (Reuters).
Rafael Ramírez, durante una manifestación en apoyo del presidente Nicolás Maduro celebrada en Caracas (Reuters).

Hugo Chávez no dejó que Rafael Ramírez le negara tres veces y antes de ofrecerle por segunda vez ser su vicepresidente en 2009 le advirtió: “No te lo voy a volver a pedir”. El ministro de Energía y jefe de la petrolera estatal PDVSA rehusó, muy cortés, la promoción. Si algo aprendió durante la última década es que el poder político en Venezuela es relativo. Sólo el petróleo es absoluto.

Las protestas contra el Gobierno de Nicolás Maduro cumplen 43 días y suman 36 muertos. 37, contando al hijo de Adriana Urquiola, una embarazada de tres meses que recibió dos tiros cuando cruzaba unas barricadas para tratar de llegar a su casa justo en el momento en el que unos desconocidos atacaban la protesta opositora. Ensartada entre los radicales de ambos bandos.

En medio de este pandemónium de bombas lacrimógenas, piedras y tiros que mantiene en vilo a la nación caribeña, el zar del petróleo venezolano acaba de lanzar la mayor reforma económica en los 15 años de chavismo para tratar de salvar a la revolución -y al país- de la debacle económica. Sin duda, un riesgo mucho mayor para Maduro que las revueltas estudiantiles.

Grietas en el socialismo del siglo XXI

Ramírez es el artífice del Sicad 2, un mecanismo que permite comprar y vender dólares “libremente” en una subasta al margen del sistema oficial. Puede que para cualquier economía abierta esto sea una nimiedad, pero en términos bolivarianos es un significativo paso atrás en lo que parecía la inexorable senda hacia una economía completamente centralizada. Hasta ahora era ilegal transar dólares al margen del Estado. Incluso era delito informar sobre la cotización paralela del billete verde.

En medio de este pandemónium de bombas lacrimógenas, piedras y tiros que mantiene en vilo a la nación caribeña, el zar del petróleo venezolano acaba de lanzar la mayor reforma económica en los 15 años de chavismo para tratar de salvar a la revolución -y al país- de la debacle económica. Sin duda, un riesgo mucho mayor para Maduro que las revueltas estudiantiles“Lo que estaba sucediendo antes es que veíamos cuántas divisas teníamos pero su utilización estaba sin una planificación, no quiero decir ni siquiera adecuada, sino que no existía planificación”, fue su demoledora crítica contra los que gestionaron el control de cambios vigente desde 2003.

Para algunos analistas es un paso en la dirección correcta, pero tardío. Un paño de agua fría que apenas servirá para bajar unas décimas la fiebre de un paciente terminal. Y puede que en términos prácticos sea cierto. Pero simbólicamente es mucho más que eso. Es la primera vez que se le enmienda la plana al mismísimo “Comandante Supremo”. La primera gran grieta ideológica del chavismo en el corazón de su teoría económica que ha hecho resurgir un pequeño oasis capitalista en el abrumador socialismo del siglo XXI.

“¿Qué falta nos hacen a nosotros las benditas casas de bolsa esas?”, retaba Chávez en 2010, cuando arrasó con las corredurías del país y llevó a juicio a varios de sus directivos por “especulación” en su ofensiva por derrotar al dólar negro. La pregunta era retórica: “¡Nada! Eso no le hace falta a un país y menos en socialismo, compadre”.

Un manifestante opositor se protege de un cañón de agua de la Policía en Caracas (Reuters).
Un manifestante opositor se protege de un cañón de agua de la Policía en Caracas (Reuters).

Seamos sinceros

El remedio socialista fue fatal para la enfermedad. En los casi cuatro años que estuvieron proscritas las firmas bursátiles -y con ellas la negociación de divisas fuera de la tutela gubernamental-, el diferencial cambiario pasó de rondar el 100% a superar holgadamente el 1.000%, la inflación aumentó 40 puntos (de 27,3% a 57,3%) y el desabastecimiento de productos básicos subió al menos 30 (de 13% a 28%).

"El dólar paralelo es un dólar fantasma creado para la guerra", clamaba Maduro el año pasado, cuando estaba decidido a seguir al pie de la letra el guión oficial dejado por el fallecido líder bolivariano. "No habrá ni liberación del dólar, ni privatización", prometió a los radicales del chavismo, asegurando que todos los males económicos son parte de un golpe de Estado financiero permanente contra la revolución.

Chávez no dejó que Ramírez le negara tres veces y antes de ofrecerle por segunda vez ser su vicepresidente en 2009 le advirtió: No te lo voy a volver a pedir. El jefe de la petrolera estatal PDVSA rehusó, muy cortés, la promoción. Si algo aprendió durante la última década es que el poder político en Venezuela es relativo. Sólo el petróleo es absolutoPero las peleas en las colas de los mercados por los alimentos que escasean, el alarmante desabastecimiento de medicinas y la creciente amenaza de colapso de la ruinosa industria local por falta de materias primas y repuestos pusieron al presidente entre la realidad y la pared.

“El país en estos momentos requiere de una reflexión profunda sobre lo que está ocurriendo en la parte económica. Hace falta también una ‘Comisión de la Verdad’ en la parte económica. Tenemos una grandes contradicciones”, recomendó hace un mes a las autoridades Lorenzo Mendoza, presidente del consorcio alimentario Empresas Polar, la mayor compañía privada del país.

Y Ramírez ha resultado ser quien finalmente le ha puesto el cascabel al gato. Tras los confusos primeros meses de gobierno, cuando las dudas sobre el camino a seguir agravaron la situación a pasos agigantados, el ministro de Energía se convirtió desde octubre del año pasado en el máximo responsable de las finanzas públicas del país al asumir la vicepresidencia económica, desplazando a los radicales que proponían endurecer aún más el control y los sectores más liberales que abogaban por emitir nueva deuda para saciar la sed de dólares en la economía.

Si alguna bondad tiene el nuevo mecanismo de subastas es que sincera el precio del bolívar, cuya histórica sobrevaloración es el pecado original de una economía desindustrializada y sumisa a los vaivenes del petróleo. Y el mercado ya ha dado su fatal veredicto.

La tasa arrojada en las primeras jornadas ha rondado los 51 bolívares por dólar, lo que supone una devaluación del 88% respecto al tipo de cambio oficial de 6,3 bolívares fijado en la última devaluación efectuada en febrero del año pasado. Aunque el Gobierno asegura que el 90% de las importaciones continuarán en las tasas preferentes, los analistas creen que el efecto en la inflación será demoledor. La medida podría oxigenar temporalmente la economía, pero su efectividad e impacto dependerá de los dólares que ingresen al sistema. Y cuando en Venezuela se habla de dólares, tan solo hay un sitio al que mirar.

Un hombre dispara contra la Guardia Nacional en un suburbio de Caracas (Reuters).
Un hombre dispara contra la Guardia Nacional en un suburbio de Caracas (Reuters).
El hombre de los dólares

En su día, Ramírez entró en las quinielas para suceder al “máximo líder”. Pero este ingeniero mecánico de 50 años es una rara avis en el chavismo. Su hablar pausado y voz suave desentonan con el estilo aguerrido y vociferante popularizado por el jefe para arengar a los verdaderos creyentes de la revolución bolivariana. Pero para algunos, el espigado ministro de más de dos metros, pelo cano y gesto pacífico encarna a la perfección el popular refrán venezolano “cuídame del agua mansa que del agua brava ya me cuido yo”.

Hijo de una adinerada familia de izquierdas, entró en el Gobierno de la mano del veterano guerrillero Alí Rodríguez, por aquel entonces máximo gurú petrolero del presidente. Muchos critican que un hombre que llegó con un lápiz y una gaceta a un triste despacho para crear una oficina nacional del gas lograra en tan sólo dos años a dirigir todo el ministerio de Energía y Minas, desde donde lidió con el paro activado por la oposición para forzar la renuncia de Chávez a finales de 2002 y que se saldó con el despido de 20.000 trabajadores de la industria petrolera.

Si alguna bondad tiene el nuevo mecanismo de subastas es que sincera el precio del bolívar, cuya histórica sobrevaloración es el pecado original de una economía desindustrializada y sumisa a los vaivenes del petróleo. Y el mercado ya ha dado su fatal veredictoEn 2004, el mandatario venezolano le concedió un poder sin precedentes al nombrarlo también presidente de Petróleos de Venezuela (PDVSA), desde donde maneja nueve de cada 10 dólares que entran al país. Desde entonces, su influencia en la nomenclatura oficial no dejó de crecer, quedando encargado del olvidado sector minero, los complicados créditos que se pagan con petróleo a China, el programa estatal de construcción de viviendas y un sinfin de misiones que Chávez ha ido delegando en el poderoso monopolio estatal.

Su gestión estos 10 años, como todo lo acontecido en la era Chávez, está sujeto a dos visiones diametralmente opuestas e irreconciliables. Ramírez ha sido uno de sus gestores más eficientes para Chávez, aunque no siempre lo que convenía al proceso fuera la mejor para el país. Cambió la “vieja PDVSA”, que las elites del país habían convertido en un Estado dentro del Estado para su propio beneficio, en una empresa para “el pueblo” que comenzó a financiar los onerosos planes sociales convirtiendo a la compañía en el auténtico motor financiero de la revolución. Durante años, la respuesta a cualquier problema era PDVSA. No pocas veces fue la respuesta incorrecta.

La oposición lo identifica como el hombre que está quebrando una de las compañías petroleras más rentables del mundo, con sus niveles de producción estancados (actualmente en unos 3,0 millones de barriles por día). Su larga gestión fue la de la opacidad, el endeudamiento récord y algunos de los peores accidentes en la historia de la industria petrolera, como la explosión en la refinería Amuay en agosto de 2012. Nunca se cumplieron las metas previstas en los tiempos estimados, ni se ejecutaron los grandes planes internacionales que proyectaban refinerías de Siria a China.  

En el centro del debate, la abierta politización de PDVSA que convirtió a la compañía en bastión laboral del oficialismo y centro neurálgico de la petrodiplomacia petrolera con la que Chávez tejió alianzas en América Latina y el Caribe entregando crudo a precios preferenciales que según sus críticos le suponen cada año más de 7.000 millones de dólares al erario público. Pese a que el antichavismo lleva vaticinando la bancarrota de PDVSA durante años, la firma todavía alimenta el gran sueño socialista y su propósito es claro.

“La nueva PDVSA es roja, rojita, de arriba abajo”, sentenció Ramírez en un polémico video grabado clandestinamente en una reunión de trabajadores en 2006. Lo que muchos creían que se convertiría en un escándalo se convirtió en realidad en un lema que hasta hoy acompaña al chavismo.

El terecer heredero

Durante sus tres lustros en el poder, Chávez se convirtió en el centro último de todas las decisiones de su revolución. Él era su propio ministro de Economía, de Exteriores, de Petróleo y, por supuesto, de Comunicación. Era el nexo fundamental entre el clan civil y militar del chavismo -no por casualidad, su título favorito era “Comandante-Presidente”- y controlaba con mano firme el partido. Amado por las bases moderadas y aclamado por las minorías radicales, su voz de mando era unánimemente acatada, ya fuera sobre cuándo emitir un bono multimillonario o cómo pintar una escuela. Él dictaba la doctrina del socialismo en vivo y directo. No se podía ser más chavista que Chávez. Pero tampoco menos.

El remedio socialista fue fatal para la enfermedad. En los años que estuvieron proscritas las firmas bursátiles, el diferencial cambiario pasó de rondar el 100% a superar holgadamente el 1.000%, la inflación aumentó 40 puntos y el desabastecimiento de productos básicos subió al menos 30 Su muerte dejó a la revolución en manos de tres herederos, pero sin un norte ideológico definido. El mandatario eligó a Maduro como sucesor político por su potencial para mantener el estatus quo entre las distintas corrientes del movimiento, su afinidad con La Habana y su mejor perfil electoral. Al frente del partido dejó al capitán Diosdado Cabello, en el papel agitador político, hombre duro del oficialismo e imprescindible puente con el ala castrense del proceso. A Ramírez le encargó gerenciar la viabilidad economica del proyecto socialista venezolano.

El nuevo esquema podría aliviar las finanzas de PDVSA, cuyos planes de expansión en la recién bautizada Faja del Orinoco Hugo Chávez, la mayor reserva de crudo del planeta, están en jaque por sus acuciantes problemas de flujo de caja, las crecientes deudas con proveedores y la pesada losa de sostener todos los subsidios nacionales, incluyendo la gasolina más barata del mundo que la propia compañía paga por llevar a las gasolineras. Y aumentar la producción petrolera es la única forma que tiene el Gobierno de generar más dólares en el corto plazo y asegurar la supervivencia del chavismo.

Estos días de protestas a Rafael se le ve preocupado por los pasillos de PDVSA. El Gobierno no solo libra una batalla campal con los manifestantes, sino que también es testigo de enconadas luchas intestinas por el control de la revolución. Las corrientes en el chavismo son múltiples y diversas, pero a la hora del té la dicotomía es civiles o uniformados. Ramírez es ahora la pieza clave en el rompecabezas del poder venezolano, donde la facción militar puja por ganar más espacios y apunta a la joya de la corona.

Si Ramírez ahora fracasa, los militares van a ir por PDVSA. Llevan años intentando poner alguien ahí”, dice una fuente conocedora de la industria petrolera venezolana. “Si esto sucede, ya sabemos quién ganó la batalla en el palacio de Miraflores”.

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