LA VIOLENCIA SE EXTIENDE CON OTRAS DOS MUERTES

Los siete pecados capitales de las sangrientas protestas en Venezuela

La violencia política se agrava en el país con dos muertes en las últimas horas. Las posibilidades de diálogo entre chavistas y oposición se cierran

En Venezuela, la protesta continúa; y con ella, el goteo de muertos. En menos de cuatro semanas, al menos 16 personas han fallecido, hay cientos de heridos y más de medio millar han pasado por la cárcel. Algunos denuncian torturas y vejaciones a manos de los cuerpos de seguridad. Otros entierran a sus muertos. Mientras, el presidente Nicolás Maduro baila en la televisión.

Las barricadas humeantes, la militarización de todo un Estado y los tristes sepelios son un contexto grotesco para los intentos del mandatario por mostrar normalidad en el país. Pero lo que Maduro quiere decir a ritmo de salsa es lo que la mayoría de los analistas saben: que por el momento las manifestaciones no son una amenaza para su permanencia en el poder. Incluso podrían llegar a darle réditos políticos a pesar del caótico manejo de la crisis y pese a que en este tipo de escenarios inestables se flirtea con el riesgo, siempre latente, de una fractura en las Fuerzas Armadas. Apuestas a lo grande, ganas -o pierdes- a lo grande.

Sin una hoja de ruta definida, la oposición se arriesga a que la movilización se consuma con muchas penas y poca gloria. Sin una reflexión clara de hacia dónde van las protestas, ni cuáles son los objetivos, pareciera que solo la represión los mantiene unidosAtrincherado en el “golpe de Estado continuado” como justificación permanente a todo tipo de desmanes contra “la derecha fascista”, Maduro quiere desgastar el fuelle de la indignación tentando a sus adversarios con el punto débil de todo venezolano: el Caribe. “El carnaval va con todo”, aseguró el fornido exsindicalista al decretar un mega-puente que desde el jueves empalmará el carnaval con los festejos por el aniversario de la muerte del “Comandante Supremo” el próximo 5 de marzo. ¿Playa o piedra?, es la dicotomía del opositor para esta semana festiva.

Sin una hoja de ruta definida, la oposición se arriesga a que la movilización se consuma con muchas penas y poca gloria. Sin una reflexión clara de hacia dónde van las protestas, ni cuáles son los objetivos, pareciera que sólo la represión los mantiene unidos. A continuación, siete errores clave de las protestas en Venezuela:

1) Sin una meta clara, ni rumbo definido: ¿Maduro vete ya?

Lo que comenzó como una protesta estudiantil a principios de febrero en los estados andinos exigiendo más seguridad tras la violación de una estudiante en un campus, se transmutó vertiginosamente en una confusa amalgama de intereses, peticiones y aspiraciones sin una meta unificada en el mundo opositor.

Estudiantes, políticos, opositores de a pie y radicales envalentonados difieren no sólo en las prioridades y las exigencias, sino en las vías para lograrlas. A los reclamos por la escasez, la inflación, el crimen o la corrupción, se van sumado cada vez más condiciones: libertad para los estudiantes detenidos en las protestas y para el dirigente opositor Leopoldo López -acusado de instigar la violencia en las marchas-, el desarme de los grupos de choque del chavismo que amedrentan a la oposición, la investigación de militares y policías. Y un largo etcétera.

Bajo este pliego formal de exigencias subyace sin conestar la pregunta existencial de la protesta: ¿debe irse Maduro para apaciguar a los manifestantes? Tanto la renuncia voluntaria del presidente venezolano, como la posibilidad de que se conquen elecciones anticipadas, es, en estas circunstancias, bastante remota. Y sin una unificación clara de los objetivos, la protesta difícilmente podrá obtener una victoria política de ningún tipo. Tan sólo quedarán culpas a repartir y cuentas pendientes por cobrar. Y muertos. Bastantes muertos.

2) Politización de la protesta: el “factor López”

Antes de que los universitarios salieran a las calles, el controvertido Leopoldo López ya había activado en enero su propia agenda de protestas para buscar un cambio de signo político en el país bajo el lema “La calle es la salida”, en la que convocaba a los ciudadanos a reunirse en público para mostrar su malestar por la crisis económica y política que vive el país petrolero. Sin la posibilidad constitucional de revocar el mandato de Maduro en las urnas hasta la mitad de su mandato (2016), el ala ultra del antichavismo buscaba alguna forma de forzar su renuncia.

El Gobierno acusó a López de orquestar la violencia que se generó cuando las movilizaciones llegaron a Caracas el 12 de febrero, cuando cayeron los tres primeros muertos. Una semana después, el joven opositor protagonizaba una teatral entrega a las autoridades con la que se robó los focos de la protesta y catapultó su mensaje a la cima de la agenda política:  salir del Gobierno de Maduro manteniendo la protesta en las calles a toda costa. La estrategia moderada del excandidato presidencial Henrique Capriles, quien buscaba captar poco a poco a los indecisos y chavistas light rumbo a las legislativas de 2015, quedó sepultada.

López no es cualquier opositor. En el chavismo se le acusa de ser uno de los conspiradores en el golpe de Estado del 12 de abril de 2002 y de promover las violentas protestas callejeras que sacudieron al país entre 2002 y 2004. Además, el joven egresado de Harvard también tiene su club de detractores en las filas opositoras, donde muchos critican su impulsividad, su ambición y su individualismo, que lo llevó a peregrinar por varios partidos hasta que fundó el suyo propio. Pese a que el movimiento estudiantil ha tratado de mantener su independencia de los intereses políticos, el “factor Leopoldo” ha acabado por enturbiar la ensencia última de la protesta.

3) Radicalización en las calles: la guarimba sin fin

La represión policial, militar y paramilitar en las calles, así como la decisión de seguirle la causa a López sin libertad condicional, espolearon las protestas y dieron alas a los elementos más combativos del antichavismo, que ahora llevan la batuta -y las piedras- en las calles. Las llamadas a la paz de los líderes opositores estudiantiles y el clamor general de la ciudadanía no han impedido que grupúsculos de radicales cierren sus calles con barricadas improvisadas en las llamadas “guarimbas” o que grupos de encapuchados hayan aprovechado las marchas para ensañarse con el moviliario urbano, edificios oficiales, patrullas de policía y comercios.

La interpretación de las protestas como un ultimátum para la salida de Maduro ha servido para aglutinar a las bases del chavismo, contrarrestando el creciente descontento por la situación económica y las dudas sobre el liderazgo del delfín de ChávezPor extraño que parezca, los defensores de la “guarimba” -un modismo que significa refugio- creen que obstaculizando el tránsito en sus barrios de clase media lograrán contagiar el malestar al resto del país hasta lograr un alzamiento general de la población o una insurrección militar. Sobre el terreno, el resultado de la estrategema son fuertes divisiones entre los propios opositores, el recelo de los independientes y la reafirmación de los chavistas.

Esta apuesta ya fracasó hace una década, cuando la oposición apostó por la insurgencia en la calle tras el frustrado golpe de Estado de 2002. Finalmente fueron las urnas las que devolvieron el agua a su cauce en el referendo de 2004, en el que los venezolanos confirmaron el mandato de Chávez.

Nada mejor para ilustrar el debate interno que vive la oposición sobre la guarimba que la inaudita imagen del general retirado Ángel Vivas, atrincherado en el tejado de su casa fusil en ristre tras enterarse de que Maduro había ordenado su arresto por “alentar la violencia”. Su llamado convocó a decenas de vecinos que aislaron la zona y protegieron la residencia del militar. ¿Ejemplo heroico de resistencia o “milico” loconbsp;Para los que necesitan ir al trabajo para subsistir en una economía cada vez más complicada, los que necesitan rebuscar por toda la ciudad medicinas para sus hijos o los que sufren alguna emergencia en el hogar, está muy claro.

4) Cortocircuito en los sectores populares: ¿por qué los pobres no protestan?

El principal problema de las manifestaciones opositoras es que parten de la tesis –errónea- de que tras la muerte del “caudillo Chávez” ya son mayoría en Venezuela. Las dos elecciones post-Chávez mostraron a un país casi milimétricamente dividido en las urnas. La victoria de Maduro en las presidenciales -por un 1,5% de los votos- fue considerada un fraude por sus adversarios, pero en las municipales de diciembre el chavismo volvió a ser la opción mayoritaria.

Por eso, la interpretación de las protestas como un ultimátum para la salida de Maduro ha servido para aglutinar a las bases del chavismo, contrarrestando el creciente descontento por la situación económica y las dudas sobre el liderazgo del “hijo de Chávez”. Aunque hace tiempo que la ecuación “ser pobre y chavista” quedó desfasada y que en estas jornadas se han visto protestas en algunos sectores populares, otrora bastiones de la revolución, lo cierto es que la movilización es mayormente de la clase media.

Un viejo patrón se repite: cuando parece que una demanda opositora comienza a conectar con el sentir de las masas populares -como los reclamos por la inseguridad, el alto costo de la vida o el pésimo estado de la infraestructura- llega un momento en que el propósito de la propuesta comienza a mutar hacia esos valores intangibles en los que no existe ningún consenso, como democracia, libertad de expresión o separación de poderes.

Sin un mensaje claro, politizadas por la detención de López y radicalizadas en las calles, las movilizaciones están generando un cortocircuito en la empatía que puedan sentir los descontentos, indecisos e indiferentes. En este escenario, pareciera que la única forma de sumar voluntades será que arrecie la represión y se sigan contando muertos. Sin duda, la vía más cruel para ablandar corazones.

5) La falta de movilización general opositora: sin masa crítica

Pero las protestas no sólo han fracasado en atraer a aquellos que pueden hacer mayoría a la oposición, sino que tampoco han logrado concienciar a su público natural. Aunque estas semanas ha habido algunas movilizaciones multitudinarias, la convocatoria palidece con las masivas marchas que se dieron entre 2001 y 2003, pese a que la oposición es ahora más fuerte electoralmente.

Tampoco han llegado al grado de unificación de 2007, cuando en uno de los momentos más poderosos del chavismo, los estudiantes no solo lograron aglomerar a las desmotivadas fuerzas opositoras para oponerse a la reforma constitucional, sino que fueron clave para agrietar la confianza del chavismo en su “Comandante”, que sufrió su primera derrota electoral ante la abstención masiva de sus correligionarios.

Ahora, la masa opositora apoya el reclamo, pero no toma las calles. Algunos por miedo ante la escalada de víctimas, otros por hastío o desengaño. Los más moderados comparten los motivos de politización, mensaje difuso y radicalización que esgrimen sus similares al otro lado del espectro político. Quieren una salida, pero que sea democrática.

6) Manipulación de información y los rumores: la foto siria

Ante el apagón informativo en las televisiones privadas y el flagrante partidismo de los canales públicos, el venezolano se ha encomendado a la red para oscultar el pulso del país. Lo que ha descubierto es una orgía de propaganda y contrapropaganda en la que es difícil hacer balance.

Han sido días de rumores intensos, noticias falsas y mucha agresividad de parte y parte. El antichavismo ha puesto a circular en las hiperactivas redes sociales venezolanas decenas de fotos violentas de otros países en conflicto, desde Siria a Ucrania, para espolear a los descreídos y agitar los ánimos. Esto ha dado armas al chavismo para poner en tela de jucio la información que llega a raudales desde las calles de Venezuela, donde, pese a todo, un ejército de periodistas ciudadanos está dejado en mantillas la cobertura de cualquier medio tradicional.

7) El pecado original: sin unidad en la Unidad

Durante años, el mejor escudo para la popularidad de Chávez fue la persistente ausencia de un líder o partido que capitalizara sus errores, que no fueron pocos. Las luchas intestinas por el poder en la oposición -que enfrentaron a la vieja guardia con las nuevas generaciones, y a los liderazgos emergentes entre sí- eran el gran obstáculo para construir una alternativa de país.

Esos tiempos de luchas a cuchillo y desorientación permanente tras cada fracaso electoral parecían haber quedado en el pasado tras las inéditas primarias de 2012, en las que Capriles se consolidó como líder estable de la oposición. Pero eso no sucedió. Si bien la campaña de 2012 soterró las tensiones internas, los tiernos mimbres de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), coalición bajo la que se agruparon la mayoría de los partidos que adversan “el proceso”, se comenzaron a resquebrajar por las diferentes visiones de cómo enfrentar el “fraude” de las presidenciales de 2013. Muchos criticaron que Capriles no mandara tomar las calles para protestar contra el “ilegítimo” y el decepcionante resultado en las municipales de diciembre dieron la puntilla al consenso.

“El camino será largo”, advertía el ex candidato presidencial para apaciguar de sus partidarios que veían cómo la causa judicial e internacional para impugnar los comicios estaban condenadas al fracaso. “El tiempo de Dios es perfecto”, recitaba una y otra vez ante la creciente frustración de sus bases. Pero los halcones de la oposición no quieren esperar más, están hartos de “un camino” que ya se prolonga por 15 años y aseguran que es hora de “la salida”, aunque nadie tenga muy claro hacia dónde lleva esa puerta.

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