El pintor de las almas tristes de las prostitutas en el barrio rojo de Lahore
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UN ARTISTA FRENTE AL INTEGRISMO RELIGIOSO

El pintor de las almas tristes de las prostitutas en el barrio rojo de Lahore

Provocador, brillante y comprometido con su arte, el pintor paquistaní  Iqbal Utzman lleva un cuarto de siglo retratando el alma desnuda de las prostitutas del barrio

Foto: Iqbal Utzman en su taller de pintura posando junto a un cuadro de prostitutas (Fotos. Ethel Bonet)
Iqbal Utzman en su taller de pintura posando junto a un cuadro de prostitutas (Fotos. Ethel Bonet)

Provocador, brillante y comprometido con su arte, el pintor pakistaní Iqbal Utzman lleva un cuarto de siglo retratando el alma desnuda de las prostitutas del barrio rojo de Lahore, porque, según él, detrás de la mirada de cada una de estas profesionales del amor se esconde el corazón “más grande, más puro y más humano”.

“Un trocito de mí está impreso en cada uno de los cuadros que pinto sobre la vida de las mujeres de Heera Mandi (el Mercado del Diamante)”, explica el pintor, mientras levanta la vista hacia un gran lienzo colocado sobre el dintel de la robusta puerta de madera de su estudio. La luz entra atenuada por las ventanas con celosías que dan a la calle.

El barrio rojo está ubicado en el epicentro de lo que en su día fue el esplendor del imperio Mogol, entre el fuerte de Shahi Qilla, la monumental puerta de Roshnai y las impresionantes mezquitas de Badshahi y Hazuri Bagh. Este distrito centenario, construido en el siglo XVII, ha sido desde entonces el centro de la vida nocturna en Lahore. Durante siglos, las tawaif (bailarinas y cortesanas) y las hijra (transexuales) han entretenido a la nobleza musulmana. Pero la tradición ha cambiado mucho y las ilustradas y refinadas cortesanas son ahora prostitutas comunes que bailan en locales populares frecuentados por drogadictos en vez de aristócratas.

Cuadros sobre una prostituta ejecutada por estudiantes de la Mezquita RojaUtzman está orgulloso de pertenecer a una de esas familias que se dedica desde hace generaciones al ‘oficio más viejo del mundo’. Su anciana madre, de 92 años de edad, fue prostituta y “una gran cantante”, recuerda con nostalgia el pintor, mientras nos explica que ella emigró desde la India y se instaló en Heera Mandi en el año 1947. Al principio trabajaba como cantante en un café nocturno, pero cuando se quedó embarazada de su primera hija sin estar casada, empezó a recibir clientes para poder comprar una casa para su pequeña. Después tuvo otra hija con otro hombre y, por último, nació Utzman, hijo de padre desconocido. Las dos hermanas del artista se dedicaron también a la prostitución. “Mis hermanas me costearon los estudios con el dinero que pagaban sus clientes”. Y así, en 1977 consiguió la plaza de profesor en la Escuela Superior de Bellas Artes de Lahore, donde estuvo trabajando hasta 1996.

Ahora, a sus 60 años de edad, Utzman se dedica de lleno al restaurante familiar que ha montado en la azotea del edificio que le vio nacer. Aunque no por ello ha abandonado su pasión por el arte. Este artista, considerado ‘maldito’ por la conservadora sociedad pakistaní, nos confiesa que tuvo que invertir en este negocio para poder sacar adelante a su familia, porque sus hermanas son ya mayores para continuar en el oficio y su sueldo de 6.000 rupias al mes como profesor no alcanzaba para cubrir la mitad de los gastos. “Al igual que ellas se sacrificaron para darme una educación, mi obligación, ahora, es darles una vida digna en la vejez”, nos dice lacónico en la entrada principal del edificio, convertida en estudio y galería de sus obras de arte.

Utzman nunca ha conseguido exponer sus cuadros en público. Recuerda que en 1997 una sala de arte de Lahore decidió hacer una exposición con algunos de sus lienzos y “nada más inaugurarla llegó la Policía para cerrar la galería, porque mis pinturas eran indecentes al mostrar cuerpos femeninos semidesnudos”, dice enojado, mientras señala un cuadro donde tres mujeres se exhiben con transparencias. Pero aquel atrevimiento no quedó impune: “Una semana después, vinieron a mi casa cuatro islamistas exaltados y me amenazaron con quemar mis obras si las exponía en público”.

placeholder Minaretes de la Mezquita de Badshahi

El artista asegura que la ciudad ha cambiado mucho desde hace diez años. “Antes venían muchos paquistaníes y turistas a Heera Mandi; esta es la zona más bonita de toda la ciudad, con el fuerte mogol y las mezquitas. El barrio tenía mucha vida: cafés nocturnos con música, bailarinas y cantantes que permanecían abiertos hasta que el último cliente abandonaba el local“, explica Uztman, al tiempo que critica que “los islamistas lo han convertido en un lugar muerto”. Las luces del Mercado del Diamante son lúgubres y las noches mudas.

“Los mulanas (clérigos musulmanes) impusieron el islamismo radical, obligaron a cerrar los locales nocturnos y amenazaron a las chicas de muerte si seguían ejerciendo la prostitución”, recuerda con horror. Al artista le impactó tanto la ejecución de una prostituta por tres estudiantes de la Mezquita Roja (Lal al-Masjid) de Islamabad que pintó una serie de cuadros sobre su muerte. La mujer se llamaba Shamia y tenía 22 años. En mayo de 2007, estudiantes islámicas, vestidas de negro riguroso y bastón en mano, llevaron a cabo una ola de persecuciones y castigos contra lugares “inmorales”, y sembraron el terror. El oscuro episodio del levantamiento de la Mezquita Roja fue sofocado por la artillería del Ejército pakistaní en julio de 2007 y dejó más de medio millar de muertos.

“Ahora la gente no quiere venir por miedo a las represalias. Las prostitutas –que ganan entre cinco y doce euros, según la edad– ya no saben qué hacer, casi no tienen clientes”, continúa.

“Me he convertido en la única esperanza de estas mujeres”, asiente, mientras nos mira con esa mezcla de orgullo y compasión con la que una madre observa a su hijo.

placeholder Iqbal Utzman en su taller de pintura

El pintor nos aclara que él no rechaza el islam, sino que es una persona religiosa que rechaza el extremismo. “Yo amo todas las religiones, porque la religión es la dimensión más humana del hombre: la espiritualidad”.

Fiel a sus principios y de apasionada personalidad, Utzman decidió decorar la terraza del restaurante con la estatua de una virgen, la campana de una iglesia y una lápida de mármol sobre la que descansa una cruz. Su atrevimiento le ha costado caro: “Un grupo de musulmanes radicales vino una noche con bidones de gasolina para incendiar el edificio. Pero, gracias a Dios, pude pararlos a tiempo porque una vecina dio la alarma”. “Con mi oratoria –se ríe– los convencí de que se trataba de un museo y por eso no podían quemar las reliquias”.

Utzman sueña con el día en que podrá exhibir su obra en una auténtica galería de arte, pero mientras tanto se conforma con exponer los cuadros en el sótano de casa para los turistas curiosos y algún que otro pakistaní atrevido que lo visita.

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