EL MERCADO FILIPINO DE LAS FALSIFICACIONES

Así conseguí mi MBA de la Universidad de Harvard, en dos horas y pagando sólo 10 €

En el centro de Manila está uno de los focos más importantes de la falsificación internacional. Títulos médicos, identidades... por un puñado de dólares

Foto: Guy entrega el falso diploma de la Universidad de Harvard (Rebeca Calabria).
Guy entrega el falso diploma de la Universidad de Harvard (Rebeca Calabria).

Nunca un Máster en Business Administration por la Universidad de Harvard fue tan barato; ni tan fácil de aprobar. Sin estudiar ni pedir un crédito. Sólo con diez euros y menos de dos horas. Documentos falsos, públicos y privados, en venta a plena luz del día. En el centro de Manila, en la confluencia de las avenidas Recto y Rizal, hay más de 40 establecimientos callejeros. Sus vendedores se apelotonan intentando atraer la atención de cualquier cliente potencial. “¿Qué quieres? ¿Qué necesitas? Tenemos de todo”.

No mienten. Todos ofrecen prácticamente lo mismo: cartillas de la Seguridad Social, títulos universitarios, certificados de antecedentes penales, de matrimonio, de nulidad o carnets de conducir internacionales. Analiza G., la primera vendedora que me para, comienza con la retahíla. “Tengo también productos Premium como la Green Card, el pasaporte norteamericano o licencias de piloto”, anuncia.

Todos ofrecen prácticamente lo mismo: cartillas de la Seguridad Social, títulos universitarios, carnets de conducir internacionales… Tengo también productos Premium como la Green Card, el pasaporte norteamericano o licencias de piloto, anuncia una vendedoraLa diferencia está en si la documentación que se solicita es nacional o internacional. Y el precio también. “Si es filipino es un trámite rápido y sencillo. Nuestro best-seller es el certificado de antecedentes penales. Lo hacemos todos los días y casi no hay que esperar”, asegura otro vendedor de no más de 30 años.

Más de diez millones de filipinos trabajan en el extranjero y dicho certificado es imprescindible entre la documentación que tienen que entregar a las agencias de colocación cuando pretenden emigrar. Lo expide la Oficina Nacional de Investigación y debe estar autentificado por el Departamento de Asuntos Exteriores. En Recto cuesta ocho euros y 30 minutos.

Las falsificaciones de pasaportes extranjeros o de licenciaturas en Medicina no se exhiben tan impunemente como las anteriores, pero me aseguran que las tienen y que los 150 euros que valen es un precio fijo. “Es que éstas son aún más ilegales que las otras. Entonces sólo trabajamos bajo petición. Solamente necesitamos un pasaporte verdadero como muestra y una foto de 2x2. Para un título de piloto, lo mismo. Foto real y muestra”, me explica mientras me da una tarjeta, en la que leo “Joselito. Guía y conductor”.

Diversos puestos de falsificaciones en el centro de Manila (R. Calabria).
Diversos puestos de falsificaciones en el centro de Manila (R. Calabria).

“Haces demasiadas preguntas, ¿eres policía?”

Paseo de un puesto a otro y me paro en casi todos. Entre los vendedores, se van diciendo qué es lo que estoy buscando y que hago demasiadas preguntas. Uno me reconoce, entre risas, que sospechan que pueda ser policía.

Me acerco a otro improvisado expositor. Me atienden madre e hijo. Stella y Guy llevan diez años en el negocio. Señalan orgullosos la calidad de un DNI pegado en una esquina. “Resistente a la lluvia”, grita la madre a los que pasan. Les pregunto si tienen títulos en Medicina y asienten. No hacen preguntas. No les importa.

Finalmente, les pido un MBA por la Universidad de Harvard. Sólo me exigen que espere y escriba en un bloc mi nombre y apellidos, la fecha en la que haya aprobado el máster y el nombre de la Universidad. En medio de las conversaciones cruzadas, me preguntan si Harvard es mi apellidoFinalmente, les pido un MBA por la Universidad de Harvard. Sólo me exigen que espere, que me siente en una silla de plástico en la calle y escriba en un bloc mi nombre y apellidos, la fecha en la que haya aprobado el master y el nombre de la Universidad. Contesto y relleno lo que me solicitan. En medio de las conversaciones cruzadas y malentendidos me preguntan si Harvard es mi apellido.

Durante el regateo aparece otro cliente. Necesita un certificado médico con el que justificará que no fue el día anterior a trabajar. Le cuesta cinco euros. Es un trámite muy rápido y lo hacen casi sin mirarse. El cliente reconoce que no es la primera vez que utiliza los servicios de Stella y Guy. “Hasta ahora no me han pillado en el trabajo”.

Stella tiene una media de cinco clientes diarios. Extranjeros y filipinos. No lo quiere reconocer pero cuando le digo que creo que gana al día 30 euros, asiente. Le pregunto si por ser extranjera me está cobrando como mínimo un 20% más. Lo niega rotundamente. Tampoco nunca le han pedido cuentas porque una falsificación fuese descubierta: “Nunca ha tenido ningún cliente insatisfecho”.

El lugar de donde salen los originales

Stella se queda en el puesto y es Guy el que irá a “hacer el encargo”. Insisto en que quiero ir con él al lugar donde buscan el original, lo plagian y lo imprimen para entregárselo a cualquier cliente. Mirando el barrio de Quiapo y las calles en las que me encuentro puedo hacerme una idea de cómo será el habitáculo en uno de los edificios colindantes donde van a hacer la falsificación.

Guy muestra el diploma en una barbería (R.C.)
Guy muestra el diploma en una barbería (R.C.)
Me imagino el ordenador y la impresora llenas de suciedad y polvo. Ni Guy ni ningún otro quiere llevarme. “Es un secreto y me pones en peligro”. Cuando les pregunto si todos los vendedores de la calle comparten ordenador e impresora e incluso si tienen el mismo jefe, todos se ríen y miran para otro lado. No quieren contestar.

Después de una hora y media, Guy no aparece. Me hace esperar. Su puesto se encuentra en la puerta de una barbería. Veinte minutos más tarde por fin veo a mi contacto con algo dentro de la camiseta. Lo protege porque está lloviendo. Me pide que pasemos a la barbería para entregármelo y pagarle el resto del trabajo. “Aquí no nos ve casi nadie”. Los barberos rodean el diploma y comentan. “Deberías haber puesto una fecha de hace varios años para que cuando vaya a un trabajo parezca más real”, comentan. Insisto en que está bien porque la fecha que necesito es la de hoy: 26 de noviembre.

Joselito, el guía y conductor,  no es el único que se cuida de las visitas de la policía. En el puesto de Stella, también la conocen bien. Explica que los agentes pasan por esta calle todas las semanas, incluso hay épocas que lo hacen una vez al día. Suelen esconderse o correr con el negocio a cuestas.

Si les cogen, ella sabe qué debe hacer. “Les pago ocho euros. Lo hacemos todos. Puedes preguntar a quién quieras”. Si no lo hace, pasará la noche en la comisaria. Es algo que parece establecido y no lo dice indignada. “La Policía hace algo ilegal conmigo. Yo también”.

Aunque no existen cifras oficiales sobre este mercado negro, la falsificación sí está penada hasta con cárcel de seis a doce años. En el año 2006 se desarticuló una organización que falsificaba documentación pública. Dos años después, en otra redada cayó otro clan que se dedicaba al mismo negocio. Hoy, en 2013, siguen operando. 

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