LOS SOCIALISTAS, CONTRA SU MINISTRO

La polémica de los gitanos desgarra al Gobierno galo y señala al 'español' Valls

Las críticas a la última actuación del Gobierno francés respecto a las expulsiones de gitanos no salen de las filas de la oposición, sino de miembros del propio PS

Foto: Decenas de estudiantes franceses protestan por la reciente decisión gubernamental de deportar a una niña kosovar de etnia gitana. (EFE)
Decenas de estudiantes franceses protestan por la reciente decisión gubernamental de deportar a una niña kosovar de etnia gitana. (EFE)

Se han rebasado los límites de lo aceptable”. “Que las fuerzas del orden hagan bajar del autocar a una alumna ante sus compañeros es intolerable e inaceptable”. “No hacía falta ir a buscar a los niños al colegio”. “Por un lado está la ley. Pero también hay valores en los que la izquierda no debería ceder, a riesgo de perder su alma”.

Esta serie de duras críticas a la última actuación del Gobierno francés respecto a las expulsiones de gitanos no salen, como podría pensarse, de las filas de la oposición, sino de miembros del propio Partido Socialista (PS), algunos de ellos tan relevantes como el presidente de la Asamblea Nacional o el portavoz de la formación.

Y es que la detención y expulsión de Francia a Kosovo de una niña gitana de 15 años durante una excursión escolar ha convulsionado el país, agitado las calles y el debate político y colocado en el ojo del huracán al ministro del Interior, Manuel Valls.

Nacido en Barcelona de padre español y madre suiza, Valls ha sido blanco de duras críticas desde que asumió el cargo por las expulsiones de gitanos del este de Europa que viven en Francia. Cerca de 20.000 personas han sido deportadas en los primeros ocho meses de este año, una política que ha provocado incluso las advertencias de Bruselas, que ha llegado a amenazar con tomar medidas contra el país si no respeta los derechos de libre circulación y de residencia dentro de la Unión Europa de los ciudadanos rumanos y búlgaros de etnia gitana.

Valls despertó un acalorado debate en el país, y posteriormente en el propio seno del Gobierno y del Partido Socialista que lo sustenta, tras asegurar hace semanas que “el papel de Francia no es acoger a estas poblaciones” y que "los gitanos deben regresar a Rumanía y a Bulgaria", donde tienen que hacer "esfuerzos para su integración". En varias ocasiones, el titular de Interior ha defendido que los campamentos de gitanos búlgaros y rumanos (se calcula que en Francia residen entre 15.000 y 20.000 romaníes europeos) deben ser desmantelados y asoció a esta minoría con la delincuencia y la mendicidad.

El ministro mejor valorado

Las críticas recibidas en las últimas semanas desde dentro del Ejecutivo, como las de la ministra de Vivienda, Cécile Duflot (“No podemos decir que hay categorías de población cuyo origen justifica que no pueden integrarse y que su modo de vida molesta a los vecinos”), han cosechado una respuesta tranquila de Valls. “Mis manifestaciones sólo molestan a quienes no conocen bien el asunto”, replicó el ministro.

El ministro de Interior francés, Manuel Valls. (EFE)
El ministro de Interior francés, Manuel Valls. (EFE)
Su tranquilidad es comprensible: es el ministro mejor valorado por la opinión pública en Francia. “Que todo el mundo mantenga la sangre fría”, dijo ayer. Añadió que comprende "todas las emociones" e insistió en que "la reconducción a la frontera se desarrolló desde el respeto al derecho y a las personas".

Protestas estudiantiles

La sonada deportación la semana pasada de una niña kosovar de etnia gitana hizo salir ayer a las calles a miles de estudiantes en la capital gala, en una protesta que se prevé repetir este viernes con la participación también de profesores.

Los estudiantes bloquearon por la mañana en París y los alrededores el acceso a una veintena de institutos, sobre un total cercano al centenar, y posteriormente desfilaron por la capital con carteles como "Fuera Valls", en referencia al ministro.

La afirmación de Valls este miércoles de que esa "reconducción a la frontera tuvo lugar dentro del respeto del derecho y de las personas" no ha servido para acallar las críticas a su política de inmigración.

"Es inadmisible que en un Gobierno de izquierdas tengamos que enseñar los papeles para entrar en el instituto. Todo el mundo tiene derecho a la educación", afirmó ayer el portavoz del sindicato estudiantil FIDL, Steven Nassiri, en declaraciones recogidas por los medios locales.

Le Pen empuja hacia la radicalización del mensaje

No son pocos los analistas que enmarcan este giro hacia la radicalización del mensaje emprendido por Valls en el notable ascenso de la ultraderecha francesa. El Frente Nacional de Marine Le Pen ha salido de la marginalidad y se ha afianzado como alternativa a las dos formaciones que dominan el panorama político galo, la Unión por un Movimiento Popular (UMP) y el Partido Socialista (PS). La alarma saltó hace días cuando varias encuestas situaron a la formación de ultraderecha como líder en los sondeos para las elecciones europeas del próximo año, con un 24% de intención de voto. Este avance se interpretó como una severa advertencia tanto para el socialismo que ocupa el poder como para la oposición.

La encuesta salió a la luz  días después de la simbólica victoria de la ultraderecha en las elecciones parciales celebradas en el cantón de Brignoles (en el sureste del país), ante una incertidumbre creciente en los dos partidos mayoritarios y especialmente en la izquierda. El candidato del Frente Nacional, Laurent López, venció ampliamente a sus rivales, con el 40,4% de los votos. Las reacciones a dichos resultados mostraron hasta qué punto el avance de Le Pen preocupa a los partidos mayoritarios. “Tortazo”, “consternación” o “advertencia” fueron los calificativos más empleados.

Pero hay más. Le Pen es para uno de cada dos franceses quien mejor encarna a la oposición, según un sondeo del instituto demoscópico CSA difundido este miércoles. La encuesta precisó que el 46% de los participantes ve en la líder del Frente Nacional la mejor opositora al presidente Hollande y al primer ministro, Jean-Marc Ayrault. Otro sondeo publicado hace semanas la situaba como el tercer político más popular de Francia, sólo superada por el ministro Valls y el expresidente Nicolás Sarkozy.

La deportación de Leonarda

El pasado día 9, la niña kosovar de etnia gitana Leonarda Dibrani, que cursaba tercero en el colegio André Malraux de Pontarlier, realizaba una excursión con sus compañeros de clase y sus profesores a la fábrica de Peugeot en la ciudad de Sochaux, cerca de la frontera suiza, cuando fue detenida para, posteriormente, ser deportada. En su expulsión, la acompañaron su madre y sus cinco hermanos.

Desde Kosovo, la joven indicó este miércoles a la emisora francesa France Inter que no tiene “derecho a ir al colegio” porque es romaní. Añadió que su familia está “durmiendo en bancos en la calle” y que “todo lo que quiero es volver a Francia con mi familia. Para retomar las clases, para tener un futuro. La cosa más importante es el colegio”.

Leonarda Dibrani. (Reuters)
Leonarda Dibrani. (Reuters)
A raíz de este caso, muy mediatizado, se ha conocido la expulsión, esta vez el fin de semana pasado, de un armenio de 19 años, Khatchik Khachatryan. La legislación francesa, según se recordó ayer en la amplia cobertura dada a este escándalo, sólo permite la expulsión de un alumno en situación irregular en el país cuando este alcanza la mayoría de edad, como en el caso de Khachatryan, o cuando sus padres son expulsados, como en el de Dibrani.

El padre de la niña, de 43 años, ha contribuido a la polémica al revelar desde Kosovo que su certificado de matrimonio es falso y que su familia en realidad nació en Italia, pero que mintieron sobre su procedencia para poder solicitar asilo en Francia.

Las críticas a su expulsión, más allá de estos detalles, no han cesado desde la semana pasada, procedentes en gran parte desde la mayoría gubernamental. En medio de esta polémica, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó ayer a Francia por el proyecto de desmantelamiento en 2004 de un campamento de gitanos en Herblay, al noroeste de París, que aunque no se llegó a ejecutar hizo que muchas de las familias que lo habitaban abandonaran el lugar.

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