PUESTOS A ENTRENAR POR LAS FAMILIAS

Los 'niños de la halterofilia' sueñan con salir de la pobreza en Tailandia

Los golpes secos del metal impactando contra el suelo dominan el ambiente de una de las salas del Centro Juvenil de Bangkok, uno de los centros deportivos más grandes de la capital tailandesa

Foto: Una joven tailandesa en un centro de entrenamiento (Biel Calderón)
Una joven tailandesa en un centro de entrenamiento (Biel Calderón)

Los golpes secos del metal impactando contra el suelo dominan el ambiente de una de las salas del Centro Juvenil de Bangkok, uno de los centros deportivos más grandes de la capital tailandesa. Los grandes y pesados círculos se elevan de forma repetitiva movidos por varios pares de robustas manos que parecen tener varias décadas a sus espaldas. Pero quienes levantan las pesas han cumplido en pocos casos la mayoría de edad y sus piernas y brazos curtidos contrastan con sus rostros aún aniñados. Son los atletas del equipo juvenil de halterofilia de Bangkok, un deporte que ha ganado adeptos en el país asiático después de que Tailandia se hiciera con varias medallas en las dos últimas convocatorias de los Juegos Olímpicos.

Sin embargo, para la mayoría de los menores que están en la sala, levantar pesas no es una pasión, sino una forma de ayudar a sus familias a aliviar su pobreza. Muchos proceden de provincias deprimidas del país y viajan hasta Bangkok, donde se les ofrece una beca y un pequeño salario mensual, además de alojamiento y comida. Siguen el mismo camino que varios miles de jóvenes tailandeses que cada año son enviados a duros centros de entrenamiento en todo el país para curtir las élites de los más variopintos equipos nacionales y regionales de competición.

Joven entrenando halterofilia  (Biel Calderón)
Joven entrenando halterofilia (Biel Calderón)
La mayoría de ellos se decantan por el muay thai, una lucha tradicional tailandesa muy popular en el país que da suculentos beneficios a aquellos que ganan los combates. En el mismo Centro Juvenil de Bangkok, cerca de las pesas, varios menores se pegan patadas subidos a un cuadrilátero, mientras que, a su alrededor, niños de hasta cuatro años de edad se entrenan varias horas al día dando golpes a sacos de arena o haciendo flexiones. Otros son, sin embargo, escogidos para equipos de bádminton, voleibol o natación.

No son sólo pesas, es la libertad

Mook es una de esas jóvenes a las que el deporte cambió la vida. Con tan sólo 9 años perdió a su madre y su padre apenas se ocupaba de ella. Sus tíos la acogieron, pero la obligaban a realizar las tareas más penosas de la granja en la que vivían. “Allí tenía que trabajar muy duro. Tenía que cultivar la tierra, hacer las tareas de casa y cuidar de mis primos”, explica a El Confidencial la joven, que aún guarda la tez morena por las horas bajo el sol.

En el mismo Centro Juvenil de Bangkok, cerca de las pesas, varios menores se pegan patadas subidos a un cuadrilátero, mientras que, a su alrededor, niños de hasta cuatro años de edad se entrenan varias horas al día dando golpes a sacos de arena o haciendo flexionesUn amigo de la familia vio su fortaleza y le habló del programa de entrenamiento en Bangkok. “Me dijo que podría seguir estudiando y tener una buena vida”, dice con una sonrisa. Con tan sólo 12 años de edad, dejó la granja de sus tíos y cambió los aperos de labranza por unas pesas que le han dado una libertad que jamás había imaginado. Ahora, con 17, ha logrado cierta estabilidad e independencia económica gracias a las competiciones. “Veo este deporte como mi profesión. Me gusta porque puedo ganar dinero por mí misma”, afirma la atleta.

Desde hace cinco años, la rutina es dura. Ahora, puede levantar fácilmente hasta 85 kilos de peso, uno de los mejores registros para una joven de su edad, gracias a un entrenamiento constante y estricto que tiene que compaginar con sus estudios. Cada día se levanta a las seis de la mañana para ir al colegio. Tras casi nueve horas de clases, el entrenamiento comienza a las cinco de la tarde, hora que para la mayoría de tailandeses significa el fin de su jornada. Mook aún tendrá varias horas por delante ejercitando sus brazos y sus piernas para conseguir levantar y sostener en el aire durante varios segundos las pesadas mancuernas. Sólo descansa los domingos, que suele pasar en la pequeña casa en el centro de Bangkok en la que vive junto a su entrenador y otros ocho jóvenes.

Joy es la más joven del equipo. Es robusta, pero habla con timidez e inseguridad. Como los demás, llegó a la casa-escuela con 12 años y estuvo 24 meses entrenando antes de empezar a competir hace poco. “Uno de los empleados de mi padre nos habló de este sitio, porque yo quería seguir estudiando pero mi familia no tenía dinero”, explica la joven con su rostro picoteado por el acné.

Joy nunca se había interesado demasiado por la halterofilia y tampoco ahora se lo plantea como su futuro “Me gustaría aprender idiomas y ser guía turístico”, asegura. Para Mook el sentimiento es similar. “Yo no me convertí en una levantadora de pesas porque me gustara este deporte, sino porque mis padres murieron. Tengo que cuidar de mí misma y luchar por mí”, responde.

Su entrenador: “Esto no es una salida laboral”

Yo no me convertí en una levantadora de pesas porque me gustara este deporte, sino porque mis padres murieron. Tengo que cuidar de mí misma y luchar por mí”, responde MookSu entrenador, Siptiporn Minchaleung, confirma que el deporte puede ayudar a los niños de familias pobres, pero que en sí mismo no es una salida laboral. “En la universidad, algunos deportistas pueden tener apoyo y estudiar. Pero a veces, formar parte del equipo nacional y continuar una carrera (deportiva) profesional hasta los 30 puede significar que luego no encontrarán trabajo. Ser profesional no garantiza nada”, asegura. Él mismo, tras varias décadas dedicadas a la halterofilia, apenas consigue ahora un subsidio del Gobierno como entrenador y tiene que alquilar parte de la casa donde viven los atletas para poder costear sus gastos.

A Mook aún le quedan varios años de levantar pesas para poder alcanzar su sueño y graduarse en la universidad como profesora. Después de ella, probablemente miles de niños seguirán nutriendo durante lustros las salas de entrenamiento de un país en el que, a pesar del gran avance económico de las últimas décadas, muchas familias aún confían en el talento de sus pequeños para dar un alivio a sus vidas. 

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