SU MARCHA DEJARÁ UN GRAN VACÍO DE PODER

Cómo desenganchar a la sociedad italiana de una droga llamada Berlusconi

Italia está desintoxicándose. Durante veinte años ha consumido diariamente la misma droga en diversos campos: la política, la comunicación y el entretenimiento, los negocios... Hasta en

Italia está desintoxicándose. Durante 20 años ha consumido diariamente la misma droga en diversos campos: la política, la comunicación y el entretenimiento, los negocios... Hasta en el fútbol el país se inyectaba cada domingo esa sustancia psicotrópica, en la variante rojinegra del AC Milan. Las sacudidas que hemos vivido esta semana con la moción de censura superada por el Gobierno de coalición liderado por Enrico Letta, o las que vendrán en los próximos días motivadas por las consecuencias institucionales del 'caso Mediaset', no son más que las manifestaciones del síndrome de abstinencia por el que tiene que pasar el país para completar su curación. Antes o después lo logrará, pero cabe preguntarse cómo le va a quedar el cuerpo y la mente después de tanto tiempo pinchándose la vena.

La sustancia que ha hecho que una nación con unas capacidades excepcionales para desarrollarse haya crecido mucho menos que sus socios europeos en los últimos tiempos tiene nombre y apellidos. Ustedes los conocen bien, no hace falta repetirlos. A muchos de sus compatriotas, cuando los escuchan, se les ponen los pelos de punta, especialmente cuando están en el extranjero. Fuera de Italia, nuestro protagonista ha dejado la imagen del país por los suelos cada vez que ha gobernado. No se trata de poco tiempo: desde que entró en política hace ya dos décadas, ha sido primer ministro durante nueve años. De hecho, dos de los Ejecutivos que ha comandado tienen el récord de permanencia en el poder.

El primer ministro italiano, Enrico Letta (EFE)
El primer ministro italiano, Enrico Letta (EFE)
Su trabajo, en todo este tiempo, no puede medirse con la vara habitual de evaluar a los mandatarios, en la que cuentan los proyectos realizados, las cifras macroeconómicas logradas o las promesas electorales cumplidas, entre otras cosas. Bajo esos criterios, sale muy mal parado. Su mayor logro es otro: ha conseguido cambiar por completo la política de su país, protagonizándola en todos sus niveles y fracturando a sus actores en dos bandos. A un lado se colocaban los que estaban a favor de él y obedecían sus órdenes sin rechistar, como ocurre con sus “colaboradores” (él jamás habla de empleados) en su multimillonario imperio mediático. Al otro lado estaban sus detractores, tan fascinados por el personaje que eran incapaces de llevar a cabo una política que fuera más allá del odio visceral en su contra.

Esta semana, con la votación de confianza en el Senado, la línea de separación ha empezado a difuminarse. Los suyos ya no lo son tanto. Se han atrevido a hacerle frente y a aspirar a formar una derecha normal, moderna e incluso “europea”, según comentaban algunos. Capaz, en cualquier caso, de que una buena parte de sus compatriotas no se avergüence de ella. Era una señal clara de que el país comienza a aguantar bien el mono. Él, por supuesto, no está dispuesto a ello.

El ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (EFE)
El ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (EFE)
Con sus 77 años recién cumplidos, quiere seguir siendo el punto alrededor del cual orbita Italia. Los problemas, sin embargo, se le acumulan: la rebelión interna en su partido; la inhabilitación para ejercer cargos públicos, que se hará efectiva antes de que termine el mes; la imposibilidad de zafarse de las condenas que mermarán sus libertades individuales; la imparable degradación de su imagen pública por sus escándalos sexuales... La concatenación de acontecimientos invita a pensar que está más cerca que nunca de formar parte del pasado.

Como le ocurre a los toxicómanos que por fin consiguen superar su adicción, tampoco le resultará fácil a Italia aprender a vivir cuando nuestro Cavaliere haya por fin descabalgado. Su marcha dejará un vacío de poder enorme, que se llevará por delante a la derecha, tal y como la conocemos ahora. Será un impacto para el país tan grande como el que supuso el escándalo de corrupción de Tangentopoli, que en los años 90 del siglo pasado fulminó a las grandes formaciones de entonces, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, redefiniendo por completo el mapa político. Curiosamente, nuestro protagonista aprovechó aquel vacío de poder para presentarse como alternativa. ¿Será alguien capaz de ocupar el hueco que él deje ahora?

La modelo marroquí Imane Fadil (izda), una de las participantes en las fiestas de Silvio Berlusconi (EFE)
La modelo marroquí Imane Fadil (izda), una de las participantes en las fiestas de Silvio Berlusconi (EFE)
Los italianos, de todas las generaciones, también tendrán que aprender a abandonar los modelos de referencia que nuestro protagonista ofrece, multiplicados por su imperio audiovisual y que la Rai, la televisión pública, no ha sido capaz de esquinar y ha acabado incluso asumiendo en buena parte. Será una empresa ardua, pero honrosa, lograr que muchas jovencitas recuperen su dignidad y dejen de aspirar a salir medio desnudas en un plató de televisión como la forma más rápida para alcanzar la riqueza y la fama. O peor aún, que estén dispuestas a sacrificar sus cuerpos en el altar de la lujuria de cualquier poderoso. El inventor del “bunga bunga” ha sido el macho alfa a imitar para muchos italianos durante años: también querían engancharse a esta variante de su droga.

La desintoxicación tampoco será fácil en el mundo de los negocios, fascinado por un hombre que, según se vanagloriaba, se hizo “a sí mismo” hasta convertirse en uno de los grandes millonarios del país. En una muestra de su capacidad para conectar con sus compatriotas, él decía lo que casi todos pensaban pero muy pocos se atrevían a confesar en público: hay que intentar zafarse lo máximo posible de Hacienda. Predicó con el ejemplo, como prueba su condena por evasión fiscal en el “caso Mediaset”. También dio muestras de lo que hay que hacer cuando te peleas con otra empresa por una tercera: corromper al juez que debe dirimir quién se queda con ella. El “caso Mondadori”, por el que ha acabado pagando 494 millones de euros a su rival, es paradigmático en este sentido.  

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