¿Y qué si Al Asad usó armas químicas?
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ONU: LOS rebeldes COMETEN CRÍMENES DE GUERRA

¿Y qué si Al Asad usó armas químicas?

Si ya han muerto más de 100.000 personas en Siria en una cruenta guerra civil, ¿qué cambiaría la muerte de unos centenares más por el uso de gas sarín?

placeholder Foto: Manifestantes a favor del ataque de castigo contra Al Asad protestan ante el Capitolio, en Washington. (Reuters)
Manifestantes a favor del ataque de castigo contra Al Asad protestan ante el Capitolio, en Washington. (Reuters)

Si ya han muerto más de 100.000 personas en Siria en una cruenta represión y guerra civil, ¿qué cambiaría la muerte de unos centenares más por el uso de armas químicas? La pregunta ha dominado las conversaciones tanto de los que apoyan una intervención internacional para detener la masacre de civiles como de los que creen que el ataque sólo añadiría leña al fuego en la región. ¿Qué sentido tiene ver a los inspectores internacionales tomando muestras para detectar agentes nerviosos en una ciudad cuando a pocos kilómetros están muriendo hombres, mujeres y niños aplastados entre los escombros de sus casas, bombardeadas? ¿Por qué el uso de armas químicas en combate marca una línea roja?

“Todas las masacres deberían suponer una línea roja y provocar una respuesta de la comunidad global, porque están prohibidas por las leyes internacionales”, asegura a El Confidencial Richard Price, autor de El Tabú de las armas químicas (The Chemical Weapons Taboo, Cornwell University Press), “pero el hecho es que la prohibición de las armas químicas ha sido bastante efectiva hasta ahora, así que es importante mantener esta restricción en las guerras”.

Para Price, la idea inicial es que este tabú ha sido muy eficaz: pocos países han recurrido a su uso en la historia reciente. Esta pequeña victoria de la civilización sobre la guerra ha sido, incluso, utilizada después para sacar adelante tratados internacionales contra otras armas como las minas antipersona, sentencia el profesor. Independientemente de los motivos, el hecho es que el tabú probablemente haya ayudado a reducir el número de muertes civiles en las contiendas de las últimas décadas.

El régimen sirio ataca con gas a rebeldes¿Atacar Siria, entonces? La presión que ha caído sobre Damasco ha sido suficiente para demostrar la repulsa internacional a este tipo de armas, opina Price, pero “una acción limitada para evitar otro ataque químico puede estar moralmente legitimada. (…) La estrategia a largo plazo debería ser aislar a los responsables del ataque. Presionar a Siria o al régimen que suceda al actual para que se una a la Convención contra las Armas Químicas (CWC, por sus siglas en inglés)”.

El pavor internacional que provocan las armas químicas tiene su origen en la I Guerra Mundial (1914-1918). En aquella contienda, los soldados eran carne de cañón que esperaban su muerte en la trinchera pegados a una máscara de gas. Entonces se utilizaron “más de 125.000 toneladas de distintos agentes químicos”, según explica a El Confidencial el profesor Edward Spiers, autor de Una historia de las armas químicas y biológicas (A History of Chemical and Biological Weapons, Reaktion Books). El Protocolo de Ginebra de 1925 prohibió su uso salvo de forma defensiva, tanto contra civiles como contra combatientes. El presidente Franklin D. Roosevelt prometió que Estados Unidos no las lanzaría en primer lugar en la II Guerra Mundial. “Son tan malas que ni siquiera Hitler las utilizó”, asegura el profesor Price. “Usó gas en los campos de concentración, pero no armas químicas en el campo de batalla”.

El siguiente uso a gran escala de las armas químicas vino de la mano de Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam (1962-1971). Washington lanzó millones de litros del llamado Agente Naranja para defoliar la selva donde se escondía el enemigo rojo, y defendió su acción asegurando que estos agentes no eran armas químicas. Sin embargo, este herbicida contiene una dioxina que es considerada por Naciones Unidas como “uno de los agentes más tóxicos conocidos por la Humanidad”. Su uso continuado durante más de una década provocó la muerte de decenas de miles de personas (medio millón según el Gobierno de Vietnam), y defectos genéticos y cáncer en una cifra incierta, que la Cruz Roja Vietnamita eleva a un millón, la mitad de ellos niños. Más de dos millones de soldados estadounidenses estuvieron expuestos, según reconoció en 2009 el departamento de Asuntos de Veteranos de Estados Unidos.

Casi dos décadas después, en la guerra Irán-Irak (1980-1988) volvieron a utilizarse de forma indiscriminada. Decenas de miles de iraníes y kurdos iraquíes murieron bajo los efectos del gas mostaza, o del gas nervioso tabún lanzado por el ejército de Sadam Husein. La conmoción causada por estas masacres concluyó con la firma en 1993 de la citada Convención contra las Armas Químicas. 189 países la suscribieron; siete se quedaron fuera: Siria, Corea del Norte, Egipto, Myanmar, Angola, Sudán del Sur e Israel.

Prohibirlas para vencer a los países pobres

Los escépticos aseguran que la presión internacional por mantener el tabú se debe a que Occidente, la OTAN y, sobre todo, Estados Unidos, tienen otras armas mucho más eficaces y no necesitan las químicas para imponer su superioridad. Esta visión afirma que el gas sarín, el mostaza o el tabún son “las armas nucleares de los países pobres”. “Queremos dibujar líneas rojas alrededor de los tipos de guerra aceptables y no aceptables porque el terreno que dibujamos nos es estratégicamente favorable”, afirma el analista Dominic Tierney. Al insistir en la prohibición de su uso, los países avanzados pretenderían mantener a estos países en desventaja.

Hay otras razones más allá de la utilidad de la CWC. Una de las principales es que las armas químicas son indiscriminadas. Sólo matan seres vivos, sin destruir infraestructura alguna. Pero al ser “armas de área”, cuenta el profesor Spiers, “se distribuyen en una zona, penetrando en los edificios, las trincheras y sótanos para matar de forma indiscriminada, especialmente a los jóvenes y a los ancianos, si no tienen máscaras de gas”.

Sin embargo, en la historia reciente se han utilizado armas no convencionales extremadamente indiscriminadas, y también prohibidas. Estados Unidos e Israel han utilizado fósforo blanco y napalm, ambas armas incendiarias, contra poblaciones civiles, a pesar de que su uso está prohibido por la Convención sobre Ciertas Armas no Convencionales de 1980. Las imágenes de los niños palestinos con la piel hecha jirones tras el bombardeo con fósforo blanco por parte de Israel sobre un colegio de Naciones Unidas dieron la vuelta al mundo; en 2004, centenares de civiles murieron tras el uso de esta arma en zona civil por parte del ejército estadounidense, según periodistas empotrados en las filas americanas.

Una explosión en el centro de Ciudad de Gaza tras un ataque aéreo israelí (Reuters).

¿Hay entonces alguna diferencia? “Aunque ambas (las armas químicas y el fósforo blanco) pueden matar, el Fósforo Blanco no se considera un arma de destrucción masiva, diseminando heridas y muerte sobre muchas personas con el uso de un solo dispositivo; la diferencia es de escala, sumada al miedo que provocan los agentes incoloros e inodoros como el gas sarín”, comenta Spiers.

EEUU, Francia oReino Unido conservan grandes reservas

Hoy por hoy, las principales potencias bélicas occidentales (Estados Unidos, Francia y Reino Unido), así como Rusia, China, India o Argelia conservan grandes reservas o tienen incluso centros de producción de armas químicas, según la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas. Todos los firmantes se han comprometido a destruir y no utilizar estas reservas, con un éxito relativo hasta el momento.

Precisamente por ello, apuntan algunos analistas, permitir precedentes de su uso puede debilitar el control conseguido hasta ahora. “Una guerra química no es simplemente una guerra que mata más gente; es esencialmente un tipo diferente de guerra. Incita a los militares a buscar la victoria destruyendo a las poblaciones civiles en vez de ganando al enemigo en el campo de batalla”, afirma Max Fisher en un artículo titulado “Sí, es muy importante si Siria ha cruzado la línea roja de las armas químicas, y aquí está el porqué”, del Washington Post. “Si dejamos que las normas sobre las armas químicas encajen una derrota, estamos quitando poder a los esfuerzos futuros por poner límites a la guerra”, añade.

La ONU acusa a los rebeldes de crímenes de guerra

Mientras, el equipo de investigadores de la ONU ha acusado hoy al régimen deBachar al Asad de la masacre de civiles, del bombardeo de hospitales y de otros crímenes de guerra desde el incremento, en los últimos meses, de sus operaciones para recuperar territorio.

Combatientes rebeldes en alepoAsimismo, el equipo presidido por el brasileño Paulo Pinheiro ha acusado a los rebeldes, incluidos los combatientes islamistas extranjeros, de crímenes de guerra, como ejecuciones, tomas de rehenes y bombardeos de poblaciones civiles.

El informe, que cubre el periodo entre el 15 de mayo y el 15 de julio, asegura que "los perpetradores de estas violaciones y crímenes, en las dos partes, actúan en contra del Derecho Internacional y no temen la rendición de cuentas", por lo que es "imperativo" su procesamiento.

El documento indica también que se han recogido acusaciones sobre el uso de armas químicas "predominantemente por parte de las fuerzas del Gobierno", pero de momento no se ha podido llegar a una conclusión.

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