la hija de 'il cavaliere', empresaria de éxito y posible heredera

Marina Berlusconi: en el nombre del padre

Ha sido hasta ahora la heredera empresarial. Muchos creen que lo será también en el campo de la política

Foto: Marina Berlusconi durante una asamblea de accionistas de Monadori (Reuters)
Marina Berlusconi durante una asamblea de accionistas de Monadori (Reuters)

Todavía muy joven, cuando empezaba a asomarse a los despachos de las empresas de familia, Marina Berlusconi se encontró un día ante las montañas de documentos que el entonces administrador delegado de Fininvest tenía que firmar. Antes de firmar, este, Franco Tató, le dijo: “Antes que nada, vete a mirar lo que pone en la última línea”.

Mirar al final, y más allá. Esta habría sido -al menos según la anécdota, que citan los diarios italianos- una de las primeras lecciones de vida de Maria Elvira Berlusconi, Marina para todos. Primera hija de Silvio Berlusconi, ha sido hasta ahora la heredera empresarial del ex primer ministro italiano. A ella Il Cavaliere le dejó la parte más delicada de su extendido imperio, y ella da la cara para defenderlo. Ahora, según barajan los medios italianos y reiteró la pasada semana el Financial Times, podría ser también su heredera política. Una Berlusconi después de Berlusconi.

Marina Berlusconi cumplió 47 años el pasado diez de agosto. Nació y creció en Milán, donde empezó dos carreras y no acabó ninguna. Su perfil oficial resume su vida en siete líneas: presidenta del holding Fininvest, al que pertenecen las cadenas de Mediaset, la editorial Mondadori y el Banco Mediolanum; presidente de la misma Mondadori; miembro del Consejo de Administración de Mediaset y mismo cargo en Mediobanca.

Su nombre empezó a aparecer en las páginas de los periódicos italianos cuando tenía 25 años. Seria, silenciosa y elegante eran los adjetivos que más se le asociaron cuando asistó a su primera reunión de accionistas de Mondadori. Quizás Marina, que seguía la reunión desde el fondo de la sala, sentada y sin llamar la atención, ya olía que estaría en la mesa de mandos, 13 años después, como presidenta del grupo editorial. Era 1990, y Giulio Andreotti acababa de arrancar su sexto Gobierno, el que ahora está bajo investigación por las relaciones secretas entre el Estado y la mafia.

A la cabeza de Fininvest

Bastaron cuatro años, a cambio, para que Marina pudiera tocar la joya de la corona. Era 1994, 'papá Silvio' estaba a punto de dar el salto a la política y ella entraba en Fininvest. La empresa había registrado 32 millones de euros útiles en el ejercicio anterior, contra los 4,9 de 1992. En la reunión que oficializó su ingreso en el Consejo -junto al hermano, Piersilvio-, además de Berlusconi padre salía también su aliado y amigo, Cesare Previti, que había sido ministro de Defensa en su primer Gobierno.

En ese consejo, Marina empezaba a trabajar codo con codo con Marcello Dell’ Utri, quien fundó con Berlusconi su primer partido político. A esos años se remontan los hechos por los que, en marzo de 2013, el Tribunal de Palermo ha condenado a Dell’ Utri a siete años de cárcel, por haber sido el intermediario de Berlusconi con la mafia. Previti ya había sido juzgado en 2007: una condena a seis años de cárcel por corrupción.

Fininvest President Marina Berlusconi arrives for the shareholders meeting at Mondadori headquarters in Milan
Fininvest President Marina Berlusconi arrives for the shareholders meeting at Mondadori headquarters in Milan
Pero entonces Marina era todavía joven. Y había que ganar un mundial de fútbol y unas elecciones políticas. En el deporte no pudo ser (Roberto Baggio envió por encima del larguero los sueños de un país en la final contra Brasil), pero Forza Italia, la primera criatura política de Berlusconi, conquistó el corazón de 16 millones de italianos en marzo, dos meses después de su creación oficial. Con el empujón de la publicidad en las tres televisiones de propiedad de la familia, Berlusconi subía al poder.

Marina ya no podía evitar las primeras entrevistas. Tímida, lejos de los estereotipos de la mujer-manager, estaba a punto de ser administradora delegada de Fininvest y pasar a gestionar desde arriba la máquina de vender publicidad, las tres cadenas de la familia. Era “el amor por su país y la pasión cívica” lo que llevaba a su padre a la política, según aseguró a Il Corriere della Sera. Repetía el discurso paterno, que llevaba escuchando desde que era una niña que jugaba en los 3.500 metros cuadrados de la Villa de Arcore. “Ella a su padre siempre lo consideró por lo que es: un hombre”, asegura una periodista cercana a la familia.

En esos años empezó su verdadera actividad. Entró en contacto con empresas internacionales, y en 1995 acompañó al padre a Madrid para inaugurar Telecinco. Rozó la élite del mundo financiero italiano y europeo, cuyos representantes la describen como una mujer inteligente y una férrea negociadora. Madre de dos hijos -uno llamado Silvio- y casada con un bailarín del teatro La Scala, su vida siempre estuvo alejada de los focos mediáticos, a pesar del reportaje con 'topless' incluido que la revista del corazón Chi (propiedad de la familia) le dedicó. Adjuntaba una descripción de su belleza “salvaje y pura”, firmada por un arqueólogo.

Después del 'berlusconismo'

“Tiene una inclinación hacia la cirugía plástica y un estilo sexy-salvaje, con matices de excesos dignos de una estrella del rock”, escribía de ella la revista Vogue, en 2010. La actividad empresarial y mundana la llevaron a ocupar, ese año, la posición 33 en la lista de las mujeres más influyentes del mundo que elabora la revista Forbes. Ya había sido considerada la tercera emprendedora más importante de Italia (detrás de Versace y Gucci) y entre las más reconocidas de Europa.

En un país donde sigue siendo difícil para una mujer ocupar cargos de poder, Marina Berlusconi lo ha hecho en el business y no deja indiferente al mundo político. “¿Esto hace que la hija de un hombre que introdujo el bunga bunga en nuestro vocabulario sea un símbolo feminista?” se preguntaba recientemente la prestigiosa Foreign Policy.
 

La cuestión importa poco en Italia, donde el debate es otro: ¿va a haber 'otro' Berlusconi? “Sabemos que no tiene ganas, pero me temo que ha llegado su hora”, arrancaba un editorial, a comienzos de agosto, en Il Giornale, periódico propiedad de la familia. Ella lo niega, como lo negó, con una escueta nota de prensa, el día en que el Financial Times la colocaba en su portada, justo debajo de la cabecera: “Los italianos piensan en Marina como heredera de Silvio”.

Quien frecuenta los círculos de la familia asegura que no hay otra opción: es la heredera política, así como fue la heredera empresarial. Barbara, hija del otro matrimonio, es la hija que juguetea con el Milan; Piersilvio es el joven simpático casado con una velina; ella es “La” mujer de Berlusconi, dice la prensa más afín.

Berlusconi, condenado a 7 años de prisión e inhabilitado por el caso ruby
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Rumores o no, el momento es el adecuado. Silvio Berlusconi ha sido condenado por fraude fiscal a tres años de cárcel (tendrá que cumplir sólo uno) y a seis de inhabilitación como cargo público. Ha dejado muy claro que es necesario “refundar” el partido, volver al nombre de Forza Italia y acercarse a los jóvenes. ¿Qué mejor golpe de efecto que poner a la cabeza una mujer que sigue el perfil del fundador de la formación y además es más joven que la media de políticos italianos?

Soluciones más ordinarias, como un traspaso de poder interno en el partido ni seguiría su estilo ni tendría el mismo efecto que la llegada de Marina, explicaba Giuliano Ferrara, histórico periodista italiano, en el citado periódico de la familia: “Sería una noticia de calado internacional, llegaría al fondo del electorado italiano y constituiría un feliz bofetón a quienes reclaman que el fin del 'berlusconismo' llegue con el retiro de Berlusconi, coincidente con su encarcelación”. En toda la cara del otro bando político, desesperadamente a la búsqueda de un líder.

Incluso hay quien aventura que todo es una táctica. Que todo está ya escrito, que ella ya lo decidió, pero mejor negar antes y dar un golpe de sorpresa final “en el nombre del país”, como hizo su padre en 1994. Pero el padre, esta vez, tendrá que asesorar desde fuera de la política. A Marina le tocará escribir de su puño la última línea. 

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