El muro que aún divide a los judíos
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DISPUTAS POR LA SEGREGACIÓN EN EL LUGAR SAGRADO

El muro que aún divide a los judíos

Justo antes de la caída del sol, cada viernes, la plaza que acoge el Muro de las Lamentaciones se rodea de liturgia. Impecablemente vestidos con sus

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El muro que aún divide a los judíos

Justo antes de la caída del sol, cada viernes, la plaza que acoge el Muro de las Lamentaciones se rodea de liturgia. Impecablemente vestidos con sus ropas negras, kipá (gorro) y talit (manto), decenas de judíos, la mayoría ultraortodoxos, celebran entre cánticos y bailes la llegada del sabbat. Durante las siguientes horas, el mismo lugar será escenario de todo tipo de súplicas, llantos, promesas y letanías que emanan de los rollos de la Torá hasta rebotar contra las enormes piedras sagradas. Es el lugar de los hombres. En el pequeño pedazo habilitado para las mujeres, la emoción se ahoga entre los gimoteos de las plañideras que abandonan la zona marcha atrás, sin dejar de observar a las rocas.

Los judíos creen que el último vestigio del Segundo Templo de Jerusalén conserva intacto su carácter divino. Recitando o introduciendo pequeños papeles entre sus pliegues, allí han dirigido sus plegarias durante los imperios que han controlado la urbe en los últimos 2.000 años. La última de esas conquistas tuvo lugar en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, en la que el Estado de Israel se hizo con el control total de la ciudad. El Gobierno declaró la zona lugar santo y le otorgó su control a las autoridades religiosas, dominadas por rabinos ortodoxos.

La legislación redactada por el Ministerio de Asuntos Religiosos, en el que los sectores más conservadores imponen su influencia, determina que las mujeres ni pueden compartir el mismo espacio de muro con los hombres, ni llevar su mismo atuendo y tampoco recitar los renglones de la Torá. Unas imposiciones contra las que llevan luchando desde hace más de una década un pequeño grupo denominado las Mujeres del Muro.

La agrupación sostiene que su objetivo es lograr un “reconocimiento social y legal para el derecho de las mujeres” a utilizar la actual sección del muro occidental en las mismas condiciones que los hombres. Para ello llevan años litigando en los tribunales y celebrando pequeños actos en las calles.

La separación de la discordia

Muchas derrotas después, un tribunal de Jerusalén les dio la razón hace semanas. Y las mujeres acudieron al Muro, como habían hecho en otras ocasiones, vestidas con el tradicional manto y los tefilim –cintas de cuero con pasajes de la Torá que se enrollan en la cabeza y los brazos-, pero esta vez con la intención de orar en la zona de los varones. La provocación de la que alertaron los ultraortodoxos ni siquiera se llegó a producir, porque un grupo de fieles convocados por éstos apedrearon a las mujeres, que tuvieron que ser evacuadas por la policía.

Las autoridades detuvieron ese día a tres personas por haber perpetrado las agresiones. La presidenta de la organización, Anat Hoffman, declaró que fue “un rezo histórico, pero es una lástima que algunos hayan mostrado su intolerancia”. Mientras que el rabino que preside la Fundación que gestiona el Muro, Samuel Rabinowitz, remarcó que “nadie en el pueblo de Israel quiere que el Kotel (Muro) sea objeto de la discrepancia, sino de unidad”. 

Por esta razón, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, le encargó hace meses a la Agencia Judía, un órgano que se encarga de atraer a los judíos a Israel, una solución para terminar con las discrepancias. Su propuesta defiende mantener la segregación en la parte actual del Muro, de unos 60 metros,  y habilitar otra zona de rezo de otros 30 metros que no estuviera controlada por los ortodoxos y en la que ambos sexos pudieran rezar en las mismas condiciones.

El presidente de la organización, Natan Sharansky, mantiene que es una buena forma de continuar con un “icono de la unidad de todos los judíos del mundo, sin que se convierta en un símbolo de discordia”. Sin embargo, la alternativa ha despertado más críticas que alabanzas. Para el sector más conservador toda modificación del statu quo supone una provocación para su religión; el responsable del lugar sagrado sostiene que no va a abrir una nueva confrontación con Sharansky, pero tampoco se muestra exultante con la idea; y ni siquiera las Mujeres del Muro se alinean con la solución, pues se mantienen firmes en su propósito de acabar con la segregación en la habitual zona de rezo.

Una ofensa a los musulmanes

Pese a que los soldados israelíes derribaron tras la guerra todo un barrio árabe contiguo al Muro, las viviendas más cercanas siguen siendo las de los musulmanes. Las excavaciones continúan, pero las autoridades islámicas se niegan a cualquier tipo de ampliación de la zona judía. “Esta agresión no terminará nunca, sino que siempre se amplía más y más”, respondió el gran muftí de Jerusalén, Mohamad Hussein, al ser cuestionado por la iniciativa.

Unos metros más arriba de las piedras del Segundo Templo, se sitúa la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar sagrado para el islam, desde donde piensan que Mahoma ascendió a los cielos. Sólo los musulmanes tienen permitido rezar allí, pero varios soldados israelíes limitan el acceso cada mañana a los miembros de otras confesiones.

En los últimos meses cada vez son más los judíos que consiguen acceder, según las autoridades islámicas el año pasado lo hicieron un 30% más que en 2011. Y en ocasiones, como hace un par de semanas, los visitantes son colonos ultraortodoxos que bajo la escolta policial recorren los restos del antiguo templo. Un grupo de musulmanes se enfrentó entonces al cortejo, por lo que la policía detuvo a una decena de personas, entre ellos el gran muftí, acusado de haber instigado la trifulca.

Los países árabes acusaron a Israel de intentar “judeizar” Jerusalén, con leyes como la que plantea el Ministerio del Culto al Gobierno para que los judíos puedan rezar también en este mismo lugar donde fue derribado el gran templo. El recinto sagrado continúa siendo un instrumento político por el que se enfrentan ambas religiones. Pero también el muro que lo delimita separa a las distintas sensibilidades de quien ostenta su control.

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