LA OLEADA REVOLUCIONARIA ENCARA UN FUTURO VIOLENTO

La sangre del ex dictador Gadafi mancha la primavera democrática árabe

Muamar el Gadafi prometió una y mil veces que moriría antes que abandonar Libia. Y fiel a ese histerismo militar con el que ha gobernado su

Foto: La sangre del ex dictador Gadafi mancha la primavera democrática árabe
La sangre del ex dictador Gadafi mancha la primavera democrática árabe

Muamar el Gadafi prometió una y mil veces que moriría antes que abandonar Libia. Y fiel a ese histerismo militar con el que ha gobernado su país durante más de cuatro décadas, se salió con la suya. Es el primer líder que paga con su vida el abandono del poder tras esta oleada rebelde. La primavera árabe encara ahora un futuro incierto en el que se prevé un mayor derramamiento de sangre.

Gadafi no vaciló en convertir la lucha por el poder en una guerra civil. Juró acabar con las “ratas” que pedían su cese y tampoco faltó a su palabra. No está claro si fueron los rebeldes o un misil de la OTAN, pero Gadafi cayó abatido ante las ansias de venganza de los libios. Mientras las calles de Sirte, Trípoli y Bengasi se llenaban de gente para celebrar la caída del dictador, en las redes sociales abundaban los mensajes de los que se mostraban decepcionados porque el coronel no iba a ser juzgado.

“Mi única pega es que Gadafi no va a pasar por una corte militar”, opinaba en Twitter, Nasser Weddady, un activista mauritano que ha crecido en Libia y que dirige la organización de derechos civiles Hamsa. La organización humanitaria Libya el Hurra marcaba la pauta que ha ido siguiendo la revolución: “Ben Ali, exiliado; Mubarak, en prisión; Gadafi, muerto. El siguiente en la trayectoria, Ali Abdullah Saleh, terminará hecho pequeños pedazos”.

Paradójicamente, la muerte de Gadafi se produce en vísperas de la celebración en Túnez de las primeras elecciones democráticas tras el estallido de las revueltas. La Justicia tunecina se cobró venganza del dictador Ben Ali, que fue condenado a 66 años de cárcel. Ahora espera refugiado en Arabia Saudí para seguir con el proceso. Igual suerte le espera al egipcio Hosni Mubarak, que pasa sus días en un hospital, a la espera de que una corte de su país dicte sentencia.

Cientos de manifestantes perdieron la vida en sendos procesos, pero sus dirigentes apenas consiguieron aferrarse al poder un par de semanas ante la avalancha popular. Pese a los incidentes, la revolución fue limpia. Ambos países viven ahora una transición convulsa, pero salvo excepciones como la de hace un par de semanas en las calles de El Cairo, apenas se han producido enfrentamientos violentos. Libia es el tercer país árabe que consigue derrocar a su líder, pero marca una tendencia muy peligrosa. El resto de naciones enfrentadas a sus dirigentes presentan una situación similar.

La revolución se hará con sangre

Tras la caída de Mubarak, los focos miran ahora a Siria. Según las cifras que proporciona la ONU, unas 3.000 personas han muerto desde que comenzaron las protestas contra el régimen de Bashar al Assad. La información que llega desde el país es muy confusa, ya que el Gobierno no deja pasar a la prensa extranjera. La televisión oficial sólo ofrece imágenes de manifestaciones multitudinarias progubernamentales. El régimen no está dispuesto a abandonar el país, pese a la deserción de decenas de militares. Y mientras, activistas y organizaciones de derechos humanos ofrecen una ración diaria de muertos por la represión gubernamental.

Una situación similar a la de Yemen, donde Ali Abdullah Saleh continúa en el Gobierno pese a haber anunciado en varias ocasiones su deseo -siempre frustado- de dimitir. Ni siquiera un atentado que a punto estuvo de acabar con su vida y que le obligó a exiliarse en Arabia Saudí durante meses, fueron suficientes. También en Bahréin, el presidente Hamad bin Isa al Jalifa se niega a abandonar el poder pese a las protestas y los episodios de violencia que se repiten cada día.

En las calles de Trípoli hoy se gritaba “Siria, Siria” y en territorio sirio se agitaban banderas libias. Muerto Gadafi, Al Assad se sitúa ahora en el punto de mira. Los opositores de uno y otro país prometen elecciones democráticas, pero para llegar a ese objetivo aún correrá mucha más sangre. Naciones Unidas ya ha advertido del riesgo de una guerra civil y grupos de activistas han expresado su intención de esperar al momento adecuado para alzarse a las armas. A la primavera árabe le espera un otoño sangriento.

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