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El Papa y las obispas dividen a los anglicanos
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SU ORDENACIÓN PODRÍA SUPONER UN CISMA

El Papa y las obispas dividen a los anglicanos

La cita de Benedicto XVI en septiembre con Reino Unido está cargada de expectación. El viaje en sí, es todo un acontecimiento. Se trata de la

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El Papa y las obispas dividen a los anglicanos

La cita de Benedicto XVI en septiembre con Reino Unido está cargada de expectación. El viaje en sí, es todo un acontecimiento. Se trata de la primera visita de Estado de un papa a las islas, ya que la de Juan Pablo II, en 1982, tan sólo fue pastoral. Pero además, el clima de incertidumbre que vive estos días la Iglesia Anglicana hará que cada movimiento se analice de una manera especial. Cualquier acercamiento entre el Pontífice y los sectores más tradicionalistas de esta confesión, que cuenta con 77 millones de fieles en todo el mundo, podrían ser interpretados como signo inequívoco del primer cisma del siglo XXI.

 

Desde hace años, las desavenencias entre los distintos grupos de la comunidad por cuestiones relacionadas con la homosexualidad o el papel de la mujer siempre han supuesto un problema. Las amenazas de muchos de pasarse al catolicismo han sido constantes, pero esta semana se han tomado más en serio que nunca después de que se haya dado un paso más hacia la consagración episcopal femenina. Benedicto XVI aseguró que recibiría a los tradicionalistas con los brazos abiertos, por lo que la polémica está servida.

 

Y es que la postura del Vaticano en este punto no puede ser más contraria. Esta misma semana ha definido la ordenación de mujeres como uno de los más graves crímenes contra el derecho de la Iglesia, poniéndolo en la misma categoría que el abuso sexual clerical de los menores y la herejía.

 

En Inglaterra, el primer movimiento para permitir la ordenación de obispas tuvo lugar en 2008, cuando el Sínodo General Anglicano dio un giro histórico a favor de la modernización y de la igualdad. Alrededor de mil trescientos curas y algún obispo desafiaron entonces con una posible deserción. En aquel momento, tan sólo se pusieron unas bases. Era este año cuando se tenía que definir la fórmula y el resultado no ha podido ser más controvertido.

 

Los sectores más conservadores habían pedido una serie de salvaguardas, como nuevas diócesis exclusivamente masculinas o la creación de una clase especial de obispos. El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, máxima autoridad, les apoyó a pesar de estar a favor del nombramiento femenino en un intento de apaciguar los ánimos. Sin embargo, el órgano supremo de la Iglesia de Inglaterra dejó claro que no habría excepciones. En definitiva, ninguna parroquia, ningún fiel podrá negarse a ser confirmado por una mujer ni rechazar a un sacerdote porque haya sido ordenado por una obispa.

 

Hay mucha tensión, pero aún es pronto para adelantar acontecimientos. La norma ahora tiene que ser sometida a los sínodos diocesanos antes de regresar al Sínodo General en 2012, donde podría ser anulada para llevar la cuestión a su punto inicial. Si finalmente pasa todos los trámites, la Cámara de los Comunes tendría que dar su visto bueno y luego la reina Isabel II, gobernadora suprema de la Iglesia Anglicana, tendría que dar su autorización. En otras palabras, la primera obispa no estaría consagrada hasta 2014.

 

Con todo, Williams ya ha reconocido que mantenerse juntos es “desesperadamente difícil”. En momentos de inestabilidad la autoridad del líder espiritual debería ser una máxima, pero su figura se encuentra más debilitada que nunca. El arzobispo jamás contó con demasiada simpatía entre los sectores  tradicionalistas y sus posturas conciliadores le han restado ahora también apoyo entre los liberales. Después de que su propuesta fuera rechazada, ha quedado en tierra de nadie.

 

Su histórica derrota venía precedida además por otra tormenta provocada la semana pasada por Jeffrey John. Homosexual y unido civilmente a su pareja, fracasó en su intento de convertirse en el obispo de la diócesis londinense de Southwark, una de las más progresistas de Reino Unido.

 

Los sacerdotes casados, un problema

 

En septiembre, con la llegada de Benedicto XVI, el papel del arzobispo de Canterbury no será nada fácil. El anuncio del Vaticano de acoger a todos los anglicanos que lo deseen fue traducido en Reino Unido como un fuerte varapalo a sus esfuerzos por evitar la fragmentación de su comunidad, que se separó de Roma en el siglo XVI, cuando Enrique VIII no logró del papa Clemente VII la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón.

 

A pesar de que las nupcias de muchos curas anglicanos podrían suponer, a priori, un handicap, Benedicto XVI aprobó el pasado mes de octubre una Constitución Apostólica –norma de máximo rango- que prevé, entre otras cosas, la ordenación de clérigos ya casados como sacerdotes católicos.

 

En 1994, el papa Juan Pablo II ya tuvo que derogar la fórmula del celibato para los 500 religiosos que se pasaron a la Iglesia de Roma cuando el Sínodo General Anglicano aprobó el sacerdocio de las mujeres.

 

En aquel momento, se dieron compensaciones con valor de 27,4 millones de libras, pero en esta ocasión, el arzobispo de Canterbury ha dejado claro que no habrá ningún tipo de indemnizaciones. Aunque centenares de clérigos hayan amenazado con irse al amparo del Vaticano, el hecho de perder sus salarios y sus casas podría hacerles pensar la situación de nuevo. Las batallas legales de los tradicionalistas en Estados Unidos por este mismo asunto han sido largas, costosas e imposibles de ganar.

La cita de Benedicto XVI en septiembre con Reino Unido está cargada de expectación. El viaje en sí, es todo un acontecimiento. Se trata de la primera visita de Estado de un papa a las islas, ya que la de Juan Pablo II, en 1982, tan sólo fue pastoral. Pero además, el clima de incertidumbre que vive estos días la Iglesia Anglicana hará que cada movimiento se analice de una manera especial. Cualquier acercamiento entre el Pontífice y los sectores más tradicionalistas de esta confesión, que cuenta con 77 millones de fieles en todo el mundo, podrían ser interpretados como signo inequívoco del primer cisma del siglo XXI.