Brown y el eco del laborismo
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El 'premier' afronta hoy en soledad el discurso clave de su carrera política

Brown y el eco del laborismo

Hace mucho tiempo que la vida política de Gordon Brown se encuentra en un punto sin retorno. El círculo vicioso en el que el premier lleva

Foto: Brown y el eco del laborismo
Brown y el eco del laborismo

Hace mucho tiempo que la vida política de Gordon Brown se encuentra en un punto sin retorno. El círculo vicioso en el que el premier lleva inmerso los dos últimos años no da lugar a ningún tipo de avance. Crisis interna, pequeña recuperación y vuelta de nuevo al debate sobre su liderazgo. El primer ministro lleva sentenciado desde el pasado 6 de octubre de 2007, día en el que dijo que no habría elecciones anticipadas cuando sacaba una holgada diferencia a los tories.

Sin embargo, se niega a reconocer la cruda realidad. La perseverancia con la que repite una y otra vez que es el idóneo para el puesto se ha convertido en una voz que en el Laborismo ya sólo encuentra el eco de la soledad.

El partido ha perdido todas las fuerzas para intentar convencerle de lo contrario. El premier se dirigirá hoy a sus filas en un discurso decisivo para su carrera, pero en la grada tan sólo le espera un puñado de resignados que ya han asumido la derrota en los comicios del próximo año.

Peter Mandelson fue ayer el último que intentó insuflar un poco de ánimo. El ministro de Negocios aseguró que el Laborismo debe de luchar la batalla de su vida e insistió en que en política nada es inevitable. Durante los últimos meses, el que fuera enemigo acérrimo del premier siempre ha conseguido que el dirigente laborista saliera vivo de las revueltas internas, pero ahora se ha quedado sin misión. No porque el premier tenga el apoyo, sino porque nadie tiene ánimos de organizar la enésima rebelión a sólo nueve meses de las generales.

Brown sigue mirando al futuro

El único que ha hecho el amago ha sido Charles Clarke. El que fuera ministro del Interior con Tony Blair aseguró que el primer ministro debería retirarse por su propia dignidad, porque de no hacerlo, el partido no sólo perdería las elecciones, sino que quedaría apartado de poder más de una década. Sus críticas aludiendo los “problemas de salud” del líder laborista han abierto la veda a especulaciones de todo tipo. La posibilidad de que Brown esté tomando fuertes depresivos o que se esté quedando ciego –con 16 años perdió la visión de un ojo en un accidente en un partido de rugby- llevó a la misma BBC a preguntarle por los rumores. El mandatario los desmintió. Pero sus palabras no han cambiado un ápice la distancia de 15 puntos que le separa de los Conservadores que, a pesar de ir en cabeza en los sondeos, siguen sin convencer al electorado.

Y es que el premier se niega a tirar la toalla. Dos años y medio de dificultades no son suficientes para plantearse el relevo. Por este motivo, sigue mirando al futuro y ha anunciado la presentación al Parlamento de nuevas iniciativas legislativas para prohibir el tipo de primas que se paga a los banqueros y castigar a las entidades que reincidan en esos excesos.

Pero el intento de solucionar en algo la situación quizá haya venido demasiado tarde. Como la intervención en la que explicó el recorte previsto del gasto público, el primero desde que el Laborismo llegó al poder en 1997. La medida estaba más que asumida en Downing Street, pero el premier se negó a hacerla pública hasta el último momento, cuando se vio ya atrapado y sin salida a cuenta de unos documentos que sacaron a la luz los conservadores. La torpe jugada se reflejó en las encuestas y el resultado fue atroz: sólo el 14% de los votantes cree ahora que el primer ministro está diciendo la verdad sobre la situación real de la economía británica. Parece ser que quien fuera durante diez años mejor ministro del Tesoro de todos los tiempos también ha perdido la credibilidad en los números.

Ha llovido mucho también desde aquel momento de gloria en el que se presentó como salvador mundial de la crisis financiera. En las cumbres internacionales, la postura británica ya no se sigue a ciegas.

Muchos ven a la primera dama como la salvadora del Laborismo

Por otra parte, este tipo de citas han servido además para demostrar que Reino Unido ha perdido la situación de privilegio frente a EEUU. Los expertos aseguran que la relación entre ambos países atraviesa el punto más frío de los últimos 20 años, y la liberación del único condenado por la bomba de Lockerbie no ha contribuido a solucionar las cosas.

Entre Brown y Barack Obama nunca ha habido química. Los mandatarios se empeñan en desmentir los rumores y poner la mejor de sus sonrisas en las fotos de familia. Sin embargo, cada vez que el premier se ha desplazado al otro lado del Atlántico han surgido problemas. La última cumbre de Naciones Unidas ha sido el último escenario. La Casa Blanca tuvo que negar que hubiese rechazado hasta en cinco ocasiones la petición de Downing Street para mantener un encuentro entre los dos mandatarios.

La instantánea finalmente se hizo y los mentideros aseguran que fue posible por la intervención de Sarah Brown. Y es que, ante la desesperación, muchos ven ahora a la primera dama como la salvadora del Laborismo. Su popularidad en Twitter y su papel en las últimas intervenciones públicas han conseguido hacer un guiño al electorado, y esto no ha pasado inadvertido a los asesores de su marido.

El año pasado, cuando las encuestas ya anunciaban la muerte política del premier, la primera dama consiguió resucitarlo. Ante el asombro de todos, se subió al escenario y le presentó con unas cálidas palabras antes de que éste pronunciara su gran discurso. La fórmula quizá hoy se repita de nuevo. Pero sólo servirá para dar un poco de oxígeno hasta que los comicios de mayo acaben definitivamente con él. O quizá no. Con Gordon Brown nunca se sabe, pero esta vez lo tiene más complicado que nunca.

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