El reino animal y el marino siempre nos suelen traer historias de madres que, al parir a sus crías, inician una batalla por protegerlas… mientras ellas mismas mueren.

Es el caso, por ejemplo, del pulpo común. Una de sus mayores curiosidades es que, aunque depende de las distintas especies, un pulpo puede llegar a poner hasta 100.000 huevos. Al mes de haberlos puesto, cuando las crías ya salen al mundo, la madre muere.

En la antigua Grecia creían que los pulpos iban a tierra. Quizá lo decían al observar,  al igual que vemos en este vídeo de la Fundación Aquae, cómo se propulsaban a toda velocidad gracias a ese embudo del sifón; o quizás al mirar sus ojos, tan parecidos a los de un mamífero, con los que el pulpo ve bien de cerca y de lejos, menos cuando, dormido, cierra los párpados.

Por los potentes músculos del manto puede realizar movimientos repentinos, siempre con su estela de tentáculos detrás.

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