Irán no es Irak ni Afganistán. Es tres veces más grande, infinitamente más montañoso y ocupa una posición geográfica que lo convierte en una fortaleza natural casi imposible de tomar. EEUU lo sabe, e Israel también. Por eso, pese al escalada militar en el Golfo Pérsico, nadie habla seriamente de una invasión terrestre a gran escala.

El estrecho de Ormuz, cerrado por Irán desde el inicio del conflicto, es el corazón de la crisis. A su alrededor, una red de islas con bases militares, puertos estratégicos y el mayor yacimiento de gas del planeta convierten ese corredor marítimo en el punto más codiciado, y más letal, de todo el tablero geopolítico.

Con apenas 50.000 soldados desplegados, frente a los 170.000 que necesitó para Irak, un país cuatro veces más pequeño, EEUU se enfrenta a un dilema sin salida fácil. La única opción viable apunta a operaciones quirúrgicas en enclaves clave como Bandar Abbas o la isla de Kharg. Pero incluso eso podría convertirse en una de las batallas más sangrientas de su historia militar.