Estados Unidos ha desplegado una campaña militar masiva contra Irán con un objetivo claro: cambiar el equilibrio de poder en Oriente Medio. Pero tras semanas de bombardeos, asesinatos selectivos y destrucción de infraestructuras clave, la realidad sobre el terreno es mucho más incómoda. El régimen iraní no solo ha sobrevivido, sino que ha demostrado una capacidad de adaptación sorprendente incluso después de perder a parte de su cúpula dirigente.

La estrategia de Washington partía de una premisa: que una presión militar extrema provocaría el colapso interno o forzaría concesiones decisivas. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido. El programa nuclear sigue vivo, el aparato del Estado continúa funcionando y los ataques iraníes, aunque reducidos, no han cesado. De hecho, Teherán ha cambiado su forma de atacar para desgastar poco a poco las defensas de Israel y sus aliados.

Mientras tanto, el verdadero impacto de la guerra empieza a sentirse lejos del frente. El cierre del Estrecho de Ormuz y la escalada energética amenazan con golpear directamente a la economía global. Y en paralelo, la falta de una estrategia clara está erosionando la credibilidad internacional de Estados Unidos. La guerra que debía demostrar su poder puede acabar evidenciando justo lo contrario.