La tensión entre Estados Unidos y Venezuela se ha disparado con un despliegue militar naval sin precedentes de EEUU en el Mar Caribe, que incluye al portaaviones Gerald Ford, una decena de buques de guerra y 10.000 efectivos. Una escalada que se suma a un mes de ataques aéreos contra supuestas narcolanchas que han causado la muerte de 61 personas. La Casa Blanca justifica esta ofensiva declarando a los cárteles de la droga como organizaciones terroristas extranjeras para eludir el control del Congreso. La sospecha general, reforzada por filtraciones de prensa, es que el presidente Trump podría estar preparando el terreno para una acción militar mayor con el fin de derrocar a Nicolás Maduro y provocar un cambio de régimen, una idea sustentada por la recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por EE. UU. para la captura de Maduro y otros líderes venezolanos.

Ante esta presión, el gobierno de Nicolás Maduro habría movilizado a 4 millones de milicianos para la defensa ciudadana. Además, el Caracas, sostiene contar con un arsenal de más de 5.000 misiles antiaéreos IGLA-S de fabricación rusa. En busca de apoyo, Maduro ha pedido una mayor cooperación militar con Rusia, China e Irán. Sin embargo, la capacidad real de Venezuela para resistir un ataque militar estadounidense sería nula. En este clima de hostilidad, Brasil estaría intentando abrir una vía diplomática entre Washington y Caracas para una posible negociación.

La hostilidad de EE. UU. hacia Venezuela no se limita a la cuestión del narcotráfico, sino que tiene un fuerte componente político. De hecho, expertos en criminalidad en América del Sur dudan de la etiqueta de "narco-estado" y del papel directo del Estado venezolano en el narcotráfico. Venezuela tiene un rol marginal comparado con la ruta del Pacífico y los cárteles mexicanos. El verdadero motor de la ofensiva política es el sostenimiento de EE. UU. de que Maduro se ha mantenido en el poder mediante fraude electoral. Trump ha negado más veces que se estaría preparando un ataque militar para derrocar Maduro, sin embargo ha ordenado a la CIA de poner en marcha operaciones encubierta en el país. Así, Estados Unidos retoma su larga tradición de fomentar golpes y cambios de régimen en América Latina, abriendo un escenario de máxima incertidumbre.