Una calle de doble sentido, un semáforo que se pone en rojo y unos conductores que se ven obligados a detener su vehículo mientras observan que ningún peatón atraviesa la calle.

Es una situación tan cotidiana como inoportuna, que no hace más que perder el tiempo de miles de conductores día tras día, y que no aporta a agilizar el tránsito.

El miedo a una posible sanción económica, en caso de cruzar en rojo, es lo que perpetúa esta coyuntura, para la que Viena, la capital austríaca, parece haber encontrado una solución: los semáforos inteligentes.

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