Los años dorados de la Costa Azul: el refugio de las celebridades

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Cocó Chanel
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Cocó Chanel

En 1929 compró un terreno en Roquebrune, entre Montecarlo y Menton, e inmediatamente se hizo incondicional de la Costa Azul. Gabrielle Chanel, autoridad indiscutible que dictaba la moda desde su mítico local del 21 de la rue Cambon de París, puso también de moda las playas de la Riviera. La apoyaban sus amigos: Jean Cocteau, el arquitecto Josep María Sert y su esposa Misia, Picasso, Serge Diaghilev, con quien colaboraba haciendo vestuarios para sus Ballets Rusos, Igor Stravinski, perdidamente enamorado de ella, el Gran Duque Dimitri de Rusia, el de Westminster, Luchino Visconti e incluso Salvador Dalí, que pasará tres meses aquí en 1938, y con quien Madame Chanel tendrá un romance. en sus palabras: “únicamente para fastidiar a Gala”.

Robert Mitchum
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Robert Mitchum

En 1954, en un picnic celebrado en la isla de Sainte Margueritte, vecina a Cannes, una starlette inglesa, Simone Sylva, coqueteó con Robert Mitchum, quien, al parecer, había abusado un poco del vino de Provenza. Según cuenta el escritor Pierre Michon, Mitchum le dijo a la chica: “es esa carne, bajo el corpiño blanco, lo que me intriga”. Simone toca un broche y el corpiño cae. Mitchum se divierte. la Coge por los hombros y roza con sus manos los senos desnudos. Ella se ríe y no pasa nada más. La escena, captada por 50 fotógrafos causó la inesperada celebridad de Simone Sylva y la caída en desgracia de Mitchum, que estuvo a punto de ser excluído de los rodajes por los estudios de cine.

William Somerset Maugham
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William Somerset Maugham

El caballero William Somerset Maugham, doctor en medicina, ex agente secreto, novelista prolífico y celebrado escritor fue durante casi cuarenta años, hasta su muerte, una personalidad de referencia en la Costa Azul. su mansión de Villa Mauresque en Saint-Jean-de-Cap-Ferrat, era lugar de referencia. Nacido en plena era victoriana, fue uno de los intelectuales ingleses que eligió el exilio ante la intolerancia de su país con la homosexualidad. El proceso de Oscar Wilde había sido una terrible advertencia, y ninguno de estos escritores, poco convencionales en materia sexual, estaba dispuesto a seguir el triste destino del autor de la Balada de la Cárcel de Reading. En Villa Mauresque Somerset Maugham escribió gran parte de sus mejores obras. alguna de ellas fue llevada al cine.

Henri Matisse
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Henri Matisse

El artista más ligado a Niza fue Henri Matisse, quien llegó a la ciudad en 1917 y residiría en ella hasta su muerte. En 1916 se trasladó al sur y se quedó para siempre, una decisión que cambiaría el rumbo de su pintura y le llevaría a una etapa de predominio de la luz y la simplicidad en sus obras. Su concepto del arte y su propia personalidad fueron, poco a poco, arrastrándole hacia la luminosidad, el color y la alegría meridional. Falleció heroicamente, a los 85 años, en el Hotel Excelsior de Niza, con el pincel entre las manos o, mejor, dada su casi completa inmovilidad, con una larga caña con un carboncillo en su punta, con la que aun realiza sus grandes obras. Con él se fue parte de la época dorada de la Costa Azul.

Jean Cocteau
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Jean Cocteau

En la dorada década de los cincuenta, Jean Cocteau tuvo una frenética actividad, a pesar de estar pasando por lo que se ha llamado “su etapa del opio”. En 1953 preside el Festival de cine de Cannes. Decora (tatúa, dice él) la Villa Santo Sospir en Saint-Jean-Cap-Ferrat; pinta los frescos de la Capilla de los Pescadores de San Pedro en Villefranche y realiza los frescos de la sala de matrimonio de la Alcaldía de Menton. También hace varios cruceros por el Mediterráneo en su yate Orfeo II con su pareja de entonces, el actor Jean Marais. En 1960 rueda en Antibes Viaje al país de lo insólito. Por esos días no solo ama la Costa Azul sino que se siente apóstol de ella. Dice: “Es larga la lista de los poetas y pintores refugiados en la Costa que constituyen un adorno de ella. Matisse y Picasso nos han dado el ejemplo.”

Ginger Rogers
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Ginger Rogers

La gran bailarina, la eterna pareja de Fred Astaire, asistió en varias ocasiones al festival de cine de Cannes. Virginia Katherine McMath, que así se llamaba la chica de los ojos azules y el pelo dorado, pisó la alfombra roja por su papel en Me siento rejuvenecer, de Howard Hawks, que hizo con Cary Grant. No sería la única vocación francesa de Ginger: unos años más tarde, durante la segunda Guerra Mundial, mantendría un breve y apasionado romance con el actor Jean Gabin que sólo terminaría cuando Gabin encontrara en Hollywood a otra rubia inmortal: Marlene Dietrich.

Pablo Picasso
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Pablo Picasso

Pablo Picasso tuvo siempre la nostalgia del sol. sus años en La Costa azul fueron lo que uno de sus biógrafos llama “un periodo fértil, lleno de felicidad e intensidad creativa”. Vagabundo impenitente (Saint Raphael, Antibes, Vallauris, Cannes, Mougins, donde moriría), alma de las alegres noches de Scott Fitzgerald y sus amigos e invitado casi fijo en el festival de Cine de Cannes, Para la iconografía del pintor han quedado las fotografías de algunos de sus cronistas de excepción, como los fotógrafos Edward Quinn, Clergue Doisneau, Gatti, Lartigue, David Duncan y André Villers.

Salvo algunas travesuras intelectuales protagonizadas por los americanos de Antibes, con Scott Fitzgerald y Zelda a la cabeza, la Costa Azul fue un día un remanso de paz y libertad en el que se reunía la mayor cantidad de talento y arte por metro cuadrado del mundo conocido.

Premios Nobel de Literatura, hasta ocho a la vez, repartidos en pequeños lugares separados por un puñado de kilómetros; pintores de fama mundial y escritores célebres acompañaban a miembros de la nobleza más antigua y a alegres individuos y sus consortes, oficiales o no, que dormían, con cierta inquietud, sobre fortunas muchas veces millonarias.

Los Nobel Iván Bunin y Maurice Maeterlinck se codeaban con Henri Matisse y Pablo Picasso; Rosthchild y Vanderbild pasaban sus tardes de la Riviera con Edith Wharton y Carolina Otero; Leopoldo ii de Bélgica se acercaba al Casino de Montecarlo y allí se encontraba, quizás, con Vicente Blasco Ibáñez o Somerset Maugham; Jean Cocteau tomaba el té con la Begum y Luis Miguel Dominguín.

Todos ellos habían llegado huyendo de algo: del fastidio de la fama o las obligaciones de la corte, de la intolerancia ante la homosexualidad o la formalidad del matrimonio consagrado por la Iglesia, de las penosas obligaciones que conllevan la pobreza o la riqueza, del fascismo o del comunismo. Todos ellos eran brillantes fugitivos que se encontraron allá abajo.

El mundo del cine, con sus oropeles y su inevitable ruido, apenas los había alcanzado. Y así fue hasta aquel septiembre de 1939 en el que estuvo a punto de celebrarse el primer Festival Internacional de Cine de Cannes. No tuvo lugar porque la guerra lo impidió, pero fue tan sólo un paréntesis: en 1946 la gran fiesta del cine comenzaría y no ha parado hasta hoy mismo.

Nuevos nombres se unieron a la feliz familia: Grace Kelly, que sería soberana de un reino en miniatura; el comandante Cousteau, marino y cineasta; Brigitte Bardot que encerraría bajo siete llaves el misterio de su soledad. Una vez al año, en primavera, llegan los sobresaltos y el glamour rompiendo la silenciosa placidez de los atardeceres frente al Mediterráneo. Nada volvió a ser lo que era y, seguramente, la mayoría no lo ha lamentado. 

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