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Porsche pisa el freno con sus eléctricos tras el tropiezo del Macan EV
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Porsche pisa el freno con sus eléctricos tras el tropiezo del Macan EV

La hoja de ruta de Porsche parecía inamovible: el futuro era eléctrico o no sería. Sin embargo, Stuttgart ha tenido que admitir que no se puede obligar al cliente a desear lo que no quiere

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Durante años se nos ha vendido que el coche eléctrico no era solo el futuro, sino el único camino posible. Que la transición sería rápida, natural y, sobre todo, deseada por el cliente. Porsche se creyó ese relato… y ahora está pagando la factura. La marcha atrás con los futuros 718 Cayman y Boxster no es una anécdota ni una concesión romántica a los puristas: es la confirmación de que forzar al mercado rara vez acaba bien.

En 2022, la marca de Stuttgart aseguró sin titubeos que la próxima generación del 718 sería exclusivamente eléctrica. Hoy, apenas tres años después, reconoce que habrá versiones de combustión. No porque el coche eléctrico sea malo (no lo es), sino porque el cliente medio de deportivos no lo quiere impuesto. Y porque la realidad del mercado premium es muy distinta a la que dibujaban los PowerPoint.

El problema es que este volantazo llega tarde y caro. El nuevo 718 fue concebido como eléctrico desde su génesis, lo que ahora obliga a Porsche a improvisar soluciones técnicas muy costosas y poco elegantes para acoplar motores de combustión a una base que se pensó para ser únicamente eléctrica. Pero incluso eso es secundario frente al verdadero detonante de este cambio de discurso: el Macan eléctrico.

El Macan EV: cuando el mercado dice no

Lo del Porsche Macan debería estudiarse en escuelas de negocio. Convertir tu modelo más vendido en un coche exclusivamente eléctrico fue una apuesta arriesgada… y les ha salido mal. Muy mal. Basta con salir a la calle: donde antes había Macan de gasolina por todas partes, ahora el eléctrico brilla por su ausencia. No es una percepción subjetiva, es un hecho respaldado por cifras. Sí, es cierto que lleva menos tiempo en el mercado, pero aun así es evidente el retroceso del modelo en ventas.

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En España, las ventas del Macan se desplomaron más de un 35% el año pasado. Y no porque el producto sea malo. Al contrario: el Macan eléctrico es rápido, tecnológico y objetivamente excelente. El problema es que el cliente no lo ha pedido. O, dicho de otra manera, no está dispuesto a aceptar lo que percibe como una renuncia.

Porque el coche eléctrico sigue sin ser, para muchos, una alternativa real al motor de combustión. No en comodidad, no en libertad de uso y, desde luego, no en coste. Viajar sigue siendo un engorro: infraestructura insuficiente, puntos que no funcionan, esperas mucho más largas y precios de carga rápida que hacen que repostar gasolina parezca barato. Todo ello para acabar dependiendo de una planificación constante que simplemente no existe con un motor térmico y que, en cierto modo, elimina la parte de improvisación y libertad que ha definido al automóvil desde prácticamente su creación.

Porsche ha acabado reconociendo lo evidente. Oliver Blume lo dijo sin rodeos: ‘’Siempre habrá clientes de Porsche que quieran un motor de combustión’’. No es una frase revolucionaria, es puro sentido común. Especialmente en un segmento donde el sonido, la respuesta mecánica y la conexión emocional forman parte esencial del producto.

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El problema es que durante años se ha intentado imponer el coche eléctrico como una obligación moral, no como una elección racional y personal. Y el mercado, como siempre, ha respondido con indiferencia o rechazo. El cliente premium no compra por dogma; compra por deseo. Y hoy ese deseo sigue pasando, en muchos casos, por la gasolina.

El giro estratégico de Porsche (con nuevos SUV de combustión en camino, híbridos que llegan antes que los eléctricos y motores V8 garantizados hasta bien entrada la próxima década) es una rectificación en toda regla. Necesaria, sí, pero costosa: miles de millones en impacto financiero, una caída notable en bolsa y una reputación algo magullada lo avalan.

Porsche no está renunciando al coche eléctrico. Está haciendo algo mucho más sensato: dejar de imponerlo. Apostar por una convivencia real entre tecnologías y permitir que sea el cliente, y no el regulador o la agenda política, quien decida. La pregunta ahora es si otras marcas aprenderán de este golpe o seguirán acelerando hacia una electrificación forzada que, por el momento, el mercado no está preparado para asumir. Porque una cosa es avanzar hacia el futuro y otra muy distinta es obligar a todo el mundo a llegar al mismo tiempo… y por el mismo camino.

Durante años se nos ha vendido que el coche eléctrico no era solo el futuro, sino el único camino posible. Que la transición sería rápida, natural y, sobre todo, deseada por el cliente. Porsche se creyó ese relato… y ahora está pagando la factura. La marcha atrás con los futuros 718 Cayman y Boxster no es una anécdota ni una concesión romántica a los puristas: es la confirmación de que forzar al mercado rara vez acaba bien.

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