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Cadáveres, voluntarios y animales: un relato del lado oscuro de los 'crash test'
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Cadáveres, voluntarios y animales: un relato del lado oscuro de los 'crash test'

La historia de los 'crash test' en el mundo de la automoción revela curiosidades, tragedias y avances que transformaron la seguridad vial tal como hoy la conocemos

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La seguridad en el mundo del automóvil, esa colección de avances que hoy damos por sentado (cinturones de seguridad, airbag, estructuras deformables, etc.) tiene una historia tan curiosa como incómoda. Antes de las sofisticadas pruebas instrumentadas de hoy en día, la experimentación con impactos se apoyó en recursos que hoy parecen sacados de una película macabra: cadáveres, animales y voluntarios humanos que se exponían a riesgos reales.

Este texto recorre, desde el principio hasta la actualidad, cómo nació y evolucionó el crash test hasta convertirse en ciencia imprescindible para salvar vidas.

Los albores: ciencia rudimentaria y mucha temeridad

Cuando el coche dejó de ser una rareza y se convirtió en producto de masas, la cuenta de víctimas creció más rápido que la reglamentación. En las primeras décadas del siglo XX las pruebas eran toscas: vehículos lanzados contra muros, rodando por pendientes o estrellados deliberadamente, con observaciones visuales y poco más. Para entender las lesiones humanas se recurrió a lo más directo: cuerpos humanos (cadáveres) y animales (a veces vivos, a veces ya fallecidos) que se colocaban en los coches. Estas prácticas, documentadas por la literatura científica y los archivos de ingeniería, daban resultados realistas, pero planteaban serios dilemas éticos.

placeholder John Stapp prueba el trineo cohete, 1956.
John Stapp prueba el trineo cohete, 1956.

En los primeros años del siglo XX, cuando todavía no existían dummies ni protocolos oficiales, algunas pruebas de choque se realizaron también con voluntarios humanos. Ingenieros y conductores de pruebas se ofrecían a sentarse en vehículos lanzados contra muros o a soportar violentas desaceleraciones en rudimentarios ‘trineos de impacto’. El objetivo era observar cómo reaccionaba el cuerpo ante una colisión, aunque el precio era a menudo lesiones graves: huesos rotos, latigazos cervicales o pérdidas de conocimiento. No faltaban también quienes lo hacían por espíritu aventurero o para demostrar confianza en los nuevos sistemas de seguridad que se estaban ensayando, como los primeros cinturones. Estas prácticas, hoy inconcebibles, muestran hasta qué punto el progreso en seguridad se apoyó en una mezcla de ciencia, valentía y una buena dosis de temeridad.

Y es que, aunque muchos voluntarios salieron ilesos o con lesiones menores, también hubo casos fatales. Algunos ensayos con aceleradores humanos y trineos de impacto terminaron con la muerte de participantes debido a fallos en el equipo o a la brutalidad de las fuerzas soportadas. En la Fuerza Aérea de Estados Unidos, donde se investigaba la resistencia del cuerpo a la desaceleración extrema, se registraron fallecimientos de soldados y técnicos que se ofrecían para las pruebas. En Europa también se documentaron accidentes mortales en experimentos con coches estrellados deliberadamente, donde el voluntario ocupante no sobrevivió a las lesiones internas. Estas tragedias, aunque poco divulgadas en su momento, sirvieron para tomar conciencia de los límites de la experimentación con personas y reforzar la necesidad de crear dummies capaces de asumir esos riesgos sin poner vidas humanas en juego.

placeholder John Stapp prueba el trineo cohete, 1956.
John Stapp prueba el trineo cohete, 1956.

Los primeros dummies

La necesidad de un método repetible y ético llevó a la invención del primer dummy orientado a ensayos: ‘Sierra Sam’, creado a finales de los años 40 originalmente para ensayos aeronáuticos y adaptado luego a automoción. Estos primeros maniquíes intentaban reproducir dimensiones, peso y articulaciones humanas, además de portar instrumentos que midieran fuerzas y aceleraciones. La llegada de los dummies cambió la investigación: se pasó de observaciones cualitativas a mediciones cuantitativas reproducibles.

En la década de 1960 el debate público sobre la seguridad del automóvil (impulsado, entre otros, por libros y prensa) precipitó leyes y normas. Inventores como Samuel Alderson desarrollaron dummies cada vez más sofisticados: su modelo VIP en 1968 introdujo elementos como costillas de acero y columna articulada para aproximar mejor la biomecánica humana. A partir de ahí la industria y las agencias reguladoras (EEUU, Europa y Japón) impulsaron derivados (los conocidos Hybrid I/II/III) que se convirtieron en referencia para crash tests frontales, laterales y posteriores.

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A pesar del avance de los dummies, hubo episodios polémicos que reavivaron el debate ético. En 1993 se hizo pública la utilización de cientos de cadáveres en pruebas de choque por parte de algunos equipos de investigación en Alemania. También ocurrió en otros países como Austria. Los defensores de esta práctica alegaban la necesidad científica para entender lesiones reales. Los críticos invocaban el consentimiento y la dignidad de los cuerpos. Paralelamente, durante los años 80 y principios de los 90, distintas campañas de grupos animalistas sacaron a la luz que miles de animales (cerdos, ratas, ratones y otros) habían sido usados en ensayos de seguridad en automoción, lo que impulsó protestas y presión para utilizar métodos alternativos. Estas controversias ayudaron a consolidar normas éticas más estrictas y a acelerar la inversión en dummies más fiables y en simulaciones por ordenador.

De los sensores a la simulación digital

Por fin, el siglo XXI trajo microelectrónica, nuevos sensores y modelado por elementos finitos (simulaciones numéricas). Los dummies incorporaron cientos de transductores y se desarrollaron variantes para distintos cuerpos: niños, ancianos, mujeres, e incluso morfologías que representan mayor índice de masa corporal. En 2024-2025 hubo esfuerzos notables para reducir un sesgo histórico: dummies femeninos con pelvis y características anatómicas específicas (proyectos como ‘Thor’ en algunos programas) que buscan cerrar la brecha en protección real entre sexos. Además, la conjunción de modelos físicos y simulaciones virtuales permite realizar miles de ensayos ‘en silicio’ que complementan y reducen la necesidad de pruebas físicas invasivas.

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Más allá de los laboratorios, los crash test han dejado historias tan sorprendentes como insólitas. En los años 50, el coronel John Stapp, médico de la Fuerza Aérea estadounidense, se convirtió en el hombre más rápido sobre la Tierra al dejarse lanzar en un trineo cohete que alcanzó más de 1.000 km/h, soportando fuerzas G extremas con el fin de estudiar la tolerancia humana.

Por otro lado, en Alemania, durante los años 70, algunos investigadores no dudaban en probar ellos mismos cinturones y sistemas de retención, aun sabiendo que podían acabar lesionados. Incluso hubo un tiempo en que los dummies llegaron a ser pequeños iconos culturales: en EEUU protagonizaron anuncios de televisión y campañas educativas donde se les daba personalidad humorística para concienciar sobre el uso del cinturón. Y entre los más recientes avances curiosos está el desarrollo de maniquíes embarazadas o con sobrepeso, destinados a entender mejor cómo las distintas condiciones físicas influyen en la seguridad real de los ocupantes.

La historia de los crash test es, en esencia, la historia de una tensión: entre la necesidad de conocer cómo muere o se lesiona un cuerpo en un impacto para lograr evitarlo, y el precio moral de ciertos métodos. Hoy los dummies sofisticados, las normas internacionales y la simulación digital han permitido reducir sensiblemente el uso de cadáveres y animales, mejorar la protección de todos los ocupantes y salvar vidas. No obstante, la evolución continúa: incorporar diversidad corporal real en las pruebas y mejorar la ética del ensayo siguen siendo retos abiertos.

La seguridad en el mundo del automóvil, esa colección de avances que hoy damos por sentado (cinturones de seguridad, airbag, estructuras deformables, etc.) tiene una historia tan curiosa como incómoda. Antes de las sofisticadas pruebas instrumentadas de hoy en día, la experimentación con impactos se apoyó en recursos que hoy parecen sacados de una película macabra: cadáveres, animales y voluntarios humanos que se exponían a riesgos reales.

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