aprueba su ley de cambio climático y transición energética

Baleares dirá adiós al diésel en 2025: ¿cómo debería actuar la industria del automóvil?

Un análisis sobre cómo la patronal del automóvil saca toda su artillería contra las leyes de movilidad sostenible y cómo debería sumarse al trabajo contra el cambio climático

Foto: Gasolinera Galp en la avenida de Arcentales con el precio del combustible en sus paneles. (EFE)
Gasolinera Galp en la avenida de Arcentales con el precio del combustible en sus paneles. (EFE)

El Govern balear tiene previsto aprobar en el pleno de este martes 12 de febrero su Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Lo normal sería que una ley regional no ocupase a demasiados medios estatales, pero en las últimas semanas la patronal del autómovil, Anfac, ha hecho una potente campaña mediática, política y jurídica para tratar de pararla.

La repercusión de los comunicados de prensa de una organización que reúne las principales marcas de automóviles es colosal, pero no se han limitado a esto. Han interpuesto una queja ante la Comisión Europea, aludiendo que podría afectar gravemente al funcionamiento del mercado, además de instar al PP balear a apoyar políticamente su postura.

El motivo no es otro que la inclusión en la ley de la prohibición de la circulación de vehículos diésel a partir de 2025 y del resto de los vehículos de combustión interna a partir de 2035. Al tiempo que saca la artillería pesada contra la ley, la patronal trata de mantener un discurso de compromiso con el cambio climático, ante la innegable necesidad de conseguir un mundo que no emita más CO2 en 2050.

Lo que más llama la atención de toda esta historia han sido las acusaciones al Govern balear de pretender ser líderes contra el cambio climático, como si la causa no lo mereciera o no fuera precisamente eso, liderazgo climático, lo que piden los expertos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

La verdad es que el Gobierno de Francina Armegol no es tan innovador como afirma Anfac. Muchas ciudades, incluida Madrid, han puesto en marcha medidas que excluyen a los vehículos más contaminantes. Oslo directamente impide entrar a los vehículos diésel en episodios de contaminación. Países como Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Irlanda o Reino Unido están legislando en esa misma línea. Incluso una potencia automovilística como Francia se ha comprometido con la ineludible tarea de la descarbonización del transporte.

La pregunta es: ¿por qué Anfac no dedica sus esfuerzos a trabajar en el gran reto de la movilidad sin emisiones? Mientras que la patronal española y la europea insisten en pataletas, legales o mediáticas, Tesla se va consolidando como la marca de los coches más soñados, y los coches eléctricos chinos tratan de meterse en el mercado europeo. Pero además hay que enfrentarse cuanto antes a una realidad poco visibilizada: todo apunta a que en ese futuro descarbonizado, habrá menos vehículos privados.

Quizás el descenso en las ventas de coches de los últimos meses sea el comienzo de ese futuro con menos vehículos. Es una buena noticia para la sostenibilidad global, ya que los perjuicios del coche no acaban en la contaminación y el calentamiento del planeta. Pero se necesita una planificación que permita asegurar que esa disminución en el consumo de coches no se traduce en un aumento del desempleo.

Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la puesta en marcha de políticas dirigidas a implementar el acuerdo de París de 2015 permitiría la creación de unos 24 millones de puestos de trabajo en todo el mundo de aquí a 2030, cuatro veces más de los que se perderían. Pero, obviamente, se deberá afrontar una transición en el empleo y ser especialmente cuidadosos con ese 9% de empleos que dependen de la industria del automóvil, para que se beneficien de esos otros miles de empleos ganados.

En resumen, la respuesta de Anfac ante la valiente decisión del Govern balear es un esfuerzo poco útil para la sociedad, que lejos de ayudar a mantener el empleo en la industria automotriz contribuye a crear una crisis en el sector que podría tener consecuencias terribles para la economía española. Pero además hace patente la falta de liderazgo industrial en la descarbonización de la economía y nos hace ser muy pesimistas en cuanto al futuro que les espera a nuestras hijas e hijos.

Afortunadamente, son esas nuevas generaciones las que están alzándose en estos días pidiendo compromisos reales contra el calentamiento del planeta. Como optimista recalcitrante, me quedo con la esperanza de que la generación Greta consiga cambiar el rumbo de las cosas.

*Nuria Blázquez es coordinadora de Transporte en Ecologistas en Acción.

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