El dólar se quema: el plan de Trump para no pagar la deuda
Mientras potencias rediseñan el sistema financiero global y desafían la hegemonía monetaria, España permanece ajena, enfrascada en polémicas menores y sin proyecto estratégico propio
El presupuesto aprobado por la administración Trump —cuya lógica continúa influyendo en los republicanos radicalizados que controlan el Congreso— no es solo un instrumento fiscal. Es una bomba de relojería diseñada para detonar la arquitectura financiera global que hizo de EE.UU. la potencia dominante del siglo XX. En lugar de reducir la deuda pública, el objetivo de fondo parece ser desactivarla por colapso: licuarla a través de la inflación, destruir su valor real mediante la emisión masiva de dólares y socavar la confianza en los mecanismos tradicionales de deuda soberana. Es decir, pagar la deuda con humo.
Esta estrategia, lejos de ser improvisada, se ancla en una visión darwinista del poder: quien domina la moneda puede alterar las reglas del juego. Trump lo entendió pronto. Bajo su mandato, el déficit público volvió a crecer, incluso en años de bonanza. Pero es hoy, bajo su sombra, cuando el Congreso republicano ha empujado el nuevo presupuesto hacia una expansión del gasto militar sin precedentes, desfinanciando políticas internas y tensionando aún más la relación entre ingresos y gastos.
El dólar, tradicional reserva de valor mundial, se convierte así en un arma de destrucción selectiva: destruye valor para Estados Unidos en casa, pero sobre todo fuera de ella. El mensaje implícito: si el mundo financió alegremente nuestra deuda, ahora se la devolveremos impresa. A partir de ahí, la geopolítica se vuelve una guerra de papel moneda, y el que antes se arrodillaba ante la Fed, comienza a mirar a otras divisas, otras redes, otras rutas.
Esta estrategia —hiperinflacionaria en espíritu aunque todavía no en cifras— tiene un objetivo claro: China. No es casual que el mayor tenedor extranjero de deuda estadounidense haya sido, durante años, el gran rival estratégico. Trump lo dejó claro cuando forzó guerras comerciales mientras aumentaba el déficit con decisiones fiscales expansivas. Se trata, en el fondo, de hacer que los miles de millones de dólares que China tiene en bonos estadounidenses valgan menos cada trimestre.
Pero la jugada es arriesgada. Porque el yuan, respaldado por las reservas del Estado chino, está dando pasos hacia una internacionalización progresiva. El yuan digital, las rutas de la seda y los pactos en monedas locales con países africanos, asiáticos y latinoamericanos son síntomas de una estrategia alternativa: crear un mundo post-dólar. La paradoja es brutal: Trump, intentando salvar la hegemonía de EE.UU. por medios unilaterales y antiglobalistas, puede estar firmando su acta de defunción financiera.
En medio de este panorama, las criptomonedas emergen como un territorio sin patria. No es casual que muchos sectores trumpistas hayan coqueteado con ellas. No por su espíritu libertario, sino por su funcionalidad táctica: una vía paralela de transferencia de valor ante la caída del dólar. Lo que se presentaba como alternativa antisistema ha sido asimilado como válvula de escape de un sistema que se descompone.
No hay que engañarse: ni Bitcoin ni Ethereum están hoy en condiciones de sustituir al dólar como moneda de reserva. Pero sí marcan el inicio de una desintermediación financiera, que a medio plazo puede hacer que los estados pierdan el monopolio efectivo de la creación monetaria. A diferencia del oro, las criptomonedas son redes, no solo reservas. Y en tiempos de incertidumbre, los flujos importan más que los cofres.
En abril de 2014, escribimos una tribuna en El Confidencial titulada "La continuación de la historia", en la que se advertía que los conflictos del siglo XXI no serían de trincheras, sino de símbolos, algoritmos y deuda. Diez años después, asistimos a la confirmación de aquella intuición: el orden financiero que sustentó la posguerra se está descomponiendo. Lo que parecía una evolución progresiva ha mutado en descomposición activa.
Trump ha entendido —quizá instintivamente— que el mejor modo de no pagar una deuda es cambiar las condiciones del contrato. Y en eso consiste el presupuesto aprobado: un salto hacia la irresponsabilidad monetaria maquillado de patriotismo fiscal. Pero no hay magia sin consecuencias. Cuando el dólar se quema, el incendio es global.
Mientras en Washington se aprueban presupuestos que reconfiguran el orden monetario global y en Pekín se diseñan estrategias para desplazar al dólar como divisa dominante, España sigue debatiendo sobre prostitutas, comisiones y corrupciones de saldo. La distancia no es solo física: es histórica, intelectual y estratégica.
España, lejos de adoptar una posición en el nuevo tablero global, persiste en su ensimismamiento morboso, atrapada en tertulias de baja estofa y escándalos circulares. La economía se mueve por inercias, las decisiones se toman en Bruselas o se postergan por cálculo electoral, y el debate público ha sido sustituido por una dramaturgia de bar. Mientras las monedas luchan por su hegemonía, nosotros discutimos si una concejala fue grabada en un prostíbulo o si una diputada se vacunó antes de tiempo.
Este no es un problema de ideología: es un problema de estatus histórico. España es hoy una potencia secundaria con mentalidad de colonia, gestionada por élites mediocres cuya única obsesión es el control del relato. Incapaz de tener proyecto nacional, se refugia en una administración cada vez más asfixiante que regula lo irrelevante y descuida lo esencial. En lugar de pensar en su lugar en el mundo, piensa en cómo mantenerse a flote sin incomodar a sus amos monetarios.
La reforma fiscal se delega. La política energética se improvisa. El modelo productivo sigue sin redefinirse. Y mientras tanto, las nuevas rutas de inversión —chinas, árabes, tecnológicas— pasan de largo por nuestros puertos. El dinero ya no llama a esta puerta. Y no es que no haya recursos; es que no hay visión.
Hace años, uno de nosotros acuñó el concepto del idiota ilustrado para describir esa figura del opinador profesional que, aun con todos los datos, insiste en el diagnóstico equivocado porque no le interesa la verdad, sino la aceptación del grupo dominante. En la España de 2025, esa figura domina los parlamentos, las universidades y las redacciones. Es un personaje que habla de sostenibilidad sin saber qué significa la curva de rendimientos, que milita en causas globales sin entender cómo se diseñan los presupuestos militares, y que celebra cada subvención europea como si fuera una victoria moral, cuando no es más que una paga por obedecer.
España, si no despierta, será el primer país occidental en convertirse en irrelevante por voluntad propia. No por colonización exterior, sino por desertificación.
Ya en La continuación de la historia, advertíamos que las naciones que no controlasen sus símbolos y relatos serían convertidas en provincias sin mando. Hoy, esa advertencia se ha cumplido. España no escribe su historia: la comenta. No construye sus instituciones: las ocupa. No decide su destino: lo delega. Por eso, cuando el dólar se quema y el mundo se reconfigura, España está en otra cosa. Como una caricatura trágica de sí misma, vuelve al viejo bucle de siempre: sexo, poder, dinero y televisión. Y ni siquiera con estilo.
*Pedro Chavero, escritor y exsindicalista, y Marcos Díaz, físico e ingeniero informático
El presupuesto aprobado por la administración Trump —cuya lógica continúa influyendo en los republicanos radicalizados que controlan el Congreso— no es solo un instrumento fiscal. Es una bomba de relojería diseñada para detonar la arquitectura financiera global que hizo de EE.UU. la potencia dominante del siglo XX. En lugar de reducir la deuda pública, el objetivo de fondo parece ser desactivarla por colapso: licuarla a través de la inflación, destruir su valor real mediante la emisión masiva de dólares y socavar la confianza en los mecanismos tradicionales de deuda soberana. Es decir, pagar la deuda con humo.