El acuerdo de Nvidia dice algo importante sobre la relación entre las empresas y el Gobierno bajo la presidencia de Trump. Sus intromisiones habituales en las salas de juntas —adquiriendo participaciones accionariales, porciones de los ingresos o "acciones de oro"; presionando a las empresas para que bajen los precios o vendan medicamentos a través de un sitio web federal— son una especie de capitalismo de Estado, en el que el Estado no es necesariamente propietario de las empresas, pero utiliza su considerable influencia para dirigir su comportamiento. El capitalismo de Estado es una vía de doble sentido. Muchas empresas, al alinearse con la agenda de Trump, obtienen un mejor trato en cuanto a su capacidad para vender a China, los aranceles que pagan, cómo se regulan y qué fusiones se permiten. En otras palabras, el capitalismo de Estado no solo sirve a los intereses del Estado, sino también a los de los capitalistas favorecidos.
Nvidia, en efecto, está pagando por una licencia que antes era gratuita, pero no se ha opuesto. Al fin y al cabo, está obteniendo acceso a un mercado lucrativo que, de otro modo, estaría fuera de su alcance. En agosto, poco después de que Trump propusiera por primera vez una reducción del 15 %, el director ejecutivo Jensen Huang declaró en una entrevista: "Cualquier cosa que sea necesaria para que se apruebe que podamos vender en China, nos parece bien". Si esta cómoda relación entre el Estado y determinados capitalistas es buena para el país es otra cuestión. El capitalismo de Estado no es ni el socialismo, en el que el Gobierno es propietario de los medios de producción, ni el capitalismo liberal. Se trata más bien de un híbrido, cuyas variantes son habituales desde hace tiempo fuera de EEUU. Antaño popular en Japón y Europa Occidental, sigue siendo prominente en China, Rusia y otros países en diversos grados.
"Cualquier cosa que sea necesaria para que se apruebe que podamos vender en China, nos parece bien"
En EEUU, la adquisición de participaciones en empresas o la expropiación de su producción se limitaba antes a guerras o emergencias, como la crisis financiera y el COVID. Trump lo ha convertido ahora en una práctica habitual. "Creo que deberíamos adquirir participaciones en empresas", declaró Trump al The Wall Street Journal la semana pasada. "Ahora bien, hay quien diría que eso no suena muy americano. En realidad, yo creo que sí lo es". En privado, muchos líderes empresariales rechazan las intromisiones de Trump, al igual que deploran sus ataques a la Reserva Federal y a los bufetes de abogados y empresas de medios de comunicación que se le oponen. En público, la mayoría guardan silencio o incluso le apoyan. Las razones son complejas. El miedo es una de ellas. La solidaridad con la agenda general del presidente es otra. Tras la avalancha de regulaciones y medidas coercitivas del expresidente Joe Biden, muchos están encantados con los nombramientos favorables a las empresas de Trump. Está reduciendo las regulaciones y la supervisión sobre las empresas, aprobando más fusiones y promulgando recortes fiscales para las mismas.
La mayoría preferiría un Gobierno que fuera a la vez poco intervencionista y neutral. Con Trump, eso no es realmente una opción. Por eso, muchos buscan colaborar estrechamente con él y su círculo más cercano en sus objetivos más importantes. Pfizer, por ejemplo, ha acordado bajar los precios de algunos medicamentos para los compradores estadounidenses, vender algunos a través de un portal federal denominado TrumpRx e invertir en la fabricación en EEUU, a cambio de una exención de los aranceles. En un acto celebrado en la Casa Blanca, el director ejecutivo de Pfizer, Albert Bourla, agradeció a Trump y prometió que el acuerdo "histórico" cumpliría las exigencias que Trump había establecido para reducir los costes de los medicamentos.
Mantenerse del lado de Trump tampoco le vino mal a Pfizer cuando se vio envuelta en una guerra de ofertas por Metsera, una empresa emergente dedicada a los medicamentos contra la obesidad, enfrentada a la danesa Novo Nordisk. Mike Davis, un activista legal republicano con estrechos vínculos con el círculo más cercano a Trump, exigió en un artículo de opinión que Trump y la Comisión Federal de Comercio (FTC, por sus siglas en inglés) "no se quedaran de brazos cruzados mientras una empresa extranjera [Novo] intentaba eludir la necesaria supervisión antimonopolio de nuestro Gobierno". La FTC planteó entonces sus preocupaciones sobre la forma en que Novo había estructurado su oferta, lo que llevó a Metsera a venderse a Pfizer. La FTC hizo "lo que consideró correcto y no tiene nada que ver con mis relaciones con la administración Trump", dijo Bourla en la CNBC.
La alineación entre el Estado y los capitalistas ha sido más evidente en la búsqueda de la inteligencia artificial. Silicon Valley y Trump están unidos en su convicción de que la carrera por la IA es crucial para mantener el crecimiento económico de EEUU y su liderazgo estratégico sobre China. Desde el principio, Silicon Valley ha apoyado a Trump. Los principales ejecutivos asistieron a su toma de posesión y al día siguiente, en la Casa Blanca, el presidente anunció un proyecto de infraestructura de IA de 500.000 millones de dólares denominado Stargate, liderado por OpenAI, Oracle y SoftBank.
La alineación entre el Estado y los capitalistas ha sido más evidente en la búsqueda de la inteligencia artificial
Trump, por su parte, ha respaldado firmemente las prioridades de la industria. Derogó las directrices de Biden sobre IA en materia de seguridad nacional y salud pública, y ha impulsado un mayor esfuerzo energético para satisfacer las voraces necesidades eléctricas de la IA. La semana pasada, Trump firmó una orden ejecutiva para castigar a los estados que regulan la IA. Las importaciones tecnológicas clave, incluidos los chips de Nvidia y los iPhones de Apple, se han librado en gran medida de los aranceles hasta ahora. Más allá de simplemente impulsar la industria, la administración Trump está participando en ella. Poco después de que Trump exigiera y obtuviera una participación del 10 % en Intel, Nvidia también invirtió en la empresa, un proveedor y posible competidor. Esa ha sido solo una de las muchas operaciones "circulares" que han difuminado las líneas entre competidores, clientes y, en algunos casos, el propio Gobierno federal. Nvidia también ha invertido en OpenAI, Anthropic y xAI, todas ellas empresas que utilizan sus chips. Microsoft, que proporciona potencia informática a OpenAI y Anthropic, ha invertido en ambas. SoftBank ha invertido en OpenAI, y OpenAI tiene una garantía sobre las acciones de AMD, competidor de Nvidia.
Esto se asemeja ligeramente a la propiedad entrelazada que en su día caracterizó a la economía japonesa. Por un lado, la cooperación entre los principales actores de la IA podría impulsar la inversión y mantener a EEUU por delante de China. Por otro, podría levantar barreras a los forasteros en detrimento de la competencia y la innovación. Los acuerdos circulares de IA "no son adquisiciones directas, sino más bien asociaciones y coinversiones", afirma Doha Mekki, que trabajó en la división antimonopolio del Departamento de Justicia durante las primeras administraciones de Trump y Biden. Pero "si se representan gráficamente, sus combinaciones empiezan a parecerse a los trusts", en referencia a las entidades corporativas a las que se dirigían las primeras leyes antimonopolio. "Las agencias antimonopolio deberían plantearse preguntas sobre estas relaciones". Hasta ahora, la competencia en el ámbito de la IA parece bastante saludable. Y el Departamento de Justicia afirma que está atento a cualquier comportamiento anticompetitivo.
Sin embargo, en un plano más amplio, a la administración le preocupa más crear campeones nacionales que puedan competir en el extranjero que preservar la competencia en el país. Permitió a Hewlett Packard Enterprise adquirir su rival Juniper Networks, a pesar de las objeciones del personal antimonopolio del Departamento de Justicia. La razón aparente: la empresa combinada sería un competidor más fuerte para la china Huawei. La adquisición por parte de Alphabet, matriz de Google, de la empresa emergente de ciberseguridad Wiz por 32.000 millones de dólares, a la que probablemente se habrían opuesto los nombramientos de Biden, parece encaminarse hacia su aprobación. Si la IA es, como se teme, una burbuja, su estallido pondría en peligro el capital que financia los centros de datos y el crecimiento económico de EEUU. Conscientes de estos riesgos, algunos en Silicon Valley piensan que Washington debería respaldar a la industria, como en su día respaldó a los bancos. OpenAI ha pedido "subvenciones, acuerdos de reparto de costes, préstamos o garantías de préstamos para ampliar la capacidad y la resiliencia de la base industrial".
Ninguna empresa encaja mejor en el perfil de campeón nacional que Nvidia, que tiene una cuota de mercado dominante en las unidades de procesamiento gráfico utilizadas en el entrenamiento y la inferencia de modelos de IA. Tanto la administración Biden como, en un principio, la administración Trump impidieron a Nvidia vender muchos de sus chips más avanzados a China. Dado que la capacidad de la IA se considera fundamental para el dominio económico y militar, las restricciones tenían por objeto frenar el avance de los principales modelos de IA chinos, como DeepSeek.
Ninguna empresa encaja mejor en el perfil de campeón nacional que Nvidia
Huang se ha reunido en repetidas ocasiones con Trump y otros funcionarios y también ha acudido al Capitolio. Argumenta que permitir las ventas garantizaría el liderazgo de EEUU al mantener a los desarrolladores chinos dependientes de una "pila tecnológica" estadounidense. Sin los chips estadounidenses, dijo a principios de este mes en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, "van a construir su propia pila completa. Una vez que hayan construido toda esa pila completa, la exportarán tan rápido como se pueda imaginar". Dentro de la Casa Blanca, el asesor tecnológico David Sacks ha planteado el mismo argumento, estableciendo un paralelismo con la forma en que Huawei superó a las empresas occidentales para tomar la delantera en las telecomunicaciones 5G. Escribió en X: "China está exportando chips de Huawei y modelos DeepSeek al Sur Global. Si no facilitamos la exportación de la pila de IA estadounidense, perderemos esta carrera tecnológica en gran parte del mundo".
Antes de Trump, Biden ya había adoptado la política industrial, es decir, el apoyo del Gobierno a los sectores favorecidos. Firmó la ley bipartidista CHIPS, que destinó miles de millones de dólares en subvenciones a Intel y otras empresas para construir instalaciones capaces de fabricar chips avanzados, como los de Nvidia. Pero, a diferencia de Biden, Trump ha afirmado que Washington debe obtener valor de las empresas privadas que necesitan su ayuda. La Administración ha adquirido participaciones en empresas con las que ha concertado contratos y préstamos para impulsar el suministro de minerales críticos. El secretario de Interior, Doug Burgum, declaró el viernes al Journal que esas participaciones estarán inicialmente en manos de un fondo soberano.
Trump ha convertido la subvención a Intel en capital. A pesar de la dilución para los accionistas existentes, las acciones de Intel subieron. Los inversores apuestan por que el Gobierno federal dirija los negocios hacia Intel, al igual que hace Pekín con sus campeones nacionales. Es posible que la opinión de Huang y Sacks sobre las ventas de chips de Nvidia a China haya prevalecido sobre la de sus oponentes por sus propios méritos. Aun así, es probable que la cuota de ventas del 25 % haya ayudado. El riesgo, por supuesto, es que los beneficios del Tesoro con Intel y las ventas de chips a China distraigan la atención de la seguridad nacional. Por ejemplo, tras convertir sus subvenciones CHIPS en capital, Intel ya no está sujeta a las condiciones que la administración Biden impuso a esas subvenciones destinadas a crear cierto tipo de capacidad avanzada en semiconductores en EEUU.
En el Consejo de Relaciones Exteriores del mes pasado, Gina Raimondo, que como secretaria de Comercio de Biden supervisó las subvenciones CHIPS, dijo: "No caigáis en la trampa de decir que vamos a hacer esto para ganar dinero para el Gobierno. No se trata de eso. Lo que se quiere es lograr y 'comprar' un resultado en materia de seguridad nacional". Se supone que el capitalismo de Estado beneficia al país. Sin embargo, existe una gran tentación por parte de quienes están en el poder de equiparar los intereses del Estado con los suyos propios, y el capitalismo de Estado empieza a parecerse al capitalismo de amiguismo.
Existe una gran tentación por parte de quienes están en el poder de equiparar los intereses del Estado con los suyos propios
Skydance Media, un estudio cinematográfico controlado por David Ellison, acordó el año pasado fusionarse con Paramount Global. Los reguladores de Trump no aprobaron la fusión hasta que Paramount resolvió una demanda presentada por Trump contra su división de noticias CBS por la edición de una entrevista con la candidata presidencial demócrata Kamala Harris. Paramount, ahora dirigida por Ellison, está pujando por Warner Bros. Discovery, que ha acordado vender sus estudios y el servicio de 'streaming' HBO Max a Netflix. El presidente Trump ha dicho que la propiedad del canal de noticias CNN de Warner debería cambiar, independientemente de qué empresa compre Warner. Ellison ha asegurado a los funcionarios de la administración Trump que, si compra Warner, realizará cambios radicales en CNN, blanco habitual de la ira de Trump, según ha informado el Journal. El yerno de Trump, Jared Kushner, participa en la oferta. La financiación proviene en gran parte del padre de Ellison, Larry Ellison, accionista mayoritario de Oracle y partidario de Trump.
En otros países donde el capitalismo de Estado es popular, el resultado está predeterminado. En Rusia, Hungría, Turquía y la India, los medios de comunicación críticos han sido comprados y amordazados por propietarios afines al partido gobernante. En EEUU, queda por ver si será el mercado o el Estado quien decida.
*Contenido con licencia de The Wall Street Journal. Traducido por Federico Caraballo