La verdad sobre Corea del Norte, en palabras de un desertor
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La verdad sobre Corea del Norte, en palabras de un desertor

Roh Chol Min, quien atravesó la frontera fortificada, describe una vida militar llena de corrupción, hambre y consagración al líder supremo, Kim Jong-un

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Se suponía que representaban la élite combativa de Corea del Norte. Cuando fue enviado a la Zona Desmilitarizada (DMZ) de Corea hace aproximadamente tres años, Roh Chol Min era un nuevo recluta en el frente. Estudió a sus 46 compañeros de milicia y vio a hombres como él: altos, jóvenes y unidos.

Roh había conseguido el codiciado puesto a finales del verano de 2017 gracias a su hábil puntería y su altura; 1,76 metros es mucha altura en Corea del Norte. Pero cuando acudió a su primera práctica de tiro, se quedó asombrado. Nadie más se había molestado en ir. Sus compatriotas habían sobornado a los altos mandos para saltarse el entrenamiento.

Lo que el nuevo soldado aprendió —y lo que finalmente le llevó a huir a Corea del Sur— fue la diferencia que le separaba de sus selectos camaradas. A diferencia de ellos, él no tenía dinero para comprar un mejor trato, ascensos rápidos, indultos para los entrenamientos y comida suficiente para no pasar hambre. "No vi futuro para mí", dice.

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El propio futuro de Corea del Norte parecía difuso cuando el líder Kim Jong-un evitó cualquier aparición pública durante tres semanas en abril y circulaban rumores sobre su muerte. Tras su reaparición, el Norte voló por los aires una oficina de enlace intercoreana después de que Kim Yo-jong, hermana y confidente de Kim, expresara su ira contra los grupos de desertores de Seúl que enviaban panfletos opuestos al régimen a través de la frontera. Corea del Norte anunció que había puesto en alerta a las tropas y había empezado a reinstalar altavoces de propaganda en la frontera desmantelados tras un compromiso intercoreano en 2018 para atenuar las tensiones militares.

Por último, la semana pasada, Kim ordenó inesperadamente la suspensión de toda acción militar dirigida a Corea del Sur. Corea del Norte retiró de nuevo los altavoces y todavía tiene que llevar a cabo medidas adicionales dirigidas al Sur.

Ahora, una creciente oleada de desertores está recreando la imagen a través de conmovedores relatos personales de precariedad

Aun así, el control del poder de Kim, en su plano más práctico, depende del Ejército de Corea del Norte, la institución suprema del régimen. Expertos militares de EEUU y Asia llevan mucho tiempo especulando con que las fuerzas armadas del país se están pudriendo desde dentro, sacudidas por la corrupción y por decisiones estratégicas que canalizan los fondos disponibles hacia armas nucleares e investigación sobre misiles en vez de cuidar de sus tropas.

Ahora, una creciente oleada de desertores está recreando la imagen a través de conmovedores relatos personales de precariedad.

Cerca de 33.000 norcoreanos han escapado a Corea del Sur a lo largo de los años, incluidas amas de casa, comerciantes e incluso unos cuantos diplomáticos. La mayoría lo hicieron a través de China. Desde 1996, solo 20 personas han huido a través de la altamente fortificada DMZ mientras servían en el Ejército, según un documento interno del Gobierno de Corea del Sur, revisado por 'The Wall Street Journal'.

'WSJ' habló con Roh durante más de 15 horas a lo largo del año pasado, en su primera entrevista con un medio occidental. Su explicación, que no puede ser confirmada de forma independiente, verifica y esclarece opiniones más generales defendidas por agencias de inteligencia, desertores norcoreanos e investigadores.

"Aquí era un ilegal", dice ahora Roh, de veintipocos años. "Si tenías dinero, podías básicamente salirte con la tuya en todo".

El líder norcoreano, que enfrenta sanciones de Occidente por su programa nuclear y tensiones generadas por la pandemia del coronavirus, necesita ahora más que nunca una indiscutible vitalidad militar. En un 'meeting' del Partido del Trabajo Coreano a finales del año pasado, anunció una 'nueva arma estratégica' que pronto sería desvelada y animó a su pueblo a apretarse el cinturón y prepararse para una vida sometida a sanciones. En la lucha del país contra el covid-19, en la que desde Pyongyang todavía no se ha anunciado ni un solo caso, los soldados tienen un papel fundamental a la hora de confinar fronteras y asegurar que los ciudadanos cumplen las medidas preventivas.

"¿No quieres un ascenso?", dice que le preguntó un comandante una vez, mientras le pedía una cantidad que no tenía

Corea del Norte cuenta con uno de los mayores Ejércitos permanentes del mundo, con alrededor de 1,2 millones de soldados en activo. Pyonyang dedica en torno a una cuarta parte de su producto interior bruto a gasto militar, la ratio más elevada rastreada entre 170 países según estimaciones del Departamento de Estado de EEUU. En cambio, el gasto estadounidense de defensa representa en torno al 3% del PIB.

Parte de ese dinero llega a las tropas en primera línea, para hacer hablar a los desertores. Roh, que servía justo al otro lado de la frontera con las tropas surcoreanas y estadounidenses, esperaba que el prominente papel de la DMZ implicaría comida abundante, un liderazgo organizado y un entrenamiento serio. En lugar de eso, los soldados morían por accidentes con armas y los superiores le robaban su comida. Adelgazó hasta los 40 kg en pocos meses, sobreviviendo a base de setas silvestres y evitando como fuera las tóxicas que habían matado a otros. La única cosa que había en abundancia, recuerda, eran cigarrillos.

"¿No quieres un ascenso?", dice que le preguntó un comandante una vez, mientras le pedía una cantidad que no tenía.

Los hombres norcoreanos, con pocas excepciones, sirven durante al menos 10 años. Son reclutados a una edad temprana en parte para adoctrinar una firme fidelidad al Estado. Pero hablamos de una situación de miseria que ha roto a algunos reclutas.

De 2016 a 2018, seis solados se fugaron por la frontera intercoreana. Uno esprintó a través de la frontera bajo un intenso tiroteo, y necesitó 12 litros de transfusión de sangre cuando fue tratado por médicos surcoreanos, ocupando titulares en todo el mundo. Se descubrió que tenía una lombriz parasitaria sorprendentemente larga en su estómago. Otro calzaba unas botas harapientas envueltas en ropa mientras servía en las montañas nevadas del este de Corea, antes de intentar escapar a través de la DMZ. Otro soldado activo desertó atravesando la frontera el año pasado.

Foto: Kim Jong-un. (Reuters)

Ninguno de los soldados habría sido notificado de la reciente ausencia de Kim si continuaran sirviendo dentro de Corea del Norte, dice Roh, ya que el noticiero dos veces al día no informa sobre el estado de salud del líder supremo. El público no supo por qué el líder se había ausentado durante casi siete semanas durante una operación de tobillo en 2014, y lo pudo intuir después, cuando apareció con un bastón y cojera. "La audiencia doméstica se desplaza a un segundo plano en estos temas", dice Roh.

De niño, Roh creció rodeado de un lujo relativo en un pueblo rural de montaña cerca de la frontera con China, con un televisor, un sofá y baterías para la electricidad. Sus abuelos pertenecieron a las altas élites educadas de Pyonyang: su abuelo incluso fue a la universidad con Kim Jong-il, el padre del actual líder. Sus dos padres trabajaron durante un tiempo, pero la vida se volvió más complicada cuando la economía se contrajo, y a menudo ambos estaban parados. Recuerda a su hermana mayor vendiendo plantas recogidas a mano para poder darle una patata para comer.

Dice que soñaba con entrar en el ejército norcoreano —un sentimiento que se intensificó cuando Kim asumió el cargo de líder supremo a finales de 2011—.

Antes de aterrizar en su puesto en la zona desmilitarizada, Roh fue llamado a una de las muchas unidades que conforman las 200.000 sólidas fuerzas especiales de Corea del Norte, en gran medida debido a su clase social. Cuando estaba en una verificación de antecedentes, Roh se acuerda de que un oficial del Ministerio de las Fuerzas Armadas Populares de Corea le vino a ver. "Tienes una buena base, camarada", le dijo el oficial.

placeholder Kim Jong-un. (Reuters)
Kim Jong-un. (Reuters)

En su primer puesto en las fuerzas especiales, sus límites físicos fueron puestos a prueba con entrenamiento militar y falta de alimento y de cuidados médicos apropiados. Su lealtad hacia Kim se reforzó con sesiones ideológicas diarias.

Un día 'glorioso', recuerda Roh, Kim, el líder en persona, visitó su base. Apareció en su lujoso monovolumen negro, escoltado por guardaespaldas. Roh dice que casi se atraganta al ver pasar al líder desde lejos. Lloró sobre su insípido plato de la cena, abrumado por la presencia del general. Sintió punzadas en su cabeza al no atreverse a mirarle a la cara.

Una vez Kim se marchó, Roh se puso de pie con sus compañeros, coreando con tono fanático: "¡Larga vida al general Kim!"

Incluso una imagen televisada de Kim inspeccionando una fábrica o una granja provocaba que Roh y sus compañeros soldado se sentaran derechos, limpiaran sus uniformes y aplaudieran al unísono. Se enseña a los ciudadanos desde una temprana edad que los líderes norcoreanos deben pertenecer a la 'línea de sangre del monte Paeku', con un linaje directo del fundador de la nación Kim Il-sung. Es inimaginable que alguien que no pertenezca a la dinastía Kim gobierne el país. Roh declara: "Es un respeto que solo se siente hacia los miembros de la familia Kim".

Cuando el desertor llegó al puesto en la DMZ tras superar un trayecto de 12 horas de tren en ferrocarriles norcoreanos de la época de la Segunda Guerra Mundial, se le ordenó transportar ladrillos a una obra para un nuevo comedor. Se le acercó un oficial: "Harás lo que digo. Si quiero golpearte, lo haré. Si te digo que te mueras, te morirás", dice que le aseguró.

Foto: Los marines surcoreanos patrullando. (EFE)

Se movilizó a los soldados para que transportaran ladrillos día y noche. A Roh solo se le asignó el proyecto de construcción durante sus primeros tres días. No llegó a ver la cafetería terminada, ya que desertó tras solo tres meses en el frente. La corrupción campaba a sus anchas en la frontera, donde se encontraban los hombres de élite. Los oficiales vendían el arroz suministrado a la unidad en un mercado cercano, alimentando a los soldados con gachas, que era más barato. Los soldados de primera línea, con padres de alto rango, llevaban efectivo encima para sobornar.

Su principal obligación era montar guardia en un puesto supervisando la DMZ. Roh hacía turnos de 13 horas en un uniforme que apenas le abrigaba. La temperatura descendía a casi -40º C. Cuando se ponía en marcha para trabajar por la mañana, se le agrietaba la piel y las cejas se le congelaban cada vez que respiraba. Los demás evitaban permanecer a la intemperie, habían sobornado a los comandantes de la unidad con dólares estadounidenses por cantidades de hasta 150 dólares al mes. El dinero compraba comida extra, prendas más abrigadas y llamadas semanales a las familias.

El dinero podía comprar un ascenso inmediato y ayudar a un soldado a escaquearse del entrenamiento. Roh se sentía devastado. Veía como los otros disfrutaban de más horas de sueño e iban a mercados locales a comprar pan dulce. Él no había podido hacer ni una sola llamada a su familia y pasaba la mayoría del tiempo en el puesto de vigilancia. Dentro de los puestos de guardia del frente en Corea del Norte, de las paredes colgaban 'posters' de aeronaves de Corea del Sur. Cada uno de los aviones de combate surcoreanos estaban etiquetados con su modelo debajo de la fotografía. En la pared había fotos de soldados surcoreanos vestidos de uniforme para familiarizarse con ellos. Roh se preguntaba si sus vidas serían diferentes mientras tiritaba en el frío.

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Kim Jong-un, desde una trinchera.

En las semanas previas a su abandono, Roh solía permanecer en su puesto de guardia, habiendo pasado días sin dormir. Llegaban mensajes codificados al teléfono mientras se sentaba solo dentro del puesto. "No te duermas", le indicaba un comandante. Algunos días, salía al campo a completar misiones imposibles: traer de vuelta 100 huevos de mantis religiosa en dos horas. Los oficiales vendían los huevos en el mercado para su uso en medicina China. Roh recorría el campo de juncos con una bolsa de plástico intentando cumplir la cuota, de la que los oficiales se beneficiarían.

Los soldados jóvenes como Roh estudiaban para convertirse en miembros del partido en el poder, el Partido del Trabajo. Obtener la afiliación es un paso adelante en la escala social en Corea del Norte, una nación dominada en todos sus aspectos por el partido gobernante. Para superar la prueba, Roh dedicaba el poco tiempo que tenía para memorizar la legislación militar llenando su cuaderno con el reglamento del ejército. Pero en un mes se encontró con que le faltaba dinero hasta para comprarse un cuaderno o lápiz nuevos.

Los oficiales presionaban al soldado para que llamara a sus padres para pedirles dinero. Una vez, le prestaron lo suficiente para hacer una llamada a casa de dos minutos. Como tenía un oficial sentado al lado presionándole para pedir dinero, no pudo decir una palabra sobre lo dolorosa que era la vida en primera línea. Su hermana le envió dinero para cubrir la llamada —el equivalente a un dólar—. Con los centavos que le sobraron, se compró un cuaderno y una linterna. La frontera olía a animal podrido. A menudo Roh escuchaba a jabalíes electrocutándose en la valla. Otras veces podía ver con sus prismáticos a turistas surcoreanos mirando curiosamente hacia su territorio.

Foto: Activistas envían los balones de helio a Corea del Norte, en una imagen de archivo. (Reuters)

En los días que condujeron a su decisión sobre si escapar, Roh cuenta que los oficiales militares le acusaron de robar tortas de arroz —un delito del que afirma ser inocente—. El líder de su pelotón le dio una paliza y se sometió a jornadas de autocrítica. Una mañana de diciembre de 2017, cuando recorría el corto camino hacia su puesto de vigilancia en la DMZ, pasó por su cabeza una idea tentadora —pero peligrosa—. Por primera vez se negó a saludar al pasar por debajo de una bandera de Corea del Norte. Después, levantó una verja metálica con la base de su rifle. Se deslizó por debajo. Y escapó.

Cuando huyó, atravesó aguas que le llegaban por el pecho, con el rifle al hombro, cargando 90 balas y dos granadas de mano. Cuando corría a través de la niebla hacia la libertad, esperando no pisar una mina terrestre, le vino a la mente un eslogan propagandístico: "Sea cual sea la tentación, debemos proteger a la nación".

El eslogan, incrustado en su memoria tras años coreándolo, le provocó escalofríos al evaluar la dimensión de su traición. Una vez había llegado a salvo al lado surcoreano, los soldados le gritaron: "¿Eres un desertor?" Roh estaba perplejo. Nunca antes había oído esa palabra. Ahora lee novelas de Sherlock Holmes, que encuentra mucho más entretenidas que las hagiografías de Kim que estaba obligado a consumir. La comida es tan abundante que a veces se salta alguna. Se ha vuelto aficionado al 'latte' caliente.

placeholder Infantes de marina surcoreanos patrullan una playa que limita con Corea del Norte en el mar del Oeste. (EFE)
Infantes de marina surcoreanos patrullan una playa que limita con Corea del Norte en el mar del Oeste. (EFE)

El exsoldado se ha matriculado recientemente en una universidad en Seúl y trabaja los fines de semana en un cáterin de bodas. Al seguir las clases en línea desde su casa, Roh se siente a salvo del coronavirus, y se preocupa por su familia en el norte, que no está protegida de la pandemia. Se estremece al pensar cómo se le trataría siendo soldado en Corea del Norte. "Dejarían que nos muriésemos", alega. "Para ellos somos de usar y tirar".

Se siente culpable por su deserción —sobre todo al no saber lo que le ha pasado a su familia—. El régimen de Kim a menudo castiga a los miembros de la familia de los desertores. Pero Roh intenta no obcecarse demasiado con lo que no sabe. Solo le causa más dolor.

"Intento olvidar todos los días", asegura.

Se suponía que representaban la élite combativa de Corea del Norte. Cuando fue enviado a la Zona Desmilitarizada (DMZ) de Corea hace aproximadamente tres años, Roh Chol Min era un nuevo recluta en el frente. Estudió a sus 46 compañeros de milicia y vio a hombres como él: altos, jóvenes y unidos.

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