Es imposible controlar el pánico en los mercados, pero sí nuestra reacción
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Es imposible controlar el pánico en los mercados, pero sí nuestra reacción

Los peligros que acechan al mercado se pueden ocultar o retrasar, pero nunca eliminar. Para los inversores, las caídas bien pueden convertirse en una nueva oportunidad

Foto: EC.
EC.

¿Cómo puede un organismo microscópico arrasar con casi 15 billones de dólares en las bolsas mundiales en solo cinco semanas?

Hasta hace poco, muchos inversores creían que los bancos centrales y otros organismos encargados de formular políticas podían controlar los ciclos económicos, y que ganar dinero en el mercado de valores era algo que se podía dar por sentado, de la misma manera que la ciencia y la tecnología parecían haber vencido las enfermedades que han azotado la humanidad durante milenios.

Quizá los inversores de hace un siglo tenían una visión más sabia. Creían que el mundo estaba gobernado por poderes invisibles y omnipresentes que podían ser apaciguados pero nunca controlados, y que los estados de pánico financiero eran una forma de castigo divino por los excesos pecaminosos de la prosperidad.

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No debemos considerar los pánicos bursátiles como artefactos pintorescos de los días de cinta de teletipo y compraventa telefónica. Más bien, son fuerzas que se pueden ocultar o retrasar pero nunca eliminar. Y creer que los estados de pánico han quedado obsoletos es una condición previa para su recurrencia.

La historia moderna de los mercados financieros es una crónica de intentos de controlar el riesgo, incluso eliminarlo. Uno tras otro, todos han fallado.

“Confiamos en innovadores en finanzas que parecen saber lo que hacen cuando intentan controlar el riesgo”, dice el economista e historiador financiero de la Universidad de Yale William Goetzmann. “Y luego vemos que la mitigación de riesgos no ocurre”.

Gráficos con la evolución del S&P 500.
Gráficos con la evolución del S&P 500.

La Reserva Federal, precisamente, se creó a raíz del pánico de 1907 para suavizar el riesgo de crisis financieras.

Algunos pensaron que el problema podría ser resuelto, como hizo el corredor de bolsa DeCourcy W. Thom al proclamar en el epílogo de 'A Brief History of Panic' ('Una breve historia del pánico'), del economista Clement Juglar, en 1916, lo siguiente: “Así como la medicina moderna está superando los peligros que amenazan al hombre en su físico, la economía moderna está superando el pánico y otros peligros que amenazan la estabilidad financiera”.

Estaba equivocado, como también lo han estado pronósticos similares desde entonces.

La Fed no pudo evitar el colapso de 1929 y, al no expandir la oferta monetaria a principios de la década de los treinta, probablemente empeoró la Gran Depresión.

En 1929, la Reserva Federal no pudo evitar el colapso y, al no expandir la oferta monetaria, probablemente empeoró la Gran Depresión

A mediados de la década de los ochenta, un fondo de cobertura informatizado llamado 'portfolio insurance' pretendía limitar las pérdidas para los grandes inversores institucionales; pero este fondo terminó siendo parcialmente culpado de la crisis financiera de 1987.

A mediados de la década de los dos mil, los ingenieros financieros crearon derivados cada vez más complejos como forma de dividir y redistribuir el riesgo. El entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, afirmó en 2005 que “esto contribuyó a la estabilidad del sistema bancario” al permitir a los participantes “medir y administrar sus riesgos crediticios de manera más efectiva”.

Pero el riesgo no se puede eliminar; solo se puede mover. Las técnicas impulsadas por Greenspan pueden haber causado la crisis financiera de 2008-2009, al hacer que los banqueros e inversores fuesen tan complacientes que nunca comprobaran suficientemente si sus suposiciones podían estar equivocadas.

Evolución del consumo interno.
Evolución del consumo interno.

Finalmente, en el periodo previo al último estado de pánico en los mercados, muchos inversores parecían creer que los fondos indexados y los ETF, que pueden ofrecer una amplia diversificación a un coste extremadamente bajo, habían eliminado de alguna manera el riesgo de poseer acciones.

Nuestros antepasados, por el contrario, creían que los estados de pánico eran formas de higiene indispensables en los mercados, barriendo el panorama de inversión después de cada orgía de prosperidad.

Esa idea fue capturada brillantemente por el ilustrador Frank Bellew en una caricatura para 'The Daily Graphic' de Nueva York, días después del inicio de un estado de pánico en el mercado en 1873. Un feo gigante se extiende a horcajadas por la calle, barriendo nubes de polvo y fragmentos de cinta de teletipo etiquetados así: “falsos agentes de bolsa”, “bancos inestables” y “ferrocarriles podridos”. Lleva pieles de cabra andrajosas y su cabello enredado en forma de cuernos que asoman desde su cuero cabelludo.

El pie de foto dice: “Pánico barriendo la basura de Wall Street”.

Nuestros antepasados creían que los estados de pánico eran formas de higiene indispensables en los mercados, barriendo tras la euforia

Bellew personifica a Pánico como el dios Pan, que atormentaba el campo de la antigua Grecia. Medio cabra, malhumorado y travieso, Pan era el dios de los rebaños, manipulándolos con la música de su flauta. Solía estar al acecho en las cuevas de las montañas, apareciendo de la nada al mediodía para sobresaltar a los viajeros.

No es de extrañar que los antiguos griegos llamaran a un miedo repentino 'panikos'. Proviene de la palabra Pan.

También fue el dios de la fertilidad. Y el pánico financiero, con la conmoción que crea, fertiliza la tierra para los nuevos competidores y siembra activos para aquellos que saben aprovecharlos al máximo.

Del auge y caída de las autopistas de peaje a principios del siglo XIX en Nueva Inglaterra se obtuvieron, más adelante y con facilidad, los derechos de paso para los ferrocarriles a través de bosques y campos. Y de la fiebre en acciones tecnológicas que se desplomaron entre 2000 y 2002 surgió el exceso de redes de fibra óptica que hace de la comunicación instantánea una ganga universal.

Evolución de la tasa de desempleo.
Evolución de la tasa de desempleo.

Las economías estadounidense y británica “no pueden subsistir sin sembrar vientos y cosechar tempestades de crisis financieras dos o tres veces durante cada generación”, escribió el periodista financiero Horace White en 1876. Las crisis financieras, dijo White, se repiten con “la regularidad de un reloj, y la gente finge saber cuándo esperar una nueva mirando el almanaque”.

EEUU sufrió graves estados de pánico financiero, de media, cada 13 años: en 1792, 1819, 1826, 1837, 1857, 1873, 1884, 1893 y 1907.

La gente solía considerar los auges y caídas como parte de "un ciclo vital natural", y no como situaciones que se pueden prevenir o controlar, explica Goetzmann, de la Universidad de Yale.

En ese ciclo natural, los empresarios que piensan que las condiciones comerciales mejorarán “se convertirán en núcleos contagiosos y comenzarán una epidemia de optimismo”, escribió el economista Wesley Clair Mitchell en su libro de 1913, 'Business Cycles'. Ese optimismo conduce a una “ola de prosperidad” que elimina la cautela y crea una euforia que culmina en un desplome bursátil, dejando a su paso el camino despejado para la recuperación. Enjabonar, enjuagar y repetir.

En las últimas décadas, los psicólogos han demostrado que las personas tienden a sobrevalorar la experiencia más reciente

En las últimas décadas, los psicólogos han demostrado que las personas tienden a sobrevalorar la experiencia reciente en sus predicciones del futuro financiero. Debido a que los mercados crecen más a menudo de lo que se derrumban, la experiencia de la mayoría de los inversores tiende a ser positiva con el tiempo. Cuanto más duren los buenos tiempos, más remota será la posibilidad de un declive, más confiados se sentirán los inversores y mayor número de riesgos correrán.

Hasta hace no mucho, esa euforia no parecía pecaminosa.

Un principio de pánico en la bolsa de valores de Ámsterdam fue la consecuencia natural del mercado alcista anterior, cuando a la cautela se la llamaba “insensatez, locura, y delito”, escribió el panfletista Joseph Penso de la Vega en 1688. “El espíritu de Acab y Satanás” había seducido a los especuladores para unirse al “júbilo” de la subida de precios.

Los inversores estaban desesperados en 1720 cuando las acciones de South Sea Co. se dispararon y luego colapsaron en Londres. Solo Dios podría devolverles la cordura, escribió Jonathan Swift al año siguiente en su poema 'Upon the South-Sea Project':

“Que él, a quien las leyes de la naturaleza obedecen, / quien levanta a los pobres y hunde a los orgullosos, / calme la furia del mar, / y aquiete la locura de la multitud”.

Los inversores, en épocas pasadas, no creían que el mercado de valores fuese eficiente. Pensaban que era, y siempre seguiría siendo, un torbellino de emociones. “Wall Street puede ser el hábitat natural del pánico tanto como la llanura lo es para los tornados”, dijo el financiero John Ferguson Hume en su libro de 1888 'The Art of Investing'.

"Wall Street puede ser el hábitat del pánico tanto como la llanura lo es para los tornados", dijo John Ferguson Hume en una obra escrita en 1888

La gente comprendió entonces lo que ahora hemos olvidado: cuando observas una burbuja, lo que deberías ver en esa superficie es el reflejo de ti mismo.

Después de todo, no son las inversiones las que hacen ganar o perder dinero; son los inversores, con nuestros propios excesos de avaricia y miedo. Y eso significa que los estados de pánico bursátil no son buenos momentos para reaccionar, son buenos momentos para la introspección.

Entonces, pregúntese: ¿he estado tomando más riesgos de los que soy consciente? Y, por otro lado, ¿cómo debo convertir el pánico en una oportunidad? ¿Cómo puedo mejorar mi cartera de inversiones y restablecer la sensación de control? ¿Debo vender algunas acciones o fondos para generar una pérdida fiscal que pueda usar para compensar ganancias o ingresos? ¿Me he aferrado demasiado tiempo a acciones mediocres o arriesgadas hasta ahora porque su venta habría generado una ganancia imponible en la que ya no incurriría hoy según las cotizaciones actuales?

La fe ciega en las herramientas para controlar el riesgo financiero nunca ha tenido sentido. Si alguna vez se pudiera eliminar el riesgo, los inversores se volverían de inmediato tan eufóricos que elevarían los precios de los activos financieros por las nubes, creando así un nuevo y enorme riesgo, con la ausencia de otros riesgos anteriores.

Los inversores nunca deben dejar de intentar controlar los riesgos. Pero no deberían nunca creer que nadie, ni ellos mismos, puede eliminarlos.

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