Mentes Inquietas
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¿Revolución o acto de fe? La paradoja de NVIDIA y la burbuja de Palantir
De fabricante de hardware para videojuegos a pilar global de la inteligencia artificial, la compañía multiplica ingresos y desafía los límites del mercado con su apuesta tecnológica y financiera
En la pantalla de un hospital, un algoritmo marca un punto que apenas distingue el ojo humano: posible cáncer incipiente. Detrás no hay magia, sino chips de NVIDIA, la empresa que en los noventa hacía tarjetas gráficas para videojuegos. Esa paradoja —de los píxeles a la inteligencia— resume una historia empresarial excepcional. En 2019 valía 119.000 millones en bolsa; hoy supera los 4 billones. ¿Cómo se explica este hecho histórico?
La historia comienza en un café de Silicon Valley en 1993. Tres ingenieros —Jensen Huang, Chris Malachowsky y Curtis Priem— compartieron una idea que parecía menor: mejorar los gráficos en 3D de los videojuegos. En aquella época, los PCs apenas podían mover mundos virtuales rudimentarios, y la propuesta sonaba algo para unos pocos. Pero Huang intuía algo mayor: esos chips no solo servirían para jugar, podían cambiar la forma en que los ordenadores pensaban.
La prueba llegó 6 años después. En 1999, NVIDIA lanzó la GPU, un chip capaz de dibujar mundos virtuales con una fluidez inédita. Fue como pasar del cine mudo al sonoro: los videojuegos dejaron de parecer maquetas torpes y pasaron a sentirse como mundos vivos y fluidos.
Lo que pocos advirtieron es que esa innovación escondía algo mucho más profundo. La GPU no solo movía píxeles: también podía ejecutar cálculos en paralelo a una velocidad imposible para un procesador tradicional. Sin saberlo, NVIDIA había encendido la chispa de lo que décadas después sería la inteligencia artificial.
El giro secreto: CUDA, la gasolina invisible
El siguiente salto no fue un chip nuevo, sino algo más discreto pero decisivo: en 2006 nació CUDA, un lenguaje que permitía a los programadores reescribir sus algoritmos para aprovechar la potencia de las GPUs.
Era como si una consola de videojuegos, además de mostrar dragones y paisajes, aprendiera a resolver ecuaciones complejas. De pronto, lo que servía para mover ese dragón en la pantalla podía simular proteínas, analizar datos astronómicos o modelar el clima.
Ese giro técnico transformó la identidad de NVIDIA. En pocos años dejó de ser "la empresa de los gamers" para convertirse en la plataforma de referencia de universidades, laboratorios y centros de supercomputación.
El 2017 marcó un punto de inflexión
NVIDIA presentó los DGX, sus primeros superordenadores de inteligencia artificial listos para usar. Hasta entonces, los científicos debían ensamblar sistemas complejísimos de múltiples proveedores. Con los DGX recibían una "caja negra" optimizada, capaz de entrenar algoritmos en semanas en lugar de meses. Era como pasar de comprar piezas sueltas a tener un Ferrari listo en el garaje.
Dos años después, en 2019, llegó otra jugada clave: la compra de la empresa Mellanox, especialista en redes de alta velocidad para centros de datos. Con ello, NVIDIA no solo fabricaba los cerebros (GPUs), también controlaba las autopistas internas que los conectaban.
Con los DGX y Mellanox, la compañía dejó de ser un fabricante de piezas para convertirse en el arquitecto de los supercomputadores de la era de la IA.
La pandemia como gran oportunidad para NVIDIA
El 2020 nos trajo una pandemia global y un impulso inesperado para NVIDIA. Por un lado, su negocio clásico de tarjetas gráficas GeForce vivió un boom: millones de gamers mejoraron sus equipos y el teletrabajo disparó la demanda de potencia gráfica.
Pero lo decisivo ocurrió en otro frente: la computación de alto rendimiento y la inteligencia artificial. Mientras la economía se detenía, las grandes tecnológicas aceleraron la inversión en centros de datos y modelos de IA. En el corazón de esos centros estaban los chips de NVIDIA.
Fue entonces cuando Jensen Huang lanzó una idea que cambiaría la visión de la informática: "el centro de datos es el nuevo ordenador". Ya no se trataba de una máquina individual, sino de complejos de servidores que funcionaban como un cerebro gigantesco, con cada GPU como una neurona y las redes internas como sinapsis.
En paralelo, la compañía presentó Omniverse, una plataforma para crear gemelos digitales (réplicas virtuales) de fábricas, ciudades o cadenas logísticas. Si puedes simular el mundo en 3D antes de construirlo, ahorras tiempo, dinero y errores. Así, en plena pandemia, NVIDIA dejó de ser solo el proveedor favorito de los gamers para convertirse en la infraestructura digital que sostenía la nueva economía.
Hopper, Grace y el triángulo de la IA
En 2022, NVIDIA presentó dos innovaciones que resumían su ambición: la GPU Hopper (H100) y el Grace CPU Superchip.
- Hopper multiplicaba por 10 la potencia para entrenar modelos de inteligencia artificial. Si Ampere había impulsado el boom digital, Hopper se convirtió en el chip del boom de la IA generativa: el motor que entrenó grandes modelos de lenguaje como ChatGPT.
- Grace, por su parte, era la puerta de entrada al mundo de las CPU, territorio de Intel y AMD durante décadas. Su objetivo: mover datos a velocidad de memoria y eliminar cuellos de botella.
Ese mismo año, NVIDIA completó el círculo con la red Spectrum-4, capaz de mover datos a 800 gigabits por segundo. Esto es como pasar de una carretera de un solo carril a una autopista de 8 carriles. Permite que miles de chips se comuniquen entre sí sin atascos, intercambiando información en tiempo real. Con estas piezas —GPU, CPU y redes—, el centro de datos dejó de ser un conjunto de servidores aislados y empezó a comportarse como un único ordenador gigantesco.
En ese momento, NVIDIA dejó de ser el rey de las GPUs para convertirse en el arquitecto integral de la infraestructura de la IA.
Del bache del gaming al boom de la IA generativa
En 2021, NVIDIA alcanzó 27.000 millones de dólares en ingresos —5 veces más que en 2017— y casi 10.000 millones de beneficios —6 veces más que en 2017—, tras invertir 16.000 millones en centros de datos y adquisiciones estratégicas.
Pero en 2022 sufrió un frenazo: el mercado de tarjetas gráficas para juegos se desplomó tras el boom pandémico, y la compañía asumió un exceso de inventario de más de 2.000 millones. Parecía un tropiezo serio.
La sorpresa llegó meses después, con la irrupción de ChatGPT y la explosión de la IA generativa. De repente, millones de personas probaron lo que hasta entonces era un experimento de laboratorio. Y casi siempre, en el corazón de esa magia, había un chip de NVIDIA.
Jensen Huang empezó a hablar de "fábricas de inteligencia" y en 2023 lanzó DGX Cloud, una especie de IA como servicio que permitía alquilar la potencia de un superordenador NVIDIA desde la nube. También presentó AI Foundations, un conjunto de servicios para que empresas pudieran entrenar sus propios modelos sin necesidad de construir desde cero.
El resultado: aunque los ingresos parecían estancados, la narrativa cambió por completo. El mercado dejó de ver a NVIDIA como un fabricante de chips y empezó a percibirla como la columna vertebral de la inteligencia artificial global.
La explosión de ingresos y el salto a plataformas completas
En apenas un año, los ingresos de NVIDIA pasaron de 27.000 millones en 2022 a 60.900 millones en 2023. El dato clave: el 80 % ya provenía de centros de datos de IA.
El motor de esa aceleración fue la inferencia, que no es otra cosa que el uso diario de la inteligencia artificial. Entrenar un modelo como ChatGPT es como enseñar a un alumno durante meses en una biblioteca; la inferencia empieza cuando ese alumno, ya formado, debe responder preguntas de miles de personas a la vez. Es el paso de la teoría a la práctica.
Ya no se trataba solo de entrenar a la máquina, sino de ponerla a trabajar en tiempo real: traduciendo un texto en milisegundos, generando una imagen en segundos, escribiendo código bajo demanda o analizando una radiografía mientras el paciente todavía está en la consulta. Y ese uso cotidiano, masivo y simultáneo es lo que disparó la necesidad de más potencia de cálculo… y con ella los ingresos de NVIDIA.
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Para ese salto, NVIDIA lanzó dos piezas decisivas:
- TensorRT-LLM, un software que optimizaba el rendimiento de grandes modelos en sus GPUs, reduciendo costes y tiempos de respuesta.
- NIMs, bloques de IA pre-empaquetados —como fichas de Lego— que cualquier empresa podía integrar en sus aplicaciones sin un ejército de ingenieros.
El resultado fue histórico: ingresos disparados, márgenes brutos por encima del 73 % y una transición clara. NVIDIA ya no vendía solo chips: vendía inteligencia lista para usar.
Blackwell y las fábricas de inteligencia
En el ejercicio fiscal cerrado en enero de 2025, NVIDIA alcanzó 130.500 millones de dólares en ingresos, casi el doble que el año anterior. De ellos, 9 de cada 10 provinieron de centros de datos de IA.
El motor de esa transformación tiene nombre propio: Blackwell, la nueva generación de chips presentada como el "corazón" de las AI factories. No se trata de vender tarjetas ni servidores sueltos, sino sistemas completos como el GB200 NVL72: un armario lleno de GPUs y CPUs diseñadas para trabajar en conjunto, con las autopistas de red necesarias para que todo fluya sin cuellos de botella. Cada módulo se convierte en una pieza de Lego que, sumada a miles de iguales, forma una planta de producción de inteligencia.
La metáfora que usa la propia compañía es elocuente: así como en el siglo XX las fábricas convertían materias primas en productos físicos, en el XXI estas fábricas digitales convierten datos en inteligencia utilizable. Y lo hacen a una velocidad y una escala que recuerdan al salto de la electricidad o la revolución industrial.
En paralelo, NVIDIA reforzó su control de la cadena de suministro, anunciando la fabricación y ensamblaje de chips en Estados Unidos junto a socios como TSMC, Foxconn o Wistron. La jugada no solo diversifica riesgos geopolíticos, también nos anuncia que la IA es ya un activo estratégico para países y gobiernos.
Hasta aquí, la historia de una transformación sin precedentes. Entre 2017 y 2025, los ingresos de NVIDIA saltaron de 6.900 millones a más de 130.000 millones de dólares —casi 13 veces más—. Los beneficios después de impuestos se multiplicaron por 18, hasta rozar los 73.000 millones; y el flujo de caja —liquidez— por 17, superando los 64.000 millones anuales. En bolsa, su valor pasó de 119.000 millones a 4,4 billones, 40 veces más en solo 8 años.
No es solo una curva ascendente: es la prueba de cómo un negocio nacido para vender tarjetas gráficas a gamers terminó construyendo la infraestructura crítica de la inteligencia artificial mundial.
Pero ahora la clave es otra: ¿tiene sentido que NVIDIA valga más de 4 billones de dólares, más que todo el PIB de Alemania? La pregunta no es menor: entender su valoración es entrar en el corazón del debate financiero actual.
No es lo mismo una empresa que realmente convierte en caja el boom de la inteligencia artificial que otra que solo coloca la etiqueta "IA" para inflar expectativas. Y NVIDIA, sin duda, es una máquina de generar ingresos, beneficios y flujo de caja.
El matiz está en su precio: lo que hoy cotiza el mercado no refleja sólo lo que la compañía ya gana, sino una apuesta colosal por lo que podrá seguir generando mañana. Para entenderlo, hay que mirar de cerca cómo se construye el valor de una empresa de alto crecimiento y qué cifras separan una revolución industrial de una burbuja financiera.
Cómo se construye el valor (y por qué NVIDIA es un caso único)
Para comprender la valoración de una empresa conviene recordar algo esencial en finanzas: el valor no está en los ladrillos ni en las máquinas, sino en lo que se hace con ellos, en la capacidad de obtener con cada euro invertido una rentabilidad superior a su coste. Esa es la esencia del ROIC (rentabilidad sobre el capital invertido).
Detrás de esa métrica se esconden muchos factores: estrategia, gestión, innovación, clientes fieles, cultura de equipo, riesgo. En definitiva, todo lo intangible que explica por qué unas compañías multiplican lo que tocan y otras apenas sobreviven.
En este terreno, NVIDIA juega en otra liga. En 2025, con un beneficio operativo neto de impuestos de 72.000 millones de dólares sobre un capital invertido de poco más de 60.000 millones, su ROIC superó el 100 %: cada dólar que reinvierte en su negocio se convierte en más de un dólar en beneficios.
Eso le permite generar caja a raudales, invertir con solidez y, además, no tener deuda. NVIDIA no solo crece: lo hace multiplicando la rentabilidad de cada euro que reinvierte.
Ahora bien, para entender el valor financiero de NVIDIA no basta con mirar cómo convierte capital en caja. Su cotización —más de 4,4 billones de dólares— obliga a ir más allá. Porque lo que los inversores están comprando hoy no es sólo la NVIDIA actual, sino la que creen que seguirá creciendo mañana y pasado mañana.
La gran pregunta, por tanto, es: ¿qué ritmo de crecimiento están descontando los analistas para justificar semejante precio?
Si la midiéramos como a una tecnológica madura, el cálculo sería sencillo. Con los 64.000 millones de caja operativa que generó en 2025, y aplicando un modelo de descuento de flujos conservador—con un crecimiento a perpetuidad del 5 % y una tasa de descuento del 9 %—, su valor intrínseco rondaría los 1,7 billones de dólares. Esa es la cifra que explica lo que vale por lo que ya ha conseguido.
Pero NVIDIA no cotiza a 1,7 billones, sino a 4,4 billones. Eso significa que más de 2,7 billones —casi el 60 % de su precio actual— dependen de lo que la compañía aún no ha generado.
Para que esa valoración tenga sentido, NVIDIA debería superar los 500.000 millones de caja operativa anual en poco más de una década. Para ponerlo en perspectiva: sería como generar más caja en un año que Apple, Microsoft, Google y Saudi Aramco —la empresa energética más grande del mundo— juntas.
Es una auténtica barbaridad, porque supone mantener ritmos de crecimiento del 30–40 % anual durante muchos años consecutivos, algo sin precedentes en la historia empresarial.
La cotización de 4,4 billones de dólares no refleja tanto lo que NVIDIA ya es, sino una apuesta a largo plazo de los inversores. Hacer crecer esa valoración parece un ejercicio de fe, de narrativa… y de romper todos los moldes del mercado.
La cuestión, por tanto, no es si NVIDIA es rentable hoy —porque lo es, y de forma contundente—, sino si podrá sostener ese crecimiento casi vertical durante una generación entera. Ahí se juega la diferencia entre una revolución industrial con nombre propio o la burbuja más brillante de nuestro tiempo.
¿Y Palantir?
Y si esto sorprende, hay casos más sorprendentes, que rayan el lado oscuro de la valoración financiera de las empresas. Es el caso de Palantir. Una empresa nació en 2003, en pleno Silicon Valley, de la mano del controvertido Peter Thiel, Alex Karp, Stephen Cohen, Joe Lonsdale y Nathan Gettings.
Su idea fundacional era clara: aprovechar técnicas usadas en PayPal para detectar fraudes y aplicarlas a un ámbito más complejo —la lucha contra el terrorismo. Con apoyo inicial de In-Q-Tel, el brazo de inversión de la CIA, comenzaron desarrollando un software capaz de integrar enormes volúmenes de datos y hacerlos comprensibles para analistas de inteligencia.
Ese primer producto se llamó Gotham: una plataforma diseñada para el ejército estadounidense y agencias de inteligencia, que se convirtió en el "sistema operativo de datos" de la seguridad nacional. Durante años, la compañía vivió casi en la sombra, trabajando con clientes gubernamentales y sobreviviendo gracias a contratos públicos.
Con el tiempo, Palantir entendió que las empresas privadas tenían los mismos problemas que los servicios secretos: demasiados datos dispersos, incapacidad de interpretarlos y necesidad de tomar decisiones rápidas. Así nació Foundry, una versión empresarial de su software. A Gotham y Foundry se suman Apollo (para desplegar software en cualquier entorno) y AIP, su capa de inteligencia artificial.
Su modelo de negocio no fue vender chips ni infraestructuras físicas como NVIDIA, sino software y servicios de integración: la promesa de que cualquier organización —un ministerio de defensa o una farmacéutica— podría tener un cuadro de mandos central para convertir datos en decisiones.
En 2024 ingresó 2.900 millones de dólares, con un 55 % procedente de contratos gubernamentales y un 45 % del sector privado. En el primer semestre de 2025 creció hasta los 1.888 millones, con márgenes brutos por encima del 80 % y un beneficio después de impuestos de más de 500 millones. La compañía es rentable. Hasta aquí, nada que suene a burbuja: ingresos en crecimiento, márgenes altos, contratos plurianuales.
La paradoja aparece cuando miramos cómo la valora el mercado. Hoy los inversores están pagando 300 dólares en bolsa por cada dólar de beneficio real que genera Palantir. Pero, como vimos con NVIDIA es importante medir la diferencia entre valor intrínseco —lo que la empresa ya genera en caja— y valor temporal —lo que el mercado descuenta del futuro—. Si aplicamos la misma lógica a Palantir, la brecha es todavía más radical.
En 2024, Palantir generó 1.154 millones de caja operativa. Asumiendo los mismos supuestos (crecimiento a perpetuidad del 5 % y tasa de descuento del 9 %), su valor intrínseco rondaría los 28.000 millones de dólares. Esa sería la cifra que justifica lo que ya ha conseguido.
Su valor bursátil supera los 430.000 millones. Más del 90 % de su precio actual depende de expectativas futuras
Pero la realidad es otra: su valor bursátil supera los 430.000 millones. Más del 90 % de su precio actual depende de expectativas futuras. Para que esa cotización tuviera sentido, la compañía tendría que multiplicar por diez o quince sus ingresos y llegar a generar 30.000–40.000 millones de caja al año. En otras palabras: escalar hasta la liga de Microsoft o Google… partiendo de un negocio que hoy factura menos de 3.000 millones.
La comparación con NVIDIA lo dice todo. NVIDIA ingresa 44 veces más, genera 150 veces más beneficios y 55 veces más caja que Palantir. Y, aun así, el mercado paga a Palantir 300 veces lo que gana, mientras que a NVIDIA "sólo" unas 60 veces. Si con NVIDIA ya hay dudas razonables sobre si su precio refleja más fe que realidad, en Palantir la apuesta parece casi un juego de casino. Es el mejor ejemplo de esta fiebre por la inteligencia artificial, donde muchas veces las expectativas pesan más que los resultados reales. Mientras, la música sigue sonando, NVIDIA se revalorizó cerca de un 50 % en bolsa desde de febrero de 2025 y Palantir se ha disparado más de un 75 %... ¿Quién da más?
No todas las empresas van a ser NVIDIA
En definitiva, creo que es importante resaltar que en cada fiebre tecnológica surge la misma confusión: creer que todo lo que lleve el apellido de moda merece la misma valoración. Hoy ese apellido es "IA". Y conviene recordarlo: no todas las empresas van a ser NVIDIA.
NVIDIA no es humo. Es la compañía que ha construido una tecnología diferencial, que combina chips, redes y sistemas completos; que ha firmado contratos sólidos con los mayores clientes del planeta; que genera ingresos y caja con márgenes únicos; y, además, que reinvierte con disciplina, multiplicando el valor por cada dólar de capital. En definitiva, un modelo sólido y muy difícil de replicar. Otra cosa es que su cotización de 4,4 billones de dólares tenga tanto de realidad como de acto de fe.
La tentación, sin embargo, es pensar que cualquier startup con la etiqueta "IA" podrá seguir esa estela. Muchas no tienen tecnología propia, ni clientes estratégicos, ni capacidad de sostener márgenes. Y, aun así, se les valora financieramente como si fueran a dominar el futuro. Eso es lo que infla las burbujas: pagar precios estratosféricos por lo que no es más que un relato.
La advertencia es clara: no basta declararse empresa de inteligencia artificial para justificar cualquier precio. Hay que mirar qué productos ofrece, qué servicios vende, qué tecnología desarrolla y qué barreras de entrada ha construido.
NVIDIA está donde está porque cumple con todas esas condiciones a la vez, aunque tenga un serio problema de valoración financiera. Pero la paradoja es evidente: el mercado premia la narrativa del futuro, la pregunta es, ¿hasta cuándo?
En la pantalla de un hospital, un algoritmo marca un punto que apenas distingue el ojo humano: posible cáncer incipiente. Detrás no hay magia, sino chips de NVIDIA, la empresa que en los noventa hacía tarjetas gráficas para videojuegos. Esa paradoja —de los píxeles a la inteligencia— resume una historia empresarial excepcional. En 2019 valía 119.000 millones en bolsa; hoy supera los 4 billones. ¿Cómo se explica este hecho histórico?