Grecia 2.0: su hipotética salida del euro resucita el síndrome de 'esta vez es diferente'
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Grecia 2.0: su hipotética salida del euro resucita el síndrome de 'esta vez es diferente'

'Esta vez es diferente'. Cuatro palabras. Cuatro sencillas y claras palabras que encierran uno de los pecados que emerge en las crisis: la soberbia

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel.
La canciller alemana, Angela Merkel.

La anécdota la relata Vicent Reinhart. Es de cuando trabajó en la Reserva Federal (Fed), el banco central de Estados Unidos. Cuenta que en una ocasión un hombre de negocios dijo: "Más dinero se ha perdido a causa de cuatro palabras que a causa de una pistola desenfundada. Esas palabras son: esta vez es diferente". Cuatro sencillas y claras palabras. Inofensivas en apariencia. Pero que encierran uno de los mayores pecados que emerge y se repite en todas las crisis financieras: el de la soberbia. Una tentación que ahora, a una semana de las elecciones en Grecia, está volviendo a escena.

La secuencia es automática y tan habitual que los economistas Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart -su marido es Vincent Reinhart- que se sirvieron de esa expresión para titular uno de los libros más famosos y polémicos de la crisis: Esta vez es diferente: ocho siglos de locura financiera. En cuanto los problemas asoman su figura, algún responsable político y económico se apresura, con tono triunfalista, a asegurar que no hay problema. Que todo está bajo control. Que han aprendido las lecciones de otros episodios y la economía está más preparada que en otros momentos de la historia. Que esta vez es diferente...

Pero lo que esa historia demuestra es que rara vez están en lo cierto. Ocurrió en el crac de 1929 y en la Gran Depresión posterior. Y está volviendo a pasar en la crisis desatada en 2007. En todos y cada uno de los principales hitos sufridos en los ocho últimos años, se ha dejado escuchar una voz relativizando los problemas y realzando las capacidades de los dirigentes. Error. En todos ellos, la realidad acabó superando cualquier cálculo.

Por eso un escalofrío recorre el espinazo de los inversores tras escuchar que la canciller alemana, Angela Merkel, ha asegurado que una hipotética salida de Grecia del euro sería "manejable". Con las elecciones griegas esperando el 25 de enero, los recuerdos de un pasado muy reciente se agolpan. Porque esta crisis ya ha coleccionado una buena ración de ejemplos de lo peligroso que es el síndrome esta vez es diferente.

Sí, es cierto que su volumen había crecido mucho. Pero todo estaba controlado. Las denominadas hipotecas subprime o de alto riesgo, concedidas a los clientes que no podían acceder a la categoría prime o de calidad porque no tenían ingresos ni activos ni situación laboral para eso, habían pasado de representar el 7% de todo el volumen hipotecario al 20% entre 2001 y 2007. Sin embargo, tanto las autoridades como los propios líderes de la banca de inversión relativizaban el impacto potencial de sus problemas.

Nada preocupante; todo manejable. Esta vez no iba a ser como en los años 20 del pasado siglo. En caso de que hubiera burbuja imobiliaria y de que las subprime lo revelaran, su impacto sería limitado. Se equivocaron.

El diagnóstico falló porque equivocó el tiro. El problema no eran las subprime. Estas apenas ejercieron de detonante. La verdadera dificultad radicaba en la monumetal ingeniería financiera que se había montado a partir de esas hipotecas, que había colado títulos respaldados por esos préstamos en miles de productos diseminados por todo el mundo y que había cebabo una auténtica bomba financiera de destrucción masiva. Cuando todo eso quedó al descubierto, el síndrome de esta vez es diferente volvió a ser derrotado por lo que ya había denunciado en sus obras el economista John Kenneth Galbraith: lo que se abrió paso fue el pánico.

Fue el acontecimiento que partió la crisis en dos y le confirió una dimensión histórica. Cuando el banco de inversión estadounidense Lehman Brothers quebró al término del segundo fin de semana de septiembre de 2008, el sistema financiero mundial bordeó el colapso absoluto. Y, de nuevo, las autoridades se vieron sorprendidas por la magnitud del impacto que siguió a ese histórico acontecimiento.

Como relata el economista estadounidense Alan Blinder en su libro Y la música paró, el entonces presidente de la Fed, Ben Bernanke, y el secretario del Tesoro, Henry Paulson, "expresaron su convencimiento de que, dado que habían transcurrido seis meses desde el rescate de Bear Stearns [en marzo de 2008], los mercados habían tenido tiempo suficiente para prepararse -tanto financiera como psicológicamente- para el posible deceso de Lehman Brothers". Los hechos constataron que no había sido así. Y la crisis se ganó ya para siempre un lugar privilegiado en la historia financiera.

La crisis no se contentó con el susto de las subprime y la explosión brutal de Lehman. Aún se guardaba más sorpresas. Esta vez con protagonismo europeo y epicentro exacto en Grecia. Todo comenzó en 2009 con sucesivas bajadas en el rating crediticio del país heleno y continuó, ya de forma definitiva, en abril de 2010, cuando Atenas pidió ayuda financiera para poder atender el pago de su deuda.

Para soportar el descrédito que suponía que uno de los eurosocios tuviera que pedir este tipo de ayudas, la Eurozona reaccionó a comienzos de mayo. Por un lado, lanzando un vehículo de asistencia financiera llamado Facilidad Europea de Estabilidad Financiera; y por otro, activando un programa de compra de deuda pública (SMP, en sus siglas en inglés) por parte del Banco Central Europeo (BCE).

Ya está, se celebró. El riesgo de contagio queda minimizado con estas herramientas, se proclamó. Pero lo único que realmente ocurrió fue un exceso de euforia. Irlanda siguió los pasos de Grecia y pidió el rescate en noviembre de 2010; el turno de Portugal llegó en abril de 2011; ese mismo año se puso en marcha el segundo rescate de Grecia; meses después los acreedores privados de la deuda helena sufrieron una quita superior al 70%; España solicitó un rescate acotado al sector bancario en 2012; y solo la histórica intervención del presidente del BCE, Mario Draghi, en julio de 2012, cuando se comprometió a "hacer todo lo necesario" para salvar el euro, interrumpió una deriva que ya amenazaba el porvenir de la moneda única. Esta secuencia constata que esa vez tampoco fue diferente.

A la Eurozona le van las emociones fuertes. No contenta con un primer episodio en Grecia -y toda la secuencia que desató-, ahora afronta el segundo. La versión 2.0 de Grecia está en marcha. Por el momento, Alemania ya ha mostrado públicamente su opinión de que, ahora sí, la salida de Grecia del euro sería "manejable".

Esa posición se basa en la creencia de que la región está más equipada que en 2010 para soportar un evento de este tipo, con escudos como el Mecanismo Europeo de Estabilidad (Mede) o los pasos dados ya en la Unión Bancaria, sin olvidar la contribución de un BCE que cuenta con un gatillo más fácil bajo la batuta de Draghi. Además, los bancos ya han tenido casi cinco años para reducir su exposición a la deuda helena. Tampoco falta la mención a que el Producto Interior Bruto (PIB) griego se limita a 180.000 millones de euros y representa menos del 2% del PIB de la Eurozona.

Y claro, con esos precedentes, el síndrome de esta vez es diferente vuelve a escena. Aunque con alguna voz discrepante. "Para Grecia, [salir del euro] sería una catástrofe, pero para otros países del euro sería un problema enorme", avisa Ewald Nowotny, gobernador del Banco de Austria y miembro por tanto del Consejo de Gobierno del BCE.

Ningún país, desde el nacimiento del euro en 1999, ha dejado el club de la moneda única. Grecia sería el primero. Por tanto, no hay precedentes, con lo que no se puede predecir si habrá contagio o si, tal vez, otro europaís, aprovechando que ya se ha abierto la puerta, seguirá sus pasos. O si se cuestionará el futuro de una moneda con miembros que hoy están y mañana no se sabe... Todo eso parece dar igual. Porque todo está bajo control. Al menos, eso se dice. Ya saben, esta vez es diferente.

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