No habrá paz para los mercados: razones para recelar de una victoria pírrica
El alto el fuego entre EEUU e Irán favorece un fuerte rebote del mercado, al alejar el escenario más temible. Pero los riesgos que encaran los inversores siguen siendo elevados
Quienes se manejan en los mercados financieros desde hace tiempo saben, a golpe de experiencia (especialmente en los últimos años), que este es un arte consistente en encarar una batalla tras otra, en el que los ratos de solaz suelen representar la antesala del siguiente desafío.
Este miércoles, los inversores se regocijan en uno de esos instantes de alivio que acontecen cuando un escenario especialmente temible se diluye en el horizonte. Si las fuertes subidas de las bolsas (que en el caso del Ibex casi aniquilan las pérdidas acumuladas desde el inicio de la guerra de Irán) y los bonos ya muestran el optimismo que se ha apoderado del mercado, la caída del petróleo –la cuarta mayor del Brent en una sesión en los últimos 36 años– traslada la idea de que el alto el fuego anunciado la pasada madrugada entre EEUU e Irán representa un momento histórico de esos que fijan un antes y un después.
La lógica de este movimiento parece difícilmente rebatible. La perspectiva de un enfrentamiento prolongado entre EEUU e Irán, que implicara el cierre persistente del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz, amenazaba con provocar un shock energético sin precedentes, tal y como advertía este martes la Agencia Internacional de la Energía, con la consiguiente amenaza de descarrilamiento del crecimiento mundial.
Con tal escenario aparentemente desactivado, los inversores aprovechan ahora para posicionarse para realidades menos temibles, lo que necesariamente conlleva una mayor disposición a asumir riesgos.
Sería erróneo, sin embargo, entender ya la guerra de Irán como un episodio concluido. En primer lugar, porque si nos atenemos a lo anunciado, lo único que está planteado es una tregua de dos semanas (con apertura condicionada de Ormuz, que comprende el pago de una tasa a Irán) y, aunque puede entenderse que ambas partes desearían convertirla en un acuerdo definitivo, la complejidad para acoplar los intereses de cada uno de los bandos obliga a contemplar el riesgo de un reinicio de las hostilidades. "Es probable que la tregua de dos semanas sea una pausa, no un final, y el riesgo de una nueva volatilidad sigue siendo alto una vez que finalice este periodo", apunta en este sentido Christian Gattiker, responsable del servicio de investigación de Julius Baer.
En resumidas cuentas, una estabilidad basada en la capacidad de Trump y los líderes iraníes para entenderse no resulta, a primera vista, un escenario muy fiable. Algo que ya ha quedado constatado este mismo miércoles, con las informaciones de nuevas restricciones en Ormuz ante los ataques de Israel a Líbano.
Heridas que persisten
Pero, incluso, aunque se asumiera que el último “TACO” de Donald Trump puede conducir a un apaciguamiento duradero en la región y, con ello, a una reapertura total del tráfico en el estrecho de Ormuz, el escenario que se derivaría de esto tampoco puede interpretarse como especialmente alentador para la economía y los mercados.
En el mejor de los casos, podríamos retrotraernos a un contexto asimilable al que existía el pasado 27 de febrero, ya que los logros que se celebran este miércoles constituyen, grosso modo, la continuación de la realidad imperante hace poco más de cinco semanas (un Oriente Medio en calma, con Ormuz abierto al tráfico comercial, mientras Irán se mantiene bajo el mismo régimen, aunque con otras figuras al mando), de modo que los inversores podrían volver a situar en el centro de sus preocupaciones las cuestiones que por entonces dirimían el rumbo del mercado: la salud del boom de la IA, la sostenibilidad de las valoraciones de las bolsas, el rumbo de los tipos de interés…
Pero este planteamiento supondría pasar por alto las heridas que lo acontecido en las últimas semanas en Irán ha dejado en el panorama económico internacional. De hecho, no es anecdótico que la fuerte caída del petróleo este miércoles suponga únicamente reducir a la mitad la escalada de los precios del barril, que se mantiene más de un 25% por encima de los niveles que marcaba antes del ataque de EEUU e Israel a territorio persa a finales del pasado febrero.
"Creemos que la caída de los precios del petróleo probablemente será limitada en las próximas semanas. La disrupción de los flujos marítimos en torno al estrecho de Ormuz impone retrasos logísticos inevitables, ya que llevará varias semanas redirigir petroleros, reponer inventarios y reactivar plenamente la producción. A ello se suman unos niveles de reservas más bajos que antes de la crisis y una prima de riesgo geopolítico persistente. En otras palabras, aunque se ha evitado lo peor, las tensiones estructurales en el sector energético permanecen", apunta en este sentido Michaël Nizard, responsable de multiactivos y overlay en Edmond de Rothschild AM.
En última instancia, unos precios de la energía sensiblemente más elevados que antes del inicio de la guerra se presentan como un obstáculo adicional para una economía global que no atravesaba antes del golpe de la guerra su momento más robusto. La confianza, ya mermada, en la capacidad de EEUU, como potencia hegemónica en Occidente, de garantizar unas condiciones geopolíticas apropiadas para el desarrollo económico sale muy deteriorada de este conflicto. Y las tensiones generadas por él han abierto la espita de la desconfianza sobre segmentos del mercado (el crédito privado, esencialmente) con potencial para causar inestabilidad en el sistema financiero internacional.
Y todo esto llueve sobre un mercado que, por la exigencia de sus valoraciones, no parecía gozar ya antes del conflicto de demasiado margen para los deslices.
Quienes se manejan en los mercados financieros desde hace tiempo saben, a golpe de experiencia (especialmente en los últimos años), que este es un arte consistente en encarar una batalla tras otra, en el que los ratos de solaz suelen representar la antesala del siguiente desafío.