La espada y la pared que aprisionan a los bancos centrales
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La importancia de la independencia

La espada y la pared que aprisionan a los bancos centrales

Hernández de Cos pone de relieve la relevancia de la independencia de los bancos centrales en un momento crucial para el futuro de la política monetaria internacional

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No hay banco central que se precie que no haga gala de su independencia. Moverse a resguardo de las veleidades políticas se entiende como una garantía de que los responsables de establecer las condiciones del terreno de juego económico actuarán con independencia de los intereses de corto plazo que dictan con demasiada frecuencia las actuaciones de los gobernantes nacionales. Y episodios como las recientes turbulencias desatadas en Turquía por las injerencias del presidente, Recep Tayyip Erdogan, en las decisiones de política monetaria bastan para evidenciar lo poco que gusta en los mercados que ambos mundos se entremezclen.

“Cuando la autoridad monetaria no es independiente y, atendiendo a objetivos de corto plazo, utiliza la política monetaria para estimular la demanda de forma repetida y por encima de lo que sería coherente con su objetivo de inflación, se genera un sesgo inflacionista. A corto plazo, se pueden alcanzar niveles de actividad económica y de empleo más altos, pero los costes vienen más tarde”, señalaba este martes el gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, tras recoger la Gran Cruz al Mérito en el Servicio de la Economía, concedida por el Colegio de Economistas al banco central nacional.

Si este mensaje puede parecer obvio en boca de cualquier banquero central, el momento elegido lo dota de especial trascendencia. Y no es asunto menor que se produzca apenas una semana después de que el FMI enfatizara por primera vez en mucho tiempo la necesidad de que los bancos centrales internacionales cuenten con libertad de movimientos para endurecer la política monetaria si resultara conveniente.

Las recientes presiones de precios han puesto a los bancos centrales en una situación delicada

Las recientes presiones de precios amenazan con situar instituciones como la Fed, el BCE o el Banco de Inglaterra en una posición sumamente compleja. Aunque el mensaje oficial sigue siendo que el reciente repunte de la inflación, que afecta a gran parte de la economía global, responde a cuestiones puntuales. Y no cabe duda de que buena parte de sus condicionantes están llamados a diluirse con el paso de los meses.

Pero, a medida que las tasas llamativamente elevadas se extienden por más tiempo del inicialmente estimado, son cada vez más las voces que señalan la existencia de factores con un carácter más estructural —la escalada de los precios de la energía, sin ir más lejos—, que podrían contribuir a hacer de la alta inflación una cuestión persistente en el tiempo.

En un momento en que las políticas monetarias reinantes destacan por ser extraordinariamente laxas, con los tipos de interés en zona de mínimos y con millonarios programas de inyección de dinero en el sistema en marcha, difícilmente podría defenderse que los bancos centrales no cuentan con armas suficientes para contener cualquier repunte de los precios por encima de lo previsible.

Foto: La directora del FMI, Kristalina Georgieva. (Reuters)

El problema es que cualquier endurecimiento de la política monetaria podría chocar con los intereses políticos de una clase gobernante que ha tenido durante la crisis —y desde mucho antes— un aliado esencial para poder llevar adelante sus planes de impulso fiscal sin poner en cuestión la sostenibilidad de las cuentas públicas. Para países como España, aquejados de un abultado déficit, un cambio de sesgo en las políticas del BCE podría resultar un evento crucial que forzara un brusco ajuste del presupuesto para conjurar la amenaza de la insolvencia.

Los riesgos de este escenario son obvios y seguramente tan peligrosos para la estabilidad económica como los asociados a una inflación desbocada, por lo que cabe presumir que, en caso de necesidad, los bancos centrales actuarían con el tiento necesario para amortiguar los riesgos.

Pero sin necesidad de ponerse en casos extremos, una simple reducción de los estímulos monetarios que derive en una desaceleración del crecimiento puede encontrar cierta resistencia política, en un momento en que el péndulo económico parece haber girado hacia posiciones menos estrictas en el terreno fiscal y más proclives a priorizar el crecimiento a partir de un gasto público con menos cortapisas.

Cualquier giro hacia políticas monetarias más estrictas encontraría resistencias políticas

Recalcaba en su discurso Hernández de Cos que, cuando un banco central favorece un sesgo inflacionista, este “acaba siendo anticipado e incorporado en las expectativas de los agentes y, por tanto, en la fijación de precios y en la negociación de salarios. El resultado final es una inflación más alta, sin mejoras persistentes del nivel de producción y del empleo en la economía. Esto hace que la política monetaria pierda su eficacia y que los compromisos con la estabilidad de precios dejen de ser creíbles”.

Esta descripción encaja con facilidad en un escenario vivido en Estados Unidos durante la década de 1970, un periodo rememorado repetidamente en las últimas semanas, a medida que se han ido haciendo más vívidos los temores de que el mundo se dirija hacia un periodo de gran inflación (si no de estanflación) como el experimentado entonces.

Cuando se plantea la posibilidad de que se pueda reeditar un episodio semejante, es habitual que los expertos aludan al mayor compromiso de los bancos centrales en la lucha contra la inflación como garantía de que no se repetirán los errores del pasado. Esa fe es clave para que las expectativas de evolución de los precios no se desboquen. Que siga viva dependerá de que, más allá de lo que digan sus palabras, los banqueros centrales no olviden el valor que reside en su independencia.

No hay banco central que se precie que no haga gala de su independencia. Moverse a resguardo de las veleidades políticas se entiende como una garantía de que los responsables de establecer las condiciones del terreno de juego económico actuarán con independencia de los intereses de corto plazo que dictan con demasiada frecuencia las actuaciones de los gobernantes nacionales. Y episodios como las recientes turbulencias desatadas en Turquía por las injerencias del presidente, Recep Tayyip Erdogan, en las decisiones de política monetaria bastan para evidenciar lo poco que gusta en los mercados que ambos mundos se entremezclen.

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