Las lecciones de 2020 en los mercados: el año en que todo cambió para seguir igual
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Balance de un ejercicio histórico

Las lecciones de 2020 en los mercados: el año en que todo cambió para seguir igual

El año que termina pasará a la historia de los mercados como un ejercicio en que se reescribieron muchos de los principios tradicionales del mundo de la inversión

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Cualquier inversor que se precie debería estar, hasta cierto punto, preparado para enfrentarse a imprevistos. Sin embargo, 2020 ha superado los límites de lo inimaginable. Un año que se presentaba bajo los mejores auspicios ha acabado siendo, en efecto, un año positivo para las bolsas a nivel global, que han pulverizado récords, tras sumar alrededor de un 14% aunque el Ibex representa una clara excepción—. Pero entretanto, han tenido que hacer frente a una larga serie de acontecimientos extraordinarios que han marcado un antes y un después en la historia de los mercados.

Conceptos fundamentales como la velocidad de adaptación de los inversores a los ciclos económicos, las valoraciones de los activos o las estrategias de gestión y diversificación se muestran hoy como realidades en redefinición, tras el vuelco que ha supuesto este 2020 de muchas realidades que parecían firmemente asentadas.

La mayor crisis internacional desde la Segunda Guerra Mundial ha dejado para la posteridad varias de las jornadas más aciagas en los anales de las bolsas, secundadas por algunas de sus páginas más gloriosas. Al derrumbe más intenso de las cotizaciones que se recuerda le siguió un viraje igualmente espectacular, que convirtió un mercado bajista en otro alcista en apenas unos días, en aparente desconexión con la tragedia que se cernía sobre la economía.

La crisis del covid ha dejado muestras de la aceleración de los ritmos del mercado

La conjunción de un 'shock' tan extraordinario como el que representa el coronavirus con una respuesta igualmente inusitada por parte de gobiernos y bancos centrales, regando de liquidez el sistema, ha acabado convirtiendo esta crisis en un tobogán de sensaciones extremas, con movimientos mucho más acelerados de lo que hasta ahora venía siendo habitual. Con una masa de dinero sin precedentes apresurándose a tapar en los mercados y en la economía los efectos de la catástrofe, la percepción de crisis se vio anestesiada en cuestión de días y las esperanzas de recuperación florecieron con una antelación poco común.

Y esta aceleración de los ritmos del mercado puede ser una de las grandes lecciones que arroja 2020 para la enseñanza de los inversores. Una aceleración que, para ser exactos, reposa en factores que van mucho más allá de los particulares de la presente crisis. "Lo que se ha podido corroborar en 2020 es que los movimientos en los mercados son cada vez más bruscos, rápidos y pronunciados, algo que favorecen la inflación de información en tiempo real a la que tienen acceso los inversores y las nuevas variantes de gestión, en las que los modelos cuantitativos, basados en algoritmos, son cada vez más frecuentes", observa Juan José Fernández-Figares, de Link Securities.

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Esta mayor brusquedad de los movimientos parece venir en refrendo de un principio fundamental de la inversión y que, en este caso, sí se ha visto reforzado por las situaciones vividas en 2020: la conveniencia de trazar planes de inversión a largo plazo y tratar de abstraerse del ruido del momento. Vender cuando todos lo hacen y comprar al rebufo de la mayoría son dos errores comunes en los que este año ha vuelto a incurrir una gran proporción de inversores, que se deshicieron de activos muy valiosos en plena embestida de los miedos por el coronavirus para observar cómo, poco después, esos títulos vendidos con descuento arrojaban ganancias significativas.

Tesla, que se hundió un 60% en un mes, hasta mediados de marzo, para dibujar una extraordinaria escalada de más del 860% desde entonces, quizá sea uno de los ejemplos más paradigmáticos de esta realidad. Pero son otros muchos los casos que pueden aducirse en sentido similar. No en vano, varios de los sectores que mejor han respondido a la crisis —tecnología, salud o renovables ya eran protagonistas, antes del impacto del covid, de tendencias de fondo muy prometedoras, palancas esenciales del proceso de transformación que vive la economía global, y que ahora no han hecho sino acelerarse.

Un factor clave para entender la evolución de los mercados a lo largo de este ejercicio, como es la cantidad de dinero inyectada por los bancos centrales para atemperar las amenazas, no resulta tampoco un elemento tan novedoso para los inversores, que al fin y al cabo vienen contando con esa palanca, en mayor o menor medida, desde el estallido de la pasada crisis financiera.

Y es este respaldo continuado de la política monetaria el que ha acabado alterando de forma difícilmente reversible el funcionamiento de los mercados, propiciando una inflación coordinada de valoraciones —desde la deuda a la bolsa, pasando por productos alternativos como el oro y hasta el bitcoin— que obliga a replantear términos como caro o barato. Porque, cuando abunda la liquidez y escasean las alternativas, la importancia de los precios se vuelve relativa y las valoraciones que antes parecían inasumibles se vuelven mucho más tolerables. Los niveles PER históricos resultan hoy una guía con limitaciones por la entrada en juego de factores totalmente novedosos.

Los niveles PER históricos resultan una guía con ciertas limitaciones

Asimismo, la cada vez mayor correlación entre activos obliga a repensar las estrategias clásicas de diversificación. En un mercado donde todo se mueve aparentemente de la mano, los modelos tradicionales de gestión necesitan inevitablemente una revisión —dando cabida, por ejemplo, a activos alternativos— para adaptarse a unas dinámicas que poco se parecen a las que regían la inversión en tiempos pretéritos.

2020 se despide de los mercados alimentando la sensación de que existe una red de seguridad, tejida por los bancos centrales con su inagotable liquidez, que diluye los riesgos y multiplica las ganancias potenciales. Probablemente existan motivos para pensar así, si se tiene en cuenta que la política monetaria tendrá que seguir garantizando durante años que los gobiernos puedan sufragar las abultadas deudas que han acumulado —y aún deben acumular— para hacer frente a la crisis del coronavirus.

Solo un repunte sostenido de la inflación que obligara a los bancos centrales a revisar de forma radical sus hojas de ruta podría poner en peligro ese escenario, sumiendo el mercado en un nuevo contexto, de consecuencias previsiblemente dramáticas. Lo cierto es, sin embargo, que hoy por hoy nadie considera probable que pueda materializarse esa alza de los precios. Aunque si una enseñanza ha dejado 2020 en los mercados, es que lo imprevisible no puede darse por imposible. Y los inversores harían bien en no olvidarlo. Al fin y al cabo, los mercados que salen de este año no son tan diferentes de lo que eran hace solo 12 meses.

Cualquier inversor que se precie debería estar, hasta cierto punto, preparado para enfrentarse a imprevistos. Sin embargo, 2020 ha superado los límites de lo inimaginable. Un año que se presentaba bajo los mejores auspicios ha acabado siendo, en efecto, un año positivo para las bolsas a nivel global, que han pulverizado récords, tras sumar alrededor de un 14% aunque el Ibex representa una clara excepción—. Pero entretanto, han tenido que hacer frente a una larga serie de acontecimientos extraordinarios que han marcado un antes y un después en la historia de los mercados.

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