Revivir a Keynes y Phillips: el gran reto de transformar el modelo de crecimiento
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Políticas económicas para superar la crisis

Revivir a Keynes y Phillips: el gran reto de transformar el modelo de crecimiento

Durante años, las políticas de estímulo no han logrado generar un crecimiento productivo, que creara inflación. ¿Podemos salir de esta crisis si la secuencia keynesiana no funciona?

Foto: EC.
EC.

La teoría keynesiana, que tanto ha influido en el desarrollo económico del siglo XX y de las primeras décadas del XXI, está basada, muy resumidamente, en los siguientes principios: ante una fase de desaceleración o recesión económica, una mayor oferta de dinero llevaría a unos menores tipos de interés, consecuentemente a una mayor inversión y finalmente a una creciente renta nacional y un mayor empleo. Si unimos las teorías keynesianas a las del neozelandés Bill Phillips, incluimos en la ecuación la evolución de la inflación y podemos apreciar los principios básicos en los que han estado basadas las políticas monetarias y fiscales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a escala global.

Phillips explicó cómo, cuando el desempleo era elevado y, por lo tanto, había recursos no utilizados, la inflación tendía a ser baja, mientras que, cuando el desempleo era bajo, la utilización de recursos y la posibilidad de consumir aumentaban, la inflación tendía a incrementarse. Los gobiernos podían fijarse en la correlación entre empleo e inflación y aumentar o bajar interés, como fórmula para inyectar o detraer liquidez, así como instrumento para limitar la inflación y sus riesgos, consiguiendo además limitar posibles crisis económicas.

Entre las diferentes fórmulas para inyectar dinero, podemos diferenciar fundamentalmente dos: a) políticas fiscales y b) políticas monetarias. La principal diferencia es que las políticas fiscales están ligadas a los gobiernos: gasto gubernamental, bajadas o subidas de impuestos; mientras que las políticas monetarias, ligadas a los bancos centrales, afectan directamente a las tasas de tipos de interés.

Hemos vivido un periodo en el que el exceso de liquidez lo que ha favorecido es la supervivencia de las empresas y la economía y no su productividad

Si bien en estos últimos meses, debido al covid-19, hemos visto un significativo aumento de ambas, en un objetivo final de limitar los efectos económicos de la pandemia, no debemos olvidar cómo la utilización de las mismas se había multiplicado en las últimas décadas y, especialmente, desde la crisis financiera de 2008 y, en Europa, tras la crisis de deuda de 2012.

Sin embargo, volviendo a la secuencia keynesiana descrita anteriormente, podemos ver que la correlación durante esta última década no ha sido la que se suponía. El aumento de la liquidez sí ha llevado a unos menores tipos de interés, a una creciente renta nacional y a una mejora del empleo. Lo que no ha supuesto ha sido una mayor inflación, y el aumento de la inversión ha sido desigual, con multitud de empresas optando por procesos de optimización de costes, elevando sus ingresos por menores costes fijos, en muchos casos costes salariales, y aprovechando mejores condiciones de financiación para reducir sus costes de deuda.

Sí hemos visto sectores que han realizado inversiones significativas, adaptándose a los nuevos tiempos o liderando los procesos de cambio (tecnología), pero en general hemos vivido un periodo en el que el exceso de liquidez lo que ha favorecido, sin menospreciar el crecimiento, ha sido la supervivencia de las empresas y la economía, no la productividad de la misma. La falta de productividad general, la imposibilidad de crear realmente inflación en salarios y, por lo tanto, inflación general en los niveles adecuados, ha sido el principal problema.

La presidenta del BCE, Christine Lagarde, y el presidente de la Fed, Jerome Powell, en una imagen de archivo. (Reuters)
La presidenta del BCE, Christine Lagarde, y el presidente de la Fed, Jerome Powell, en una imagen de archivo. (Reuters)

La inflación en niveles elevados es negativa, no hay duda, pero la falta de inflación y crecimientos limitados también es negativa, muy negativa, pues no permite eliminar el gasto adicional que han hecho los gobiernos para dinamizar las economías. Inflaciones del entorno de entre el 2 y 2,5%, es decir, limitadas, implican reducción de deuda e incluso obligan a invertir, en un objetivo claro de no perder capacidad adquisitiva. Una inflación excesivamente baja, pese a no llegar a deflación, muestra una anomalía. Si esta se produce en el momento en el que las políticas monetarias y fiscales han llevado a tipos en muchos casos negativos, la anomalía es aún mayor.

La falta de productividad de los sectores tradicionales, la globalización o el crecimiento de sectores con efectos deflacionistas en los salarios (por ejemplo, los cambios tecnológicos), pueden explicar una parte importante de la anomalía actual, pero ¿podremos salir realmente de esta crisis si la secuencia keynesiana no funciona?. La respuesta es compleja, en los últimos años podíamos decir que sí. Se creaba un puente para la reestructuración de las economías y, en algún momento, volvería la inflación, los mayores salarios, el consumo… Tras la crisis del covid-19, la situación se complica.

Las medidas son abundantes, pero es muy difícil que el 'puente' pueda mantenerse. La necesidad de reestructuración es mucho más elevada que hace meses, principalmente porque no se puede parar la misma. Aquellos que tenían una peor situación no podrán sobrevivir sin aceptar los cambios. Ya no es solo mantener la liquidez, que sin duda es clave, es también favorecer y apoyar la productividad y la velocidad a que se deben producir los cambios, para que los efectos negativos sean los menos posibles.

Las medidas fiscales y monetarias deben seguir como muro de contención, pero acompañadas de políticas que faciliten la transformación

Las medidas fiscales y monetarias deben seguir, deben actuar como muro de contención, pero deben venir acompañadas de políticas concretas que faciliten la transformación. Es el momento de llevar a cabo grandes planes de inversión que faciliten la transición: cambios energéticos, cambios tecnológicos, infraestructuras de telecomunicaciones, replanteamientos de la globalización, inversiones estratégicas…. La siguiente fase tiene que pasar por estas nuevas políticas con la consecuente generación de crecimiento, empleo e inflación a través de la mismas.

El pensamiento económico tradicional abogaba por estos cambios, la economía debía expulsar lo no eficiente, pero tampoco parece que esta fórmula sea válida cuando no vamos a estar, ni mucho menos, en situaciones de pleno empleo. Parece lógico pensar que la combinación de las dos es necesaria en estos momentos, esperemos que un proceso de estabilización económica, una vez superado el confinamiento, unido a inversiones productivas, favorezcan la velocidad y una verdadera transformación.

Por último, hablemos de la confianza. Es clave que la misma se mantenga y por ello es clave que las políticas actuales también. Una ruptura de la misma nos llevaría a un proceso de cambio aún más rápido, pero con unos efectos sociales exageradamente extremos. Respecto a la inflación, deberemos estar muy pendientes de la misma, pues una devaluación exagerada de divisas por falta de confianza en su valor puede tener también efectos ni mucho menos deseables.

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