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El partido está en tu mente: lo que puedes aprender de Rafa Nadal o de una cirujana
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El partido está en tu mente: lo que puedes aprender de Rafa Nadal o de una cirujana

Muchas de las herramientas que usan los deportistas y profesionales de élite pueden aplicarse a la vida diaria. Con pequeñas prácticas diarias es posible mejorar nuestro rendimiento, salud mental y calidad de vida

Foto: Rafa Nadal en un partido. (EFE/Daniel Pérez)
Rafa Nadal en un partido. (EFE/Daniel Pérez)

¿Qué tienen en común Rafa Nadal cuando ganó cojeando el Open de Australia; Fernando Alonso adelantando con neumáticos viejos bajo la lluvia; Carolina Marín regresando de una doble lesión de rodilla para reinar en Europa; o Ana Peleteiro logrando un bronce olímpico mientras rompía con su entrenador y su pareja?

No es solo talento. No es solo físico. Es cabeza. Es mente de élite. Es ese lugar interno —duro como el acero y flexible como el bambú— donde algunos logran sostenerse justo cuando cualquier error, cualquier imprevisto, puede hacer que todo caiga.

El tenis no es solo una batalla de raquetas: es una guerra de nervios. La F1 no mide solo caballos de fuerza: sino frialdad en la décima de segundo donde todo puede cambiar. El bádminton, el atletismo, la natación, el esquí, el boxeo, el fútbol… Todos comparten el mismo secreto: quien domina su mente, domina el juego.

Y cuando el margen se estrecha —cuando hay un oro en juego, o la vida misma— solo unos pocos entran en esa zona extraña y casi mágica donde todo fluye como si el tiempo se detuviera: el momento clutch. Es decir, el momento decisivo en el que una persona no solo resiste la presión, sino que rinde incluso mejor gracias a ella. No se trata de suerte, ni de frialdad innata. Se trata de preparación mental, de foco extremo y de haber entrenado la mente para no dudar cuando más importa.

El simulacro invisible

En aviación lo llaman simulación mental en tierra. El piloto se sienta en tierra y recorre mentalmente cada segundo del vuelo: desde el despegue hasta la peor emergencia. Cada giro, cada fallo, cada decisión se ensaya antes de suceder. No es imaginar, es entrenar al cerebro para que reaccione con precisión ante una amenaza o un imprevisto.

Y es que cuando te domina la incertidumbre esta preparación mental te aporta una ventaja diferencial. Si no sabes qué va a pasar, pero sabes que algo puede pasar —y rápido, y sin avisar—, tener la mente entrenada es lo que marca la diferencia entre el bloqueo y la respuesta.

Los deportistas de élite hacen lo mismo: visualizan punto a punto, curva a curva y salto a salto. Saben que el cerebro entrenado así responde mejor bajo presión

Visualizar, ensayar mentalmente, crear rutas neuronales previas ante distintos escenarios es una manera de evitar que la incertidumbre te paralice. Porque la fortaleza mental te permite entrenar el control de cómo respondes, incluso cuando no sabes qué puede suceder después.

Los deportistas de élite hacen lo mismo: visualizan punto a punto, curva a curva y salto a salto. Saben que el cerebro entrenado así responde mejor bajo presión.

En los Juegos Olímpicos de Tokio, Simone Biles se retiró de la final por equipos. No fue una lesión física, sino una desconexión crítica entre cuerpo y mente. Los entrenadores lo saben: cuando el cerebro no está alineado con la acción, el fallo no es técnico. Es mental. Y puede ser peligroso.

¿Qué dice la ciencia?

Gracias a herramientas como el EEG (electroencefalograma), que registra la actividad eléctrica cerebral en tiempo real, se ha comprobado que las personas entrenadas mentalmente activan de forma más eficiente regiones como la corteza prefrontal dorsolateral y la cingulada anterior —zonas clave para la toma de decisiones, la concentración y el control emocional—. A la vez, la amígdala, centro del miedo y la impulsividad, se mantiene controlada. Y el resultado son decisiones más claras, respuestas más precisas y menor desgaste.

Uno de los modelos más influyentes en este campo es el IZOF, desarrollado por el psicólogo ruso Yuri Hanin. Su propuesta parte de una idea sencilla pero importante: cada persona rinde mejor dentro de un estado emocional propio, un rango óptimo que no es igual para todos. Algunos necesitan calma para concentrarse y ejecutar con precisión. Otros, en cambio, funcionan mejor con una dosis de activación, presión o nerviosismo.

La clave, según este enfoque, no está en suprimir las emociones, sino en identificar cuáles nos ayudan y cuáles nos bloquean, y a partir de ahí, entrenar el acceso a ese estado óptimo mediante rutinas mentales, visualización o técnicas de respiración. Es un proceso de autoconocimiento y entrenamiento que convierte la emoción —tradicionalmente vista como un obstáculo— en una aliada.

Entrenar con presión para no bloquearse

La neurociencia también ha demostrado que entrenar con estrés mejora la respuesta del cerebro en momentos críticos. ¿Por qué? Porque el cerebro no solo memoriza la tarea, sino también el contexto emocional y físico en que fue aprendida: el ruido, la urgencia, la incomodidad. A eso se le llama codificación contextual emocional.

Cuanto más se parezca el escenario real al entrenado, más fácil es responder con claridad. Lo impredecible deja de ser una amenaza y se convierte en un terreno conocido.

La coreografía mental

Así que quédate con esta idea: los deportistas de élite no improvisan su mente. Diseñan rituales: respiración, frases clave, visualizaciones. Todo para entrar en su zona óptima emocional.

No es misticismo: es repetición deliberada. Es entrenamiento del sistema nervioso. Y con ello se anclan reacciones automáticas, los errores se reducen y se acorta el tiempo de recuperación emocional.

Y para los que no somos atletas de élite…

No hace falta estar en una pista de Wimbledon ni en la cabina de un Boeing 747 para vivir bajo presión. Tomar decisiones difíciles, sostener conversaciones incómodas, llegar a fin de mes, rendir en un trabajo exigente, cuidar a alguien que depende de ti… también son formas cotidianas de jugarse el partido.

La buena noticia es que muchas de las herramientas que usan los deportistas y profesionales de élite pueden aplicarse a la vida diaria. Con pequeñas prácticas diarias es posible mejorar nuestro rendimiento, salud mental y calidad de vida.

Recomendaciones prácticas (y científicas) para la mente bajo presión

1.- Visualiza tu día antes de que ocurra

Antes de entrar en una reunión difícil, dar una clase o resolver un conflicto, imagina mentalmente lo que vas a hacer, cómo quieres sentirte y cómo vas a reaccionar si algo sale mal. Prepárate emocionalmente antes de que ocurra porque la mente cree que lo vivido mentalmente ya no es del todo extraño.

2.- Diseña tu propia rutina de enfoque

Los atletas tienen su ritual. Tú también puedes tenerlo. Puede ser tan simple como: cerrar los ojos, respirar hondo tres veces, repetir una frase que te centre (“estoy aquí”, “puedo con esto”) y actuar. Las rutinas reducen incertidumbre y activan el modo acción.

3. Exponerse a pequeñas dosis de presión ayuda a desactivar el miedo

Como decía, una de las formas más efectivas de fortalecer la respuesta mental ante el estrés es entrenarla en situaciones cotidianas, controladas y asumibles. No se trata de buscar el malestar por el malestar, sino de exponerse de forma deliberada a pequeños retos que generen incomodidad sin riesgo real.

Por ejemplo: poner un límite de tiempo para terminar una tarea, verbalizar una idea en voz alta antes de presentarla, hacer esa llamada incómoda que llevamos días postergando, o simplemente terminar la ducha con agua fría durante unos segundos.

La recomendación de los expertos en psicología del rendimiento es sencilla: nombrar la emoción, respirarla y luego hacer espacio para decidir qué hacer a continuación

Son prácticas sencillas, pero efectivas. Porque cuanto más entrenamos a la mente a estar presente en contextos incómodos, menos se activa el sistema de alarma ante lo inesperado. Lo que antes generaba tensión se vuelve manejable. Y lo que parecía estresante se convierte en parte del paisaje.

4. Reconocer la emoción, sin quedarse atrapado en ella

La clave no está en negar lo que sentimos, sino en aprender a gestionarlo con inteligencia. Ante una situación difícil es natural que aparezcan emociones como el miedo, la rabia o la tristeza. Reprimirlas no ayuda, pero dejar que lo dominen todo tampoco.

La recomendación de los expertos en psicología del rendimiento es sencilla: nombrar la emoción, respirarla y luego hacer espacio para decidir qué hacer a continuación.

5. No se trata de no alterarse, sino de saber volver al centro

En el imaginario colectivo, rendir bien bajo presión suele asociarse a una calma inalterable. Pero la realidad es otra: incluso las personas con alto rendimiento emocional se alteran. La diferencia está en cuánto tardan en recuperarse. Lo que distingue a quienes gestionan bien la presión es que saben cómo volver rápido a su eje emocional. Y eso no ocurre por azar: se entrena.

¿Con qué herramientas? Con descanso de calidad, conciencia corporal (respiración, movimiento), límites claros en lo personal y lo profesional, y, sobre todo, conectando a diario con aquello que da sentido a lo que hacemos. Porque cuando el propósito está presente, la recuperación se vuelve más rápida… y más profunda.

Lo que han aprendido deportistas de élite, cirujanos, pilotos o intérpretes que se lo juegan todo en un instante es que la mente también se entrena

En definitiva, todos, en algún momento, nos enfrentamos a situaciones donde la presión aprieta y la incertidumbre paraliza. No hace falta estar en una pista olímpica ni en un quirófano: la tensión emocional no distingue profesiones ni contextos. Puede surgir en una reunión decisiva, una conversación personal difícil o una etapa vital incierta.

Lo que han aprendido deportistas de élite, cirujanos, pilotos o intérpretes que se lo juegan todo en un instante es que la mente también se entrena. Se entrena para tomar decisiones cuando no hay margen, para sostener el foco en medio del caos, para no perderse justo cuando más se necesita claridad.

Como periodista, he comprendido que detrás de cada persona que rinde bajo presión —ya sea en un escenario, en una sala de juntas o frente a una cámara— hay una historia mental que rara vez conocemos.

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Sonia Pardo

Por ello, si comunicar tiene algún propósito —si escribir, entrevistar, crear espacios de conversación sigue teniendo sentido— es precisamente para eso: para poner palabras donde antes solo había presión, para acercar lo que parecía inaccesible y para humanizar lo que admiramos.

Esto me impulsa a crear un nuevo espacio de comunicación para conversar con líderes influyentes y ampliamente conocidos en distintos ámbitos: el deporte, la cultura, el periodismo, la música o la ciencia. Personas que han alcanzado el reconocimiento público y profesional más exigente, y que también han convivido con el vértigo, la presión y el desgaste que eso conlleva.

Porque lo que de verdad inspira no es solo lo que logran, sino cómo lo viven, cómo lo gestionan, cómo lo enfrentan… en silencio

Conversaciones que irán más allá de los logros y los focos, para explorar cómo se entrena la mente cuando la exigencia no da tregua. Qué se rompe. Qué se aprende. Qué se necesita para sostenerse por dentro. Porque lo que de verdad inspira no es solo lo que logran, sino cómo lo viven, cómo lo gestionan, cómo lo enfrentan… en silencio.

Y porque hablar de salud y fortaleza mental es una urgencia colectiva. Quienes comunicamos podemos —y debemos— formar parte del cambio. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque entendemos el valor de hacer las preguntas correctas a quienes pueden inspirar con su ejemplo y transformar con sus experiencias vitales.

¿Qué tienen en común Rafa Nadal cuando ganó cojeando el Open de Australia; Fernando Alonso adelantando con neumáticos viejos bajo la lluvia; Carolina Marín regresando de una doble lesión de rodilla para reinar en Europa; o Ana Peleteiro logrando un bronce olímpico mientras rompía con su entrenador y su pareja?

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