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Narcisistas S.A.: el arma de destrucción mental que amenaza a las empresas
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Sonia Pardo

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Narcisistas S.A.: el arma de destrucción mental que amenaza a las empresas

Emprendedores, deslumbrantes, carismáticos, implacables: los narcisistas conquistan despachos, pero acaban hundiendo empresas

Foto: Las empresas. (iStock)
Las empresas. (iStock)

Un estudio publicado en noviembre de 2024 por el International Journal of Management and Economics es demoledor. Analizando a más de 400 estudiantes de escuelas de negocios de nueve universidades, los investigadores concluyen que el narcisismo, por sí solo, no es un motor fiable para emprender con éxito.

Las personas con verdadera capacidad para emprender —además de conocimientos profundos sobre el mercado, la tecnología o la competencia— se mueven por una pasión genuina por crear. Por detectar oportunidades reales, resolver problemas reales y construir soluciones reales. Todo eso es precisamente lo que le cuesta al narcisista, cuando su motivación principal no es aportar, sino brillar. Exhibicionismo disfrazado de visión, alertan los investigadores. Y con él, mayores probabilidades de fracasar.

El mismo estudio advierte que el narcisismo necesita una brújula interna para no desbordarse: lo que en psicología se denomina locus de control interno. Sin esa conciencia de responsabilidad personal, el narcisista termina por dinamitar todo lo que toca. Sus proyectos, construidos sobre la necesidad de ser admirado, se convierten en castillos de humo. Viven en una realidad paralela. En ellos no hay propósito, no hay comunidad, no hay límites. Solo hay ego y la necesidad imperiosa de que alguien los admire.

He llegado a una conclusión crítica: lo peor de una empresa, de una organización, de cualquier espacio humano sostenido por vínculos, no es el error. Es el narcisismo.

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El narcisista no te grita —no siempre. No te golpea —no directamente. El narcisista te hace dudar. De ti. De los demás. De lo que ves y de lo que sientes. Es una maquinaria de erosión emocional. Una tormenta invisible que empieza con una sonrisa y termina con una estampida.

Las empresas infestadas de narcisistas funcionan como dictaduras sentimentales. No hay ideas, hay obediencias. No hay equipos, hay comparsas. No hay errores, hay traidores. Y lo peor: no hay proyecto. Sólo el espectáculo de su ego. Nadie te lo dice, pero se siente. En los pasillos. En los silencios. En los correos con copia al jefe. En las reuniones donde se premia al que aplaude y se castiga al que pregunta.

¿Por qué un CEO narcisista destruye tanto valor financiero?

La respuesta la ofrece un estudio demoledor publicado en The Accounting Review—revista de la Asociación Americana de Contabilidad—. Tras analizar más de 19.000 observaciones empresariales y a 923 CEOs, los investigadores descubrieron que cuanto mayor es el narcisismo del directivo —medido por su compensación, exposición mediática y poder interno—, más tiende a manipular las cuentas. "Los narcisistas son expertos en hacer que parezca que todo va bien, aunque no lo esté", explica Kari Olsen, coautora del estudio.

Cuando ya se han agotado las vías legítimas para mejorar los resultados, el maquillaje contable se convierte en rutina. Y si el CEO es narcisista, el riesgo de fraude se multiplica. Para los inversores, el mensaje es claro: las cifras pueden brillar, pero detrás puede haber humo, ego... y ruina. El narcisismo es un riesgo financiero más. Y hay que medirlo.

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Pero hay algo peor que un narcisista en el poder: un ejército de mediocres defendiéndolo. El mediocre no necesita brillar. Le basta con apagar al que lo hace. No tiene ideas, pero sí un archivo mental de tus errores. No sabe cómo mejorar, pero sí cómo hundirte. Es el lacayo que se siente emperador por estar cerca del trono. El que no construye nada, pero opina de todo. El que se indigna por sistema, fiscaliza al compañero y sobrevive a base de excusas y lealtades fingidas.

Todos los hemos sufrido: los que escriben solo cuando hay una bomba que explotar, los que se pegan como lapas al éxito ajeno, los que desaparecen cuando hay que arrimar el hombro. Son los mismos que nunca se mojan, pero critican la humedad.

Narcisistas y mediocres: el binomio perfecto para destruir

Los primeros necesitan aplausos. Los segundos, esconderse del miedo. Llevo meses entrevistándome con algunos de los líderes empresariales más importantes de España. Una y otra vez me repiten lo mismo: han visto cómo un equipo brillante se disuelve como un azucarillo cuando alguien necesita sentirse dios. Cómo la gente con más talento baja la cabeza. Cómo profesionales con años de experiencia piden permiso para pensar. Cómo, en demasiadas empresas, se premia al que copia una idea y se despide al que la tuvo. Miedo. Sumisión. Tristeza. Baja autoestima. El narcisismo arrasa por donde pasa.

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Cuando Warren Buffett dijo —con la calma del que lo ha visto todo— "los buenos negocios se hacen con buena gente", no se equivocaba. Porque las grandes ideas, los grandes equipos y los grandes proyectos pueden saltar por los aires si no se controla el ego estúpido que algunos no han aprendido a domar.

Pero no basta con señalar al narcisista. Ni con contarlo. Ni siquiera con sufrirlo. Porque si no hacemos nada, acabarán ganando. Y no porque sean más listos. Sino porque son más ruidosos. Salen en las redes. Lucen sus éxitos. Encandilan con sus discursos. No dudan. Buscan admiración. Parecen sólidos como rocas. Pero detrás, casi siempre, hay fachada. Y detrás de la fachada, vacío. Así que te propongo unos cuantos antídotos. Por si quieres controlar tu ego o detectar al narcisista que tienes cerca.

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Primero, hay que abrir el foco. Ver más allá del yo, del puesto, del indicador y de la Excel. Porque el narcisismo se cuece en la estrechez. En la ceguera de creerse el centro. Hay que mirar el bosque, no solo el árbol donde uno ha clavado su placa con nombre.

Después, hay que proponerse retos que no quepan en una tarjeta de visita. Retos que no sirvan para lucirse, sino para crecer. Retos que nos devuelvan la humildad. La buena. La que sabe que siempre hay un peldaño más. Y que, a veces, el peldaño es bajar.

Tercero, hay que defender la sinceridad como se defiende el oxígeno. Porque si la verdad incomoda a un líder, no es un líder: es un dictador emocional. La transparencia no es un valor de moda. Es una linterna en medio de la niebla.

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Cuarto, necesitamos gente que se mire al espejo para aprender, no para posar. La autocrítica no es debilidad. Es inteligencia. Es coraje. Es el único camino para no caer en la trampa de creerse infalible. Porque en el momento en que dejas de dudar, ya no piensas: pontificas.

Y, por último, hay que escuchar. Escuchar, de verdad. Escuchar, aunque duela. Escuchar, aunque no te convenga. Escuchar como quien abre una puerta en mitad de la tormenta. Porque el narcisista habla. El líder escucha.

Cinco gestos. Cinco antídotos. Cinco líneas de defensa contra una plaga silenciosa que ya ha arruinado demasiadas empresas, demasiadas relaciones, demasiadas vidas. Porque si no expulsamos a los narcisistas de los despachos, serán ellos quienes nos expulsen del futuro. Y esta vez, sin espejo donde mirarse.

*Sonia Pardo

Un estudio publicado en noviembre de 2024 por el International Journal of Management and Economics es demoledor. Analizando a más de 400 estudiantes de escuelas de negocios de nueve universidades, los investigadores concluyen que el narcisismo, por sí solo, no es un motor fiable para emprender con éxito.

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