Las reformas se acumulan en el armario

¿Podemos estar matando al euro de aburrimiento?

Que las reuniones del Eurogrupo sean ahora más tranquilas es una buena señal, porque significa que la Eurozona no está rompiéndose. A la vez es preocupante: no se avanza

Foto: La presidenta del BCE, Christine Lagarde, firma un billete de 20 euros. (Reuters)
La presidenta del BCE, Christine Lagarde, firma un billete de 20 euros. (Reuters)
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El Eurogrupo, la reunión de ministros de Finanzas de la Eurozona, no es ya ni la sombra de lo que fue: un encuentro clave en el que se decidía el futuro de Europa, en el que muchas veces se encadenaba una reunión extraordinaria con la siguiente. Eran tiempos en los que la zona euro estaba a punto de romperse, con Grecia al borde del precipicio y una continua sensación de estar al final de un camino. Cada madrugada europea era un 'vida o muerte' que se acababa salvando a duras penas, las salas de periodistas del Consejo estaban a rebosar día sí y día también, con una cobertura sin precedentes.

No queda nada de eso. En el último Eurogrupo del año solo un puñado de periodistas se paseaban por la sala de prensa. Hay tan poca presencia que deciden pedir pizza a domicilio y cenar en una de las salas desiertas del Consejo. La mayoría de los corresponsales que quedan por la zona son españoles, la delegación de periodistas más grande que todavía cubre intensivamente las reuniones de ministros de Finanzas de la Eurozona. La falta de interés mediático es un termómetro.

Hay una buena y una mala noticia en el hecho de que los Eurogrupos hayan pasado a ser aburridos, sin las madrugadas épicas que labraron su momento de máxima relevancia: ahora si las cosas se atascan todo el mundo a dormir y mañana será otro día. El último Eurogrupo, celebrado el pasado lunes 20 de enero, terminó sin que algunos periodistas se dieran cuenta siquiera de que se había celebrado ya la rueda de prensa.

La noticia buena es que, al menos, la Eurozona no está a punto de partirse en diecinueve pedazos. Ya no hay noches en las que Europa se juega su futuro a una mala palabra, a un desplante. Los tiempos de la crisis parecen ahora lejanos, las aguas del Eurogrupo están calmadas.

El lado negativo es que este aburrimiento en el Eurogrupo es un reflejo de que se está haciendo dormir un debate profundo y urgente para la zona euro: la necesidad de una reforma de la estructura de la Eurozona, completar la Unión Bancaria, preparar el barco para que aguante bien la próxima tormenta.

La realidad es que las reformas se empiezan a acumular en el armario. Aunque Nadia Calviño, ministra de Asuntos Económicos española, señalaba tras el Eurogrupo de diciembre que estaba contenta porque consideraba que se había progresado, aunque fuera poco, lo cierto es que es difícil no verlo como un fracaso. Mário Centeno, presidente del Eurogrupo, sudó y tuvo que hacer muchos equilibrios en la rueda de prensa para mantener la teoría de que se había avanzado. Unos días después, tras el Consejo Europeo, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, dejaba de poner paños calientes y admitía el bloqueo.

La vicepresidenta del Gobierno y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño. (EFE)
La vicepresidenta del Gobierno y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño. (EFE)

Los objetivos eran claros: cerrar un acuerdo ya muy atado respecto al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), el fondo de rescate europeo; y establecer una hoja de ruta para la negociación política de un fondo de garantía de depósitos europeo (EDIS). Ninguna de las dos cosas se ha logrado: la primera se ha retrasado a la espera de que Italia resuelva un debate político interno al respecto que está enmarcado en el ambiente preelectoral que se vive en el país y no en el fondo de la reforma del Mecanismo, y el segundo asunto ha sido devuelto a los técnicos.

La reforma de la Eurozona y completar la Unión Bancaria son asuntos de absoluta urgencia para la Unión Europea. Aburrirse en los Eurogrupos está bien si eso significa que el drama se ha eliminado porque no hay ningún país a punto de ser amputado a la zona euro, pero cuando representa una incapacidad de avanzar, una cabezonería política que impide un debate serio sobre lo que, factualmente y según coinciden prácticamente todos los expertos, necesita la zona euro para soportar bien un nuevo 'shock'.

Otro de los problemas consiste en cerrar en falso determinados debates, como el de un instrumento presupuestario para la zona euro (BICC por sus siglas en inglés). Se ha limitado a ser un presupuesto de tamaño mínimo, muy encorsetado (cada Estado miembro recibirá de vuelta 70 céntimos por cada euro que aporte), y sin una capacidad real de acudir en auxilio de la zona euro si llega un 'shock' fuerte a la economía europea.

El precio de esta inacción, de esta falta de progresos, puede ser muy alto. Los líderes se reunieron en una cumbre del euro el pasado 13 de diciembre, y ni ellos ni las fuentes diplomáticas que esos días se pasearon por el Consejo Europeo intentaron dar rodeos: la situación está bloqueada, no avanza, y difícilmente se puede hablar de ninguna victoria. Salvo para los países nórdicos y ortodoxos, que celebran que se esté imponiendo su agenda.

Especialmente preocupante es la situación de Italia, una auténtica bomba de relojería rozando el 135% de deuda pública, con una situación política muy inestable, y donde la vuelta de Matteo Salvini al poder parece solo cuestión de tiempo, y el resto de socios europeos desconfían profundamente del italiano.

Salvini, líder de la xenófoba y euroescéptica Lega, ha insistido últimamente en que se deje de repetir que su formación quiere sacar a Italia del euro. Pero lo cierto es que sus gurús económicos han defendido desde hace mucho tiempo la necesidad de que Roma abandone la Eurozona, y uno de los criterios que han señalado que se debe seguir es el del secretismo: para poder salir del euro nadie debe pensar que se intenta salir del euro.

Un tema político

Porque, aunque para el electorado español el tema europeo sea absolutamente irrelevante, no es así en otros países. Y no por su vocación europeísta precisamente. La idea de crear transferencias fiscales automáticas, compartir riesgos con esos países del sur que derrochan, que malgastan, que son incapaces de alcanzar la estabilidad presupuestaria, es una verdadera arma política incluso entre las fuerzas más moderadas en países nórdicos. La idea de que hay unos gañanes al sur aprovechándose del trabajo de los del norte no es un mensaje tramposo y egoísta que se limite al interior de las fronteras nacionales, sino que también ocurre a nivel europeo.

Sin embargo, tanto los líderes como los ministros insisten una y otra vez en que las negociaciones sobre el EDIS o sobre la profundidad del BICC deben mantenerse en el nivel técnico, y que solo cuando hay acuerdo en ese escalón puede ascender al político, obviando que el bloqueo que impide que los técnicos puedan cerrar un trato es el hecho de que las discrepancias son, precisamente, políticas.

Foto: EFE
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El único punto positivo de la última cumbre del euro es que al menos algunos de los líderes políticos admitieron que este no es un problema técnico, que los supuestos avances que se han hecho en las últimas semanas no son tales, y que es necesario un debate político amplio.

Aun así, nada parece indicar que en el año 2020 las conversaciones vayan a tomar una nueva dirección o una nueva velocidad. No hay nuevo mandato de los líderes, y el último empuje que se había dado al EDIS con la propuesta de Olaf Scholz, ministro de Finanzas alemán, se han visto frenados por los desequilibrios en el Gobierno alemán tras las primarias en el partido socialdemócrata.

No hay perspectivas de una mejora en el estado de salud de los debates a la vez que los riesgos se van multiplicando y la economía mundial se va enfriando. Lo grave de la actual situación es que la vía más probable por la que pueda volver la emoción al Eurogrupo sea por la necesidad de mantener viva a la zona euro frente a una crisis existencial y grave antes que porque se esté debatiendo a fondo una agenda real de reformas.

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