Sharon Lavigne: abuela, activista ambiental y premio Goldman 2021
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El equivalente a los Nobel del medioambiente

Sharon Lavigne: abuela, activista ambiental y premio Goldman 2021

Es la líder contra el 'Cancer Alley', un pequeño territorio con más de 200 plantas petroquímicas y donde la tasa de cáncer entre la población es 50 veces superior a la media estadounidense

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Sharon Lavigne, premio Goldman 2021

Con 69 años y 12 nietos, Sharon Lavigne se sorprendió cuando recibió la noticia de que había sido reconocida con el premio Goldman de 2021. Considerado por muchos el “Nobel del medioambiente”, el galardón le fue otorgado en la categoría de Norteamérica por liderar un movimiento social en defensa de su comunidad contra los intereses de la industria petroquímica en la región.

Afroamericana e hija de padres activistas por los derechos civiles, que combatieron la segregación racial a mediados del siglo pasado, la lucha de Lavigne se ha centrado en la justicia medioambiental en el quinto distrito de Saint James Parish, un pequeño condado del sur de Luisiana donde la contaminación atmosférica debida a las petroquímicas se suma a otros riesgos ambientales agravados por la crisis climática, como los huracanes, la subida del nivel del mar y las consecuentes inundaciones.

"Solo el complejo petroquímico de Formosa Plastics duplicará con creces los riesgos de cáncer en la parroquia de St. James"

En esta localidad situada sobre la ribera del Misisipi, a medio camino entre Nueva Orleans y Baton Rouge, las majestuosas encinas del sur (Quercus virginiana) conviven con las más de doscientas plantas petroquímicas que se han ido levantando a lo largo de 130 kilómetros y que han sustituido a los antiguos negocios locales. El lugar se conoce también como 'Cancer Alley' (“El callejón del cáncer”), por la elevada incidencia de la enfermedad en ese pequeño pasillo donde la tasa de cáncer es 50 veces superior a la media nacional estadounidense, según la Agencia de Protección Ambiental.

Pan para hoy...

Muchos miembros de St. James Parish ahora dependen de trabajos en las petroquímicas y refinerías. Los que no, ven en la construcción de nuevas plantas una oportunidad de empleo. “Quiero que la gente tenga trabajo. No me malinterpreten”, matizó Sharon Lavigne a The Washington Post. “Pero no son empleos si no van a durar, si no vamos a poder vivir”.

El estado de Luisiana, que algunos representantes republicanos han planteado convertir en “santuario de los combustibles fósiles” para resistir la legislación ambiental que comporte una amenaza para esta industria, es hoy el tercer mayor productor de gas natural de EEUU. En parte, por ello resulta atractivo para macroproyectos como el de Formosa Plastics Group que, beneficiándose de la infraestructura ya existente y del gas barato, pretende levantar en St. James Parish una fábrica de plásticos de 9.400 millones de dólares que figuraría entre las mayores en el mundo.

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Protestas de RISE St. James en contra de complejo petroquímico de Formosa Plastics.

En marzo, varios especialistas en derechos humanos asociados a la ONU reconocieron este caso como una manifestación de “racismo medioambiental”, puesto que se trata de una comunidad de población predominantemente negra, donde el 91% de los habitantes del quinto distrito son afroamericanos, según el censo. “Solo el complejo petroquímico de Formosa Plastics duplicará con creces los riesgos de cáncer en la parroquia de St. James, afectando desproporcionadamente a los residentes afroamericanos”, advirtieron los expertos.

No en mi comunidad

Sharon Lavigne coincide en que es una cuestión de justicia ambiental ligada a la equidad racial: “Vienen a las comunidades negras porque saben que aquí nadie levantará la voz”, dijo la activista en una entrevista con la BBC. Y nadie alzó la voz —o no lo suficiente— hasta que ella lo hizo en 2019, y logró con ello movilizar a sus vecinos y frustrar los planes de construcción de una fábrica de plásticos china, Wanhua, que acumulaba una inversión de más de 1.250 millones de dólares.

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El megaproyecto pretendía asentarse en St. James Parish, ya afectada por unos niveles de concentración de partículas tóxicas entre los más altos del país. “Lavigne organizó visitas puerta a puerta en los barrios que se verían más afectados y habló con los residentes sobre los riesgos”, valoran los organizadores del Premio Goldman. También convidó en su salón a expertos respetados que acudieron a las asambleas municipales para educar a los miembros de la comunidad, “elaboró informes, escribió cartas a los periódicos regionales y diseñó anuncios en la prensa, todo ello para argumentar en contra del proyecto”, recapitulan.

Ahora, junto a RISE St James, el movimiento que creó sin experiencia previa en el activismo —pues, como ella reconoce, ni siquiera en la iglesia era capaz de hablar en público— se planta contra el proyecto de Formosa. A ello dedica su tiempo completo (dejó su trabajo como educadora) y reconoce que sus nietos se percatan de su ausencia, pero entienden la importancia de su empresa.

Una cita con el presidente

“Ya no puedo quedarme con ellos tan a menudo porque no tengo tiempo”, lamentó Lavigne a la BBC, si bien añadió que uno de sus nietos la justificó diciendo que su abuela estaba intentando salvar sus vidas. Ahora espera volver a Washington y conocer al presidente Biden. “Me gustaría ver la industria detenerse y construir la comunidad de nuevo, que vuelvan las tiendas, los lugares donde la gente pueda trabajar más allá de esta industria que nos va a contaminar”, sentenció ante la cadena británica.

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