Vivir en un espacio protegido: la oportunidad de crecer 'con' la naturaleza y no a su costa
Los sitios declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco han logrado el equilibrio entre el desarrollo de las comunidades locales y la conservación de la naturaleza. Ahora se enfrentan a nuevos retos
Residir en un espacio natural protegido no tiene por qué ser un fastidio. Muy al contrario, las oportunidades de trabajo se multiplican cuando la actividad se ajusta a las reglas de juego. Unas reglas basadas en la convivencia con el entorno, el aprovechamiento razonado de sus recursos y el respeto al medio ambiente. Alrededor de mil millones de personas habitan lugares privilegiados donde eso está siendo posible.
En su informe Vivir con la naturaleza en los sitios designados por la Unesco: contribuciones mundiales y locales, esta agencia de la ONU, cuya misión principal es promover la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación al servicio de la paz y el desarrollo sostenible, ha realizado una evaluación exhaustiva del estado de conservación de los espacios naturales declarados Patrimonio de la Humanidad, Reservas de la Biosfera o Geoparques Mundiales.
Como declara la Convención de las Naciones Unidas sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural, aprobada en 1972 y con 195 Estados adheridos actualmente, los valores que atesoran estos lugares pertenecen a todos los pueblos del planeta, independientemente del territorio en el que se encuentren. Juntos forman un mosaico que refleja la belleza de la Tierra y constituyen un legado común.
El estudio, llevado a cabo en colaboración con centros de investigación de todo el mundo, destaca que los 2.260 sitios declarados hasta ahora son paisajes vivos y dinámicos donde las comunidades y la naturaleza se han adaptado y han crecido juntas a lo largo de los siglos. Territorios en los que se ha logrado alcanzar un punto de equilibrio entre progreso y ecología. Buena prueba de ello es que, mientras las poblaciones de fauna salvaje han disminuido en un 73% en todo el mundo desde 1970, en las los sitios amparados por la Unesco se han mantenido estables.
En conjunto, estos sitios abarcan más de trece millones de kilómetros cuadrados, una superficie mayor a la de India y China juntas, y cobijan a cerca de mil millones de personas. Rincones del planeta que albergan una fauna y una flora extraordinarias, con más del 60% de las especies de vertebrados terrestres, y con bosques que absorben alrededor del 15% de todo el carbono que captan globalmente los ecosistemas forestales. Territorios con un alto índice de biodiversidad en los que se demuestra que las personas y la naturaleza pueden prosperar juntas.
Nuevas amenazas
Sin embargo, según la propia Unesco, casi el 90% de los territorios elegidos enfrenta actualmente elevados riesgos debido al avance del cambio climático, los malos usos del suelo, la sobreexplotación de los acuíferos o los altos niveles de contaminación, entre otros impactos humanos. Restaurar ese equilibrio perdido, rescatar los valores que los hicieron singulares, es clave para que sus habitantes logren continuar creciendo ‘con’ la naturaleza, y no a su costa.
En nuestro país, entre el medio centenar de sitios declarados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, figuran algunas de las ‘joyas de la corona’ de nuestra naturaleza. Parques Nacionales como los del Teide, Garajonay, Doñana y Ordesa y Monte Perdido, el paraje de Las Médulas, la mallorquina Serra de Tramuntana o los hayedos de Montejo de la Sierra, Lizardoia y Tejera Negra integran, junto a otros, esa selección nacional de la España salvaje.
Un listado al que habría que sumar los lugares designados como Reserva de la Biosfera por la misma organización. De hecho, España es, con 55 enclaves elegidos, el país que cuenta con más reservas de la biosfera de todo el mundo.
Gentes y paisajes
Distribuidas por 16 de las 17 comunidades autónomas, el listado de reservas suma espacios naturales de alto valor ecológico que en algunos casos están densamente habitados. Lugares como la Sierra de Grazalema, Monfragüe, el Valle de Arán, las Bárdenas Reales, Urdaibai, Os Ancares o las islas de La Gomera o Menorca. De todas nuestras Reservas de la Biosfera cuatro son transfronterizas: tres las compartimos con Portugal y una con Marruecos: la Intercontinental del Mediterráneo, que se extiende a uno y otro lado del Estrecho.
Pero más allá de poner en valor ese ejercicio de convivencia entre hombre y naturaleza, el informe alerta de los riesgos a los que se enfrentan actualmente casi todos los espacios naturales designados Patrimonio de la Humanidad. Muchos ecosistemas se están degradando hasta acercarse peligrosamente a puntos de inflexión críticos, por lo que, sin una acción más firme y coordinada, la biodiversidad que acogen, los servicios ecosistémicos que nos prestan y el bienestar de las comunidades locales que en ellos habitan podrían verse seriamente afectados.
Para evitar la rotura de ese equilibrio es necesario volver a armonizar la conservación de la naturaleza con el desarrollo sostenible, afrontando de manera conjunta los dos principales retos: la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Dos crisis tan profundamente interconectadas que son en realidad la misma, por lo que requieren igual atención a la hora de mitigarlas.
Para el director general de la Unesco, el prestigioso egiptólogo Khaled El-Enany, “las conclusiones del informe son claras: los sitios protegidos por la Unesco están generando impactos positivos en las personas y en la naturaleza. En estos territorios, las comunidades prosperan, el patrimonio de la humanidad perdura y la biodiversidad se conserva mientras en otras partes se degrada”.
De lo que se trata ahora, según este experto, es de mantener el equilibrio de la actividad económica mediante unas prácticas agrícolas, turísticas o industriales que respeten los valores naturales, “ampliando el nivel de ambición y reconociendo estos sitios como lo que son: activos estratégicos para hacer frente al cambio climático y la pérdida de biodiversidad garantizando los modos de vida de las generaciones futuras.”
Residir en un espacio natural protegido no tiene por qué ser un fastidio. Muy al contrario, las oportunidades de trabajo se multiplican cuando la actividad se ajusta a las reglas de juego. Unas reglas basadas en la convivencia con el entorno, el aprovechamiento razonado de sus recursos y el respeto al medio ambiente. Alrededor de mil millones de personas habitan lugares privilegiados donde eso está siendo posible.