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Audio | El silbo gomero, la forma de comunicarse más allá de los barrancos y laurisilvas
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Audio | El silbo gomero, la forma de comunicarse más allá de los barrancos y laurisilvas

Desde tiempos remotos, los gomeros desarrollaron un habla propia, audible a una distancia muy superior -quizá hasta diez veces- a la de la palabra gritada. Y la llamaron silbo, aunque, más que una lengua, es la manera silbada de pronunciar

Foto: El gomero Isidro Ortíz silbando ante la fortaleza de Chipude. (EFE/C. Fernández)
El gomero Isidro Ortíz silbando ante la fortaleza de Chipude. (EFE/C. Fernández)

Quien conozca La Gomera sabrá que la comunicación allí no es fácil. Los profundos barrancos que surcan radialmente la isla son barreras —o zanjas, mejor dicho— difíciles de franquear, lo que en otros tiempos obligaba a los habitantes de la isla a desgañitarse o, más frecuentemente, a hacer interminables rodeos para establecer una conversación. La espesura de los bosques, las laurisilvas regadas por las nieblas del mar, tampoco lo ponen fácil a la hora de desplazarse.

Audio/vídeo: Carlos de Hita.

Así que no es extraño que, desde tiempos remotos, los gomeros desarrollaran un habla propia, audible a una distancia muy superior —quizá hasta diez veces— a la de la palabra gritada. Y la llamaron silbo, aunque, más que una lengua, es la manera silbada de pronunciar, con una dicción líquida, pero precisa, cualquier idioma. El aborigen primero, el español en la actualidad.

Foto: Foto: Carlos de Hita.

El silbo gomero es especialmente eficaz para mantener una charla desde las dos laderas de un barranco, con el abismo de por medio. A vuelo de pájaro la distancia puede ser pequeña, de unos cientos de metros, pero las palabras silbadas llegarán con nitidez a los oyentes. Y quien dice a vuelo de pájaro también dice con la voz de un pájaro. La de los mirlos, precisamente. Porque los silbidos de los gomeros humanos suenan muy parecidos, en la tesitura y el timbre, a los silbidos de estos otros gomeros, los mirlos, que parlotean sin parar a la sombra de las laurisilvas.

Otra cosa es el tipo de historias que unos y otros se cuenten.

Quien conozca La Gomera sabrá que la comunicación allí no es fácil. Los profundos barrancos que surcan radialmente la isla son barreras —o zanjas, mejor dicho— difíciles de franquear, lo que en otros tiempos obligaba a los habitantes de la isla a desgañitarse o, más frecuentemente, a hacer interminables rodeos para establecer una conversación. La espesura de los bosques, las laurisilvas regadas por las nieblas del mar, tampoco lo ponen fácil a la hora de desplazarse.

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