El amenazado paisaje sonoro de las viejas pajareras de Doñana
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Sábados de Campo

El amenazado paisaje sonoro de las viejas pajareras de Doñana

En uno de los parques nacionales más importantes de nuestro país, se concentran cada año miles de aves, de cientos de especies diferentes. Es una de nuestras últimas grandes reservas de biodiversidad

placeholder Foto: El Parque Nacional de Doñana. (Flickr)
El Parque Nacional de Doñana. (Flickr)

En 'Retrato de una Tierra Salvaje', Guy Mountfort explicaba que, "de lejos, la pajarera parece una larga línea blanca, sobre la que se abatiera una furiosa tormenta de nieve, a medida que miles de aves descienden sobre los arbustos sobrecargados. Al avanzar, uno percibe la distante babel de voces que, minuto a minuto, van formando un 'crescendo' ensordecedor como el sonido de un enorme patio de colegio durante el recreo.

Desmontamos a una distancia de 200 yardas y caminamos atravesando el matorral. La escena y el ruido son ahora increíbles. Cada arbusto soporta doce o más nidos. Casi en cada rama se balancea un ave blanca. Todo es movimiento y alboroto. Las aves hacen poco caso de nuestra llegada y el aire se llena de nuevos individuos que llegan y se ciernen buscando un lugar para posarse. Cada pocos momentos hay un estruendo de alas y un excitado grupo de unas cien aves se levanta, tan solo para posarse y reñir de nuevo por el espacio vital".

En la inmensa planicie de las marismas cualquier estructura que se levante –una percha, algún árbol– es un lugar de encuentro, un punto de referencia. Los árboles que forman las Pajareras de Doñana son, por tanto, cotizados lugares de reunión para aquellas aves que disfrutan de la vida en comunidad. La mayoría, los más robustos, son alcornoques, aunque también crecen algunos sauces. Por encima de ellos, día y noche, sobrevuela una nube de aves, grises, blancas, negras: cigüeñas, espátulas, garcillas bueyeras, pero, sobre todo, las zanquilargas garzas reales, siempre aleteando, en equilibrio inestable sobre las ramas. Tanto que a veces parece que vuelan aún estando posadas.

Vídeo: Carlos de Hita

Observamos una gran contradicción en estas pajareras. Toda la elegancia en su aspecto, ninguna gracia en la voz.

Los nidos de las garzas son apenas visibles, un amasijo de palos mal agarrados a las ramas; en estas fechas la mayoría están incubando, pero, aunque no se los ve, ya se oyen los matraqueos con que los pocos pollos nacidos piden comida.

Pero la situación de las pajareras no es buena. Han pasado más de setenta años desde la descripción admirada de Guy Mountfort que encabeza este texto. Y seis o siete desde que registré estas escenas. Desde entonces la mayoría de estos alcornoques venerables han caído. La acidificación por el elevado número de aves que tienen que soportar acaba con ellos. En los últimos años se está intentando que las aves se trasladen a árboles más jóvenes, pero habrían de pasar siglos para que el viejo espectáculo tuviera lugar de nuevo. Y en Doñana el futuro no está garantizado.

Por muchas razones Doñana es un espacio único. Y mientras duren las pajareras, además, lo hacen irrepetible.

Parque de Doñana
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