Bueyes almizcleros: los últimos barbudos que habitan la gran tundra
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Crónicas de la vida salvaje

Bueyes almizcleros: los últimos barbudos que habitan la gran tundra

Esta especie, más emparentada con las ovejas y las cabras que con los bisontes, es la última entre los grandes herbívoros que habitan los territorios más al norte del planeta

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Foto: Andoni Canela

El agua cercana a la playa está helada. Las gaviotas dan pequeños saltos sobre el frágil hielo. Las nubes grises, amenazadoras, ofrecen una luz plomiza. Todavía no han descargado esta mañana. El paisaje está cubierto por una fina capa de nieve de la noche anterior.

En un asentamiento de pescadores inupiaq, los nativos de estas tierras, veo la piel amarillenta de un oso polar colgada de una tabla de madera. Me pregunto hace cuánto tiempo que lo habrán cazado. En esta zona remota de Alaska se mató uno de los osos más grandes del mundo. Pesaba más de mil kilos ¡una tonelada! Los osos se alimentan principalmente de focas, abundantes en estas aguas, y de otros animales marinos.

Hasta hace pocos años, en el lugar donde me encuentro se podía caminar sobre el mar. Literal. Caminar sobre el hielo del océano Pacífico y llegar a otro continente. El estrecho de Bering fue durante milenios un puente natural que permitía el paso a pie de América a Asia. Con las temperaturas más frías, el cruce entre el norte de Alaska y la punta noroeste de Rusia era habitual.

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Foto: Andoni Canela.

Atravieso el Círculo Polar Ártico, cerca del fiordo de Kotzebue. Es un territorio extremo, perdido y muy poco habitado. Aquí, en el interior no crecen los árboles. Solo hay arbustos, líquenes o musgos. Es la tundra. Son muy pocos los mamíferos terrestres capaces de sobrevivir en este medio y más en las duras condiciones del invierno. Entre los adaptados podemos encontrar alces, grandes manadas de caribúes, lobos árticos, osos polares y grizzlis. Esta tundra es el hábitat del protagonista de hoy: el buey almizclero ('Ovibos moschatus').

Con casi 400 kg, el buey almizclero es el más nórdico de los herbívoros. Es una de las especies mejor adaptadas al clima extremo del Ártico y llegan a soportar temperaturas de 40 o 50 bajo cero. Se le denomina 'almizclero' porque el macho posee una glándula que en la época de celo emite un olor fuerte muy parecido al almizcle, una sustancia segregada por los ciervos almizcleros.

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Foto: Andoni Canela.

Los pescadores de la playa me habían asegurado que en esta época del año no hay osos polares en la zona. Aun así, dejo la costa y continúo hacia el interior remontando el curso de un río. Subo a una pequeña colina para tener más perspectiva, miro hacia el otro lado y… ¡sorpresa! Allí está mi primer buey almizclero. Mejor dicho, son tres. Delante de mí, muy despacio los bueyes se disponen a cruzar el río. Me han transportado, de repente, a la Edad de Hielo, a la época de los mamuts cuando esas criaturas enormes que estaban todavía vivas hace tan solo 4.000 años. El buey almizclero es una auténtica reliquia de la era glacial. Los pueblos inuit (emparentados con los inupiaq) le llaman el barbudo.

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Foto: Andoni Canela.

Los bueyes almizcleros son primos cercanos de los rebecos y sarrios que habitan nuestras montañas. A pesar de su aspecto y de su nombre, pertenecen a la subfamilia 'Caprinae' y están más cercanos a cabras y ovejas que a búfalos, bisontes o vacas. Cuando se sienten amenazados forman un círculo para proteger a sus crías. Esta técnica les suele funcionar con sus depredadores naturales, como las manadas de lobos árticos, pero no así con el ser humano.

A finales del s. XIX, el desarrollo industrial y los cazadores profesionales llegaron a algunas zonas inexploradas del Ártico. Allí descubrieron lo fácil que era su caza, por su costumbre de quedarse inmóviles formando el círculo de protección. Era muy fácil abatirlos sin piedad. Mataron a centenares de miles y lograron extinguirlos en Alaska y gran parte de Canadá y Groenlandia. Muchos siglos antes se habían extinguido en Escandinavia y Siberia. En el siglo XX comenzó la reintroducción de bueyes almizcleros que, poco a poco, están logrando recuperar sus antiguos territorios.

Varios días después, sucede mi último encuentro. Es mucho más cercano. Tengo el viento a mi favor. Nieva. El buey, que no me ve ni me huele, se alimenta de un arbusto con total tranquilidad. Veo el brillo del sol en sus ojos diminutos. Sus largos pelos entrelazados parecen rastas. La nieve cae cubriendo su espeso pelaje. El barbudo está integrado en la tundra como si fuera una roca o un arbusto más. Inesperado, un rayo de sol se filtra entre las nubes. Suspiro. Es uno de los paisajes más bellos que he visto en mi vida.

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