Los combustibles seguirán en nuestras vidas con la Ley de Cambio Climático
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Los combustibles seguirán en nuestras vidas con la Ley de Cambio Climático

Tras su aprobación en el Congreso de los Diputados, las esperanzas de conseguir cumplir el objetivo marcado de la neutralidad de carbono está más cerca, pero siguen quedando en el aire algunas incógnitas

placeholder Foto: Reducir las emisiones es prioritario. Foto: Unsplash/@shaikhulud
Reducir las emisiones es prioritario. Foto: Unsplash/@shaikhulud

Por fin España tiene una Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Una realidad legislativa que determina un rumbo fijo y una dirección política para combatir, desde el consenso democrático, la emergencia climática que estamos viviendo. Su aprobación en el Congreso de los Diputados implica un cambio superlativo que influirá en los modos de vida y en el diseño de la sociedad que tendremos en el futuro, trazándola desde la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente.

Uno de estos cambios fundamentales va a ser el cómo y dónde producimos, gestionamos y empleamos la energía; el motor diario de nuestro sistema socioeconómico, ahora más globalizado y, por tanto, más dependiente económicamente de los países exportadores de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón). El uso de energías limpias para abordar la reducción de Gases de Efecto Invernadero (GEI), principal contribuyente al aumento del cambio climático, es ya uno de los mayores retos a los que se enfrenta la humanidad en este siglo XXI.

El panel de expertos científicos de la ONU insiste en que se deben reducir las emisiones un 7,6% anualmente a nivel nacional

La ciencia ya ha marcado los objetivos para conseguir detener la pandemia del cambio climático. Para mantener la temperatura media global por debajo de los 1,5ºC a mitad de siglo, el panel de expertos científicos de la ONU insiste en que se deben reducir las emisiones un 7,6% anualmente a nivel nacional.

En la misma dirección, la Comisión Europea (CE), en su afán por liderar a nivel global, evolucionar hacia una economía verde y ser un ejemplo en la lucha contra el cambio climático, elevó en septiembre de 2020 su objetivo de reducción de emisiones de GEI del 40% al 55% para 2030. Una señal muy potente para el mercado, a la que han respondido rápidamente otros países como China o EEUU, con la que se pretende atraer inversión sostenible, generar empleo de calidad a corto y medio plazo, avanzar en I+D+i y desarrollar, junto con su exportación, tecnologías que permitan cumplir con el Acuerdo de París.

Un camino de espinas

La tramitación de la Ley de Cambio Climático no ha sido un camino de rosas, sino más bien de espinas. Las presiones y envites incesantes de los diferentes lobbies, partidos políticos, asociaciones empresariales y ONGs al articulado, a través de las más de 758 enmiendas recibidas, ha provocado que su tramitación haya sido una tarea sumamente compleja y laboriosa.

placeholder Los motores de combustión, un problema duradero. Foto: Unsplash/@itzshunnn
Los motores de combustión, un problema duradero. Foto: Unsplash/@itzshunnn

Al final, los objetivos aprobados para 2030 e incluidos en el articulado son una reducción de emisiones de GEI del 23% respecto al año 1990 (un 2,3% anual, lejos del 7,6% sugerido por la ONU), aumentar la penetración de generación renovable en el consumo de energía final hasta el 42% y alcanzar un sistema eléctrico con el 74% de generación con renovables. Si observamos los objetivos contenidos en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), se corrobora que son idénticos. Según remarca la ciencia de la ONU, en la que sea basan la mayoría de las asociaciones ecologistas, el objetivo de reducción de emisiones a 2030 debería haberse elevado al 55%.

Es decir, se ha subordinado una Ley a un plan estratégico, cuando muchos expertos sugieren que debería haber sido lo contrario; crear una Ley paraguas, de amplio espectro normativo con fiscalidad verde y ordenación de renovables, en la que se incluyeran la creación, actualización y revisión de todos los planes o estrategias de sostenibilidad del futuro.

Foto: El deshielo del Ártico esta alterando el clima del planeta (EFE)

Por otro lado, el trabajo de las presiones ha obtenido su resultado. Como critican desde Greenpeace o la Fundación Renovables, junto con la insuficiencia de ambición en los objetivos fijados, las enmiendas aprobadas al artículo 11 han abierto un boquete al uso del gas fósil en el transporte por carretera. Al ser un sector en el que la movilidad eléctrica ya estaba empezando a despegar, pese a que se haga a un ritmo más lento del deseado, se demora la necesaria electrificación y se desviarán las inversiones a actividades a infraestructuras y vehículos propulsados a gas.

Uso crónico de combustibles

Los combustibles, sean fósiles o de origen sintético, seguirán presentes en nuestras vidas. Es uno de los efectos generados al no contener un objetivo de electrificación de la demanda de energía, aunque en el PNIEC está marcado en un 27% a 2030. Un 27% de electrificación en energía final con una de generación del 74% con energías renovables supone que el aporte eléctrico de las renovables es del 20%, faltando 22 puntos porcentuales para llegar al objetivo del 42%, que deberán conseguirse con procesos de combustión.

La reducción de emisiones no está basada en un cambio de procesos de combustión térmica por la implantación de sistemas eléctricos, mucho más eficientes y sin emisiones asociadas. Se promueve la sustitución de combustibles fósiles por otros alternativos (biocarburantes o combustibles sintéticos obtenidos a partir de alimentos básicos como el arroz, maíz, soja o azúcar), que siguen liberando GEI a la atmosfera, aunque supongan la mitad de las emisiones asociadas a los fósiles.

Foto: Foto: EFE.

Esto provoca que los sectores colonizados por el petróleo, como sucede en la agricultura, ganadería, transporte terrestre, marítimo y aéreo, o por el gas, en las calefacciones de las edificaciones y la gran industria, sufran una reconversión a combustibles alternativos y no a tecnologías y equipos eléctricos. Este paso intermedio, creado artificialmente por la presión del sector de los hidrocarburos, como destacan las asociaciones ecologistas, impide apostar decididamente por la electricidad, pese a que es una tecnología 100% disponible y con mercados fuertes y competitivos en coste.

Esto nos indica que estamos dejando de lado a los sectores que más contribuyen al aumento del cambio climático. El transporte es el foco productivo más emisor y supuso, en 2019, el 29% de las emisiones en términos de CO2 equivalente, seguido de la industria (20,6%), la generación de electricidad (13,5%) y la agricultura y ganadería en su conjunto (12,5%). Aletargar la implantación de la electricidad puede conllevar perder la oportunidad de estar a la vanguardia.

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