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Así impactan las fusiones transatlánticas de despachos en el mercado legal de Madrid
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Así impactan las fusiones transatlánticas de despachos en el mercado legal de Madrid

El matrimonio de gigantes de la abogacía a ambos lados del Atlántico hace que los despachos con ADN español reciban menos trabajo referido de firmas que no contaban con sede en el país

Foto: Las fusiones globales de despachos impactan en Madrid. (Reuters/Ana Beltrán)
Las fusiones globales de despachos impactan en Madrid. (Reuters/Ana Beltrán)
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El sector legal se encuentra en plena metamorfosis. A la llegada de fondos de inversión que están entrando en el corazón de un mercado cuya premisa fue la independencia de sus socios, se suma la fusión de firmas cuyo potencial individual ya era enorme.

Desde mayo de 2023, cuando los socios de Allen & Overy por el lado británico y Shearman, por el estadounidense, anunciaron la intención de fusionarse, en apenas dos años y medio el terremoto en la abogacía global ha generado otras dos megafusiones: Herbert Smith (UK) junto a Kramer (EEUU) y la recientemente anunciada de Ashurst con Perkins Coe.

Fuentes conocedoras del mercado español empiezan a constatar el primer efecto palpable en Madrid: la pérdida de flujo de trabajo internacional hacia firmas españolas que hasta ahora actuaban como socio local de grandes bufetes norteamericanos y británicos. “La creación por fusión de este tipo de firmas puede reducir el trabajo por referencias, donde una firma americana asesora a su cliente y tiene a su despacho de referencia en España para la parte local”, explica Miguel Ángel Pérez de la Manga, socio de Blackswan. “Puede ser muy ocasional en las fusiones citadas, pero hay que tener presente que el mercado de operaciones sofisticadas es muy pequeño en España”.

La tesis encaja con el análisis de desplazamiento del tamaño de las firmas y la presión por consolidación que se ha descrito en trabajos recientes sobre el sector, donde la aparición de megadespachos obliga al resto del mercado a reposicionarse para no perder competitividad.

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Impacto en los grandes

En Madrid, ese ajuste se traduce en que determinadas operaciones corporativas complejas que antes llegaban a despachos nacionales a través de referrals ahora pueden gestionarse íntegramente dentro de la nueva estructura fusionada, evitando conflictos y simplificando la relación con el cliente global.

Las fuentes consultadas señalan que las firmas españolas más afectadas son precisamente las grandes con oficina en Nueva York. Durante años, esas sedes funcionaron como antenas comerciales para captar negocio estadounidense y canalizar operaciones hacia España. Con la aparición de grupos transatlánticos integrados, ese papel pierde sentido.

Un movimiento que alimentó el debate fue la salida de Uría Menéndez de Nueva York tras más de tres décadas de presencia en la primavera del año pasado. En plena oleada de fusiones transatlánticas, la decisión suponía renunciar a una plaza considerada histórica para la abogacía española. Fuentes del mercado interpretaron el cierre como un giro estratégico que prioriza relaciones directas con grandes firmas estadounidenses y el uso de canales digitales para gestionar operaciones, en un momento en el que muchas transacciones internacionales ya no requieren presencia física continua.

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La lectura es clara: si las megafirmas integradas reducen el espacio para referrals externos, mantener una oficina con estructura fija pierde parte de su sentido. El despacho confía en que una estrategia más flexible de viajes y relaciones puntuales le permita seguir captando el mismo tipo de negocio sin asumir los costes de una sede permanente.

El resto de grandes firmas españolas ha optado por la vía contraria. Garrigues, Cuatrecasas, Pérez-Llorca y Gómez-Acebo & Pombo han reforzado sus equipos en Estados Unidos con el objetivo de consolidar su acceso al mercado norteamericano y, sobre todo, mantener la conexión con Latinoamérica, donde parte del negocio sigue dependiendo de la interlocución con Nueva York. Para estos despachos, la presencia física continúa siendo una palanca para generar confianza con fondos y compañías estadounidenses y preservar relaciones institucionales con firmas locales. En un contexto donde las megafusiones amenazan con cerrar el grifo de trabajo referido, sostener una oficina propia se entiende como una forma de proteger cuota internacional y evitar quedar relegados en la nueva cadena de distribución del high end legal.

Firmas “atlanticistas”

A este movimiento se suma una tendencia que está redefiniendo el mercado británico. El medio especializado The Lawyer apunta a que el desplazamiento de cotizadas del Reino Unido hacia Nueva York —casos como Arm Holdings, AstraZeneca o Wise— está teniendo un efecto directo en un puñado de firmas como Ashurst, Taylor Wessing, Pinsent Masons u Osborne Clarke, cada vez más presionadas por clientes que levantan capital en Estados Unidos y esperan asesoramiento integrado allí. Esa deriva obliga a las firmas europeas a buscar acuerdos transatlánticos que garanticen presencia estable en el principal mercado de financiación mundial.

El mismo medio identifica un nuevo bloque de firmas británicas “atlanticistas” que han dejado de centrarse en crecer en Europa para volcarse en encontrar una plataforma estadounidense. La presión ya no procede únicamente de la competencia internacional, sino de clientes tecnológicos, de life sciences e IP que operan bajo lógicas transatlánticas y exigen una oferta coordinada en ambos lados del océano. Si estas firmas culminan integraciones o alianzas en EEUU, el volumen de operaciones que históricamente llegaba a despachos españoles vía Londres puede reducirse todavía más, reforzando el desplazamiento del trabajo de alto valor hacia estructuras cerradas.

Otras afectadas: ‘boutiques’

El impacto no se limita a los grandes. Boutiques españolas muy especializadas en áreas como competencia, propiedad intelectual o litigación estratégica también dependen de referrals de alto valor procedentes de Estados Unidos. La reducción de esos encargos amenaza una fuente de ingresos especialmente rentable, aunque no voluminosa, que sostenía parte de su estructura.

El fenómeno va más allá de la pérdida de trabajo. Fuentes cercanas al mercado estadounidense alertan de un movimiento silencioso: socios europeos que hasta ahora referenciaban operaciones a España podrían incorporarse a las nuevas firmas fusionadas para mantener control sobre sus clientes. En despachos europeos medianos y grandes ya se debate el riesgo de una fuga de talento hacia los nuevos centros de gravedad transatlánticos.

Todo ello se inscribe en un proceso que varias voces califican como verdadera “reestructuración industrial” del sector. Una vez consumadas las fusiones, se esperan salidas de socios, ajustes de compensación y reordenación de prácticas duplicadas. Las integraciones recientes han demostrado que la unificación de culturas, sistemas retributivos y estructuras de decisión no es automática y suele generar tensiones internas.

El ‘naming’ donde triunfan los británicos

En el naming, los británicos han salido ganando. La fusión entre Allen & Overy y Shearman & Sterling cristalizó en mayo de 2024 bajo la marca A&O Shearman, una denominación que pone en primer lugar la referencia británica y coloca el apellido estadounidense en segundo plano. En su primer ejercicio como firma combinada, la entidad alcanzó unos ingresos de 2.900 millones de libras —alrededor de 3.700 millones de dólares— y un beneficio por socio cercano a los dos millones de libras, consolidándose como un actor dominante en el nuevo mapa global.

Una lógica similar se ha visto en la unión de Herbert Smith Freehills con Kramer Levin, que ha dado lugar a Herbert Smith Freehills Kramer. Desde su lanzamiento en junio de 2025, la nueva firma se ha presentado como uno de los grandes jugadores internacionales, con más de 2.700 abogados, más de 25 oficinas y unos ingresos combinados que superan los 2.000 millones de dólares desde el primer día. La incorporación de Kramer —con su fuerte trayectoria en litigación de Nueva York y regulatorio— añade músculo, pero el liderazgo estratégico se apoya en la marca británico-australiana.

El último ejemplo del ciclo es la fusión entre Ashurst LLP y Perkins Coie, bajo la marca Ashurst Perkins Coie. Antes de la alianza, Perkins Coie —con sede en Seattle y fortísima presencia en tecnología y ‘venture capital’— superaba los 1.250 millones de dólares de facturación y estaba entre los cincuenta mayores bufetes de EEUU, mientras que Ashurst llevaba años persiguiendo un socio norteamericano que le permitiera abrirse paso de forma estable en Estados Unidos, tras unos ingresos y rentabilidades propias de la línea del Silver Circle londinense.

La operación crea una firma con unos ingresos estimados de 2.700 millones de dólares y, de nuevo, sitúa el nombre británico en primer término. En este caso además hay un componente político. En EEUU, la presión regulatoria derivada del periodo Donald Trump, la volatilidad del sector tecnológico y los cambios en gobierno de grandes firmas han empujado a Perkins Coie a buscar solidez global y a aliarse con un bufete europeo que aporta estructura internacional.

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Sin embargo, no todo apunta a una hegemonía británica incuestionable. Varios analistas recuerdan que estas megafusiones no solo responden al deseo europeo de ganar escala global, sino también a la necesidad de muchas firmas estadounidenses de asegurar estabilidad y proyección internacional. Shearman & Sterling llegaba al acuerdo tras años de pérdida de socios y caída de rentabilidad en Nueva York, mientras que Kramer Levin aportaba un ADN litigioso muy valorado, pero con un alcance global limitado.

En el caso de Perkins Coie, su exposición al sector tecnológico y al clima político estadounidense —endurecido especialmente durante la era Trump, con mayor escrutinio regulatorio y presión sobre firmas vinculadas a Silicon Valley— empujó a la firma a buscar un socio internacional que le diera cobertura y diversificación. Desde esta perspectiva, más que un dominio unilateral de Londres, las fusiones reflejan una transacción estratégica: las firmas británicas compran acceso real al mercado estadounidense y su capacidad de generación de negocio, mientras las estadounidenses obtienen estructura global, red internacional y un paraguas corporativo capaz de resistir ciclos políticos y económicos más volátiles.

La integración plantea además retos internos. Las firmas estadounidenses tienden a premiar el beneficio por socio como métrica central, mientras que las británicas valoran más la facturación global. Uniformizar los sistemas de compensación y definir quién toma las decisiones será determinante para la estabilidad de los nuevos grupos. La experiencia reciente demuestra que los procesos de integración profunda exigen una estructura de gobierno clara para evitar fracturas internas.

Pérez de la Manga identifica una lógica común de fondo. “Al cliente global le gusta la firma global, y que el servicio sea homogéneo en cualquier jurisdicción. Sin duda, éste es el mayor reto cultural de cualquier fusión de este tipo (junto al financiero de la rentabilidad)”. Según el consultor, las fusiones responden al pulso entre dos modelos: firmas con fuerte implantación en Nueva York y Londres y firmas globales de élite, que compiten por el mismo cliente multinacional.

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Sobre el riesgo de oligopolio, el experto recuerda que es un ciclo lento. “La realidad es que EEUU es la jurisdicción donde las grandes firmas europeas siempre han querido entrar, y les ha resultado muy difícil. El primer movimiento que hicieron las firmas de EEUU fue crecer en Londres con contrataciones puntuales de socios, donde las diferencias en los sistemas de compensación de socios jugaron a favor de las firmas americanas”. Eso ha facilitado que muchas firmas con sede en Londres estén dispuestas a fusionarse para frenar la descapitalización de talento y acceder al mercado estadounidense.

A corto plazo, las fuentes consultadas esperan nuevas operaciones que refuercen esta tendencia. Pérez de la Manga abre incluso otro frente: “En otro sentido, es posible que se reproduzca algo similar con las firmas españolas en Latinoamérica. La asimetría de precios y retribución entre el mundo anglosajón y Latinoamérica es demasiado grande, y España está a medio camino con una afinidad cultural que puede facilitar el proceso”.

Madrid, hasta ahora jurisdicción receptora de trabajo internacional, encara un escenario donde la competencia por operaciones complejas será más intensa. Las megafusiones han cambiado las reglas de juego y han movido el eje del mercado. Los despachos españoles deberán decidir si crecen, se especializan o buscan alianzas estratégicas para no quedarse en tierra de nadie.

“Se ve más afectado el despacho que presta servicios de valor, da igual su tamaño”, resume Pérez de la Manga. En un mercado donde el tamaño vuelve a importar, la cuestión ya no es solo quién gana más, sino quién logra mantener su posición en un tablero global cada vez más concentrado.

El sector legal se encuentra en plena metamorfosis. A la llegada de fondos de inversión que están entrando en el corazón de un mercado cuya premisa fue la independencia de sus socios, se suma la fusión de firmas cuyo potencial individual ya era enorme.

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